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Globalización desde abajo

En las últimas décadas, la solidaridad internacional fue siempre un tema importante para parte de la izquierda de Alemania y de otros países: solidaridad con las luchas de liberación coloniales y postcoloniales en Argelia y Vietnam o contra las dictaduras militares en América Latina y el apartheid en Suráfrica. Desde los años noventa, los críticos de la globalización atacaron a nivel mundial el injusto sistema económico y sus consecuencias mortales: el libro de Naomi Klein, No logo, la Cumbre Económica Mundial a partir de Seattle y el Foro Social Mundial, así como los correspondientes foros sociales regionales, fueron jalones destacados de esa crítica, cuya alternativa era esta: globalización desde abajo.

Al principio se trató de manifestaciones y protestas, debates e intercambio de experiencias, pero cada vez se crearon más redes, unidas por temas o por regiones, para trabajar de forma conjunta. En esta línea, hace unas semanas, se reunieron varios expertos y activistas de todo el mundo en Berlín para reflexionar sobre cómo lograr la implantación del derecho universal a la salud: salud para todos.

Surgen nuevas coaliciones transnacionales: hace muy pocos años era inimaginable que tres presidentes de sindicatos alemanes, de la Confederación de los Sindicatos Alemanes (DGB), de Ver.di y de IG Metall, apoyaran, junto a la organización de cambio social Medico International, a las víctimas del incendio de la fábrica textil Ali Enterprises de Pakistán.

Allí murieron hace dos años, el 11 de septiembre de 2012, 254 personas y 55 resultaron heridas. Dado que la cadena de ropa barata KiK era uno de los clientes principales de la ropa producida en Karachi, las reclamaciones de indemnización de las familias paquistaníes fueron dirigidas a ella. Al principio, parecía que la cadena quería prestar apoyo rápido y sin burocracia, pues concedió una ayuda inmediata de un millón de dólares. Pero desde entonces ha pasado más bien poco; y los juicios por las indemnizaciones avanzan muy lentamente.

Los afectados ya han esperado bastante. Han fundado, con el apoyo de los sindicatos pakistaníes, una organización de ayuda mutua. La semana pasada, mis colegas Miriam Saage-Maaβ y Carolin Terwindt, hablaron con 50 supervivientes y familiares en Karachi. Una madre que desde la catástrofe ya no cocina en casa porque eso le recuerda a su hijo fallecido. Un joven bailarín que quería labrar su carrera artística con el dinero ganado en la fábrica. Muestra sus vídeos con orgullo, los de antes del accidente, porque desde entonces ya no puede bailar; salvó la vida a varios colegas, pero él mismo permaneció demasiado tiempo en el edificio en llamas, lo que le ocasionó una intoxicación por humo y daños crónicos en los pulmones.

Duramente afectadas, pero no desamparadas, estas personas expresan su anhelo: no les interesa únicamente el dinero, sino que se haga justicia, que existan unas condiciones de trabajo más seguras y mejores, y que las empresas extranjeras asuman sus responsabilidades jurídicas. Ya no se trata de apelar únicamente a la moral, sino de conquistar el derecho a tener derechos. Uno tras otro informan a mis compañeros y firman poderes de representación para los abogados.

Esto no es un procedimiento habitual. Sin embargo, nosotros los juristas debemos formar parte también de la globalización desde abajo, a la que concurren los sindicatos de aquí y de allí, iniciativas como Medico International o la Campaña Ropa Limpia, pero en la que están igualmente presentes los abogados: el abogado pakistaní de la upper-middle-class, los expertos italianos en reclamaciones de indemnización por daños, y nosotros desde el European Center for Constitutional and Human Rights (ECCHR). Todos trabajamos juntos en el proceso penal abierto en Pakistán, en el proceso por daños y perjuicios incoado en Italia contra la empresa auditora que, poco antes del accidente de Karachi, expidió una certificación de idoneidad de las instalaciones, y también en la reclamación de indemnización por daños presentada contra KiK en Alemania. Unos trabajadores pakistaníes quieren presentar una demanda ante el Tribunal Regional de Dortmund contra una compañía alemana. A algún que otro jurista alemán o español puede que esto le resulte extraño. Tendrán que acostumbrarse a ello.

En las últimas décadas, la solidaridad internacional fue siempre un tema importante para parte de la izquierda de Alemania y de otros países: solidaridad con las luchas de liberación coloniales y postcoloniales en Argelia y Vietnam o contra las dictaduras militares en América Latina y el apartheid en Suráfrica. Desde los años noventa, los críticos de la globalización atacaron a nivel mundial el injusto sistema económico y sus consecuencias mortales: el libro de Naomi Klein, No logo, la Cumbre Económica Mundial a partir de Seattle y el Foro Social Mundial, así como los correspondientes foros sociales regionales, fueron jalones destacados de esa crítica, cuya alternativa era esta: globalización desde abajo.

Al principio se trató de manifestaciones y protestas, debates e intercambio de experiencias, pero cada vez se crearon más redes, unidas por temas o por regiones, para trabajar de forma conjunta. En esta línea, hace unas semanas, se reunieron varios expertos y activistas de todo el mundo en Berlín para reflexionar sobre cómo lograr la implantación del derecho universal a la salud: salud para todos.