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Un desorden que no deja de crecer

13 de mayo de 2026 21:53 h

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El pasado día 7, en el programa Interesting Times, de The New York Times, el milmillonario Ray Dalio le dice al columnista Ross Douthat, director del programa, que estamos viviendo en un tiempo no solamente desordenado, sino en el que el desorden progresa de manera creciente. Este avance del desorden, concluyen ambos, conduce a la imprevisibilidad. Es mucho menos lo que sabemos respecto de lo que puede ocurrir en los próximos tres o cinco años que lo que no sabemos y, en consecuencia, avanzamos a ciegas con el inmenso riesgo que ello comporta. 

La moraleja es clara: el sistema político de la democracia ha dejado de ser fiable. Hasta en los países con una tradición política democrática más prolongada, los procesos electorales están dejando de ser instrumentos razonables para la adopción de decisiones políticas de una manera jurídicamente ordenada y están convirtiéndose en una suerte de lotería que puede desembocar en cualquier disparate.

Mi impresión, tras oír la conversación entre Ray Dallio y Ross Douthat, es que lo que decían sobre el futuro inmediato, los próximos tres o cinco años, se viene produciendo ya desde 2016. Hemos acumulado una experiencia de desorden más que notable en estos años. Y no parece que hayamos aprendido algo que nos permita hacerle frente. Más bien todo lo contrario.

El resultado del referéndum del Brexit y el resultado de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de ese 2016 han sido las formas de manifestación más destacadas del fracaso de los dos sistemas políticos democráticos más sólidos del mundo. Si un personaje como Nigel Farage era capaz de imponerse al Partido Conservador británico, que había sido la maquinaria político-electoral más eficaz conocida hasta la fecha en el continente europeo y si Donald Trump era capaz de “apropiarse” del Partido Republicano, que también lo había sido en el continente americano, estaba claro que dejábamos de saber qué es lo que podía pasar de ahora en adelante. 

Inicialmente se pudo pensar que se trataba de dos “episodios” especialmente desafortunados que la propia consistencia de los sistemas políticos afectados podría superar. El resultado de las elecciones de mitad de mandato de 2018, con el triunfo inequívoco del Partido Demócrata y la elección de Joe Biden en 2020, así pareció indicarlo en los Estados Unidos. El fracaso de los cuatro primeros ministros conservadores en la gestión del Brexit, la amplia mayoría absoluta del Partido Laborista en las elecciones de 2024 y el creciente rechazo del Brexit por parte de la opinión pública británica que indican todos los estudios de opinión, parecía indicar lo mismo en el Reino Unido. 

Pero no ha sido así. Ni el sistema político de los Estados Unidos ha sido capaz de hacer un ajuste de cuentas a Donald Trump, a pesar del asalto al Capitolio, ni el sistema político del Reino Unido se lo ha podido hacer a Nigel Farage, que acaba de derrotar tanto al Partido Laborista como al Partido Conservador en las elecciones municipales celebradas hace unos días y que, si se mantiene el sistema electoral, puede tener mayoría absoluta en las próximas elecciones generales, que no es improbable que tengan que anticiparse.

El desorden no está empezando a producirse, el desorden empezó hace ya diez años como mínimo y no ha parado de extenderse cada vez con más intensidad. No solamente en los Estados Unidos y en el Reino Unido, sino en todos los países democráticamente constituidos.

¿Cuánto desorden más pueden soportar la ONU o el Derecho Internacional o la integridad de Organizaciones supranacionales como la Unión Europea o la propia integridad territorial de los Estados nacionales? 

¿A dónde puede llevar el resultado de las elecciones celebradas esta semana en Escocia y Gales y la voluntad de los partidos ganadores en ambas de convocar un referéndum en 2028 para redefinir su posición en el Reino Unido? Referéndum que se puede celebrar con Nigel Farage como primer ministro, como escribía Rafael Behr en The Guardian: “El colapso nacional del laborismo amenaza con hacer a Nigel Farage el rostro de la frágil unión del Reino Unido” (6 de mayo). Si ese programa se implementa, ¿qué impacto puede tener en otros países europeos?

¿O adónde puede llevar la escisión entre estados “azules” y “rojos” en los Estados Unidos tras los intentos de manipulación electoral por parte de la Administración Trump? ¿Pueden entre Donald Trump y el Tribunal Supremo hacer imposible la alternancia electoral y desposeer de facto a la población afroamericana del derecho de sufragio?

¿La fragmentación electoral que se está produciendo en todos los Estados democráticos puede ser el indicador de una potencial fragmentación territorial? Cada vez resulta más difícil formar Gobiernos en prácticamente todos los países. Las fórmulas electorales no permiten que las distintas sociedades hagan una síntesis política de sí mismas mediante el ejercicio del derecho de sufragio para poder autodirigirse. Y esa carencia de síntesis conduce a una agresión, que ya empieza a no ser exclusivamente verbal, que envenena la convivencia. En España, sin ir más lejos, lo estamos viviendo. Hasta con el Hantavirus. 

 Y eso sin tomar en consideración el desorden que puede provocar el cambio climático o la hecatombe demográfica que se asoma a la puerta, a los que no solamente no estamos prestando la atención que se merecen, sino que estamos retrocediendo en las políticas que serían necesarias para hacerles frente. 

Preferiría equivocarme, pero me temo que, como diría Sánchez Ferlosio, vendrán más años malos y nos harán más ciegos.