Janet Sobel, el “ama de casa” que inventó la técnica expresionista atribuida a Pollock un año antes que él
Hay pioneros que no cuadran en los relatos oficiales. Si alguien preguntara quién inventó la técnica del dripping, que hizo tan famoso el movimiento del expresionismo abstracto, lo más probable es que el primer nombre en venirnos a la cabeza fuera el de Jackson Pollock. Pero en algún momento de 1945, en la Art of This Century Gallery de Peggy Guggenheim, el propio Pollock se detuvo ante unos lienzos con pequeñas caras esquemáticas perdidas entre finas líneas negras que parecían haberse vertido directamente sobre el lienzo y quedó cautivado. Años más tarde, el crítico Clement Greenberg admitiría por escrito que él y Pollock habían admirado esas revolucionarias pinturas “furtivamente”. De la autora apenas escribió una línea, señalando que era “una ama de casa que vivía en Brooklyn”. Janet Sobel (1893 - 1968), que así se llamaba esa ama de casa, fue la primera persona en pintar con la técnica que un año después haría famoso a Pollock.
Sobel fue una pintora tardía. Nacida Jennie Olechovsky cerca de la ciudad de Dnipró, en el sur de Ucrania, sus primeros años de vida no fueron especialmente fáciles. Sobel perdió a su padre, que fue asesinado en uno de los pogromos que las fuerzas zaristas instigaban contra los judíos de la zona.
Tras este suceso huyo junto a sus hermanos y su madre hacia Estados Unidos en 1908. Más tarde, su hijo Sol Sobel contaría en una entrevista cómo su madre narraba episodios escalofriantes de las persecuciones antisemitas, en las que solía esconderse en la parte superior de la gran estufa de la familia cuando “gente mala” entraba en su casa. Algunos de esos recuerdos tan terroríficos quedaron plasmados en su pintura, como en el lienzo Invasion Day (1944), en la que podemos apreciar dos elementos fundamentales de su pintura: la fusión de los rostros con líneas irregulares que recuerdan al mundo vegetal.
Imbuida en el espíritu revolucionario ruso, Sobel estaba en contacto con las ideas revolucionarias de la juventud socialista. Con apenas 16 años se casó con Max Sobel, otro inmigrante ucraniano, que había sido minero en su tierra. En los primeros años de matrimonio Janet Sobel se encargaba de los niños, mientras que su marido intentaba progresar en varios negocios. La época de la Gran Depresión golpeó a la familia de lleno y tuvieron que sacar a sus hijos de la escuela para que pudieran contribuir a la economía familiar. Los Sobel vivían en Coney Island, donde ganaban un extra cocinando knischs de patata que sus hijos vendían en la playa.
Los inicios de la experimentación abstracta
Para 1941, el negocio de bisutería de Max Sobel consiguió despegar, logrando que la familia pudiera vivir más holgadamente. Janet había comenzado a practicar con materiales artísticos alrededor de 1939, cuando ya contaba con 45 años. Aunque no fue hasta la muerte de su marido que la artista comenzó a pintar, inspirada sobre todo por su trabajo en bisutería con el esmalte y en el apoyo de su hijo Sol, que había heredado de ella el talento artístico. Fue él quien le consiguió pinceles y pintura para que siguiera explorando su arte y quien se encargó de acercar su obra a artistas como Max Ernst o el marchante Sidney Janis.
Ambos atendieron la llamada. Ernst cenó con la familia y, más adelante, presentó a Sobel a Peggy Guggenheim. Janis, por su parte, fue el primero en exhibir su trabajo, incluyéndola en la exposición American Primitive Painting of Four Centuries de 1943, y también la acercó al curador y artista Fernando Puma. Fruto de ese contacto, Sobel logró en 1944 su primera exposición en solitario, en la neoyorkina Puma Gallery, del 24 de abril al 14 de mayo, con lienzos de una belleza folclórica como Dissapointment (1943), pintados con una delicadeza que desmentía la etiqueta de “primitiva” que tan condescendientemente le habían colgado.
Pintura a la americana: la creación de un mito
Como en el caso de otra gran pionera de la abstracción, como fue la sueca Hilma Af Klint, Sobel tampoco encajaba en el relato oficial que estaba a punto de escribirse sobre el movimiento artístico del que formaba parte.
No fue casualidad que el pope y crítico fundacional del expresionismo abstracto, Clement Greenberg, estuviera interesado en Pollock por aquel entonces. Terminada la Segunda Guerra Mundial, con la escena artística europea diezmada por dos guerras y varias dictaduras, Greenberg defendía en su ensayo de 1955 American-Type Painting un arte genuinamente estadounidense, capaz de heredar el testigo de las vanguardias del viejo continente.
Contaba además con un aliado inesperado: el MoMA y el propio Estado norteamericano, interesados por igual en fomentar esa “pintura a la americana” que se conocería como Escuela de Nueva York. Necesitaban una figura que encarnara ese relato y Pollock encajaba a la perfección. Encarnaba todo lo que Greenberg quería destacar: era joven, ambicioso y, sobre todo, era un hombre, en un momento en que la crítica construía el expresionismo abstracto en clave explícitamente masculina, levantada precisamente sobre la distancia con la otredad que representaban las mujeres o las personas queer.
La crítica y la agenda cultural de la Guerra Fría fabricaron deliberadamente el aura viril del expresionismo abstracto, dejando fuera de foco a artistas como la propia mujer de Pollock, Lee Krasner, o pioneras como Helen Frankenthaler
Algunas investigaciones académicas recientes han documentado cómo ese lenguaje crítico, sumado a la agenda cultural de la Guerra Fría, fabricó deliberadamente el aura viril del movimiento, dejando fuera de foco a las artistas que lo poblaban, como la propia mujer de Pollock, Lee Krasner, u otras pioneras como Helen Frankenthaler, y en el que no cabía ni mucho menos un ama de casa judía que ya había sido abuela y no tenía educación artística formal.
Aquel mismo movimiento cultural, como destapó la historiadora Frances Stonor Saunders en The Independent en 1995 y desarrolló después en su libro La CIA y la guerra fría cultural, contó con la financiación encubierta de la agencia de inteligencia estadounidense durante más de dos décadas, que llegó a promocionar el expresionismo abstracto por todo el mundo como símbolo de la libertad creativa frente al control estatal del arte en la Unión Soviética. Un antiguo agente de la agencia, Donald Jameson, llegaría a admitir años después que, en cierto modo, fueron ellos mismos quienes “inventaron” el expresionismo abstracto.
El taller de una ama de casa
En una foto tomada para una entrevista, Sobel aparece tumbada boca abajo, pincel en mano, pintando un lienzo extendido en el suelo de su apartamento de Brighton Beach, rodeada de algunas de sus propias obras, en una escena profundamente doméstica. Es una imagen que, como explica la historiadora Sandra Zalman, contrasta radicalmente con las fotografías que Hans Namuth tomó de Pollock, donde este aparece convertido en un icono.
Porque así pintaba Sobel, sin caballete, tumbada sobre el lienzo, con esmalte de secado rápido, el mismo material con el que su familia trabajaba la bisutería, mezclado a veces con arena. Vertía la pintura, inclinaba el soporte para que el líquido se desplazara por sí solo, y llegó a usar hasta una pipeta o el tubo de su propia aspiradora para soplar y arrastrar el color por la superficie. El resultado son composiciones sin jerarquía ni punto focal que cubren el lienzo de esquina a esquina, lo que hoy se conoce como 'pintura all-over', y basta con mirar sus cuadros para entender por qué Pollock y Greenberg no pudieron apartar la vista.
Milky Way (1945), hoy en el MoMA, es una superficie vidriada en rosa, amarillo, azul y violeta que recuerda al nacimiento de una galaxia, hecha de finísimas líneas y salpicaduras superpuestas sin rastro de figuración alguna. Pintaba rápido y con unos colores vibrantes que recuerdan al arte folclórico ucraniano, algo que los críticos de la época apreciaban y que les hacía vincularla con los surrealistas, aunque ella nunca se sintió parte de ningún movimiento. Cuando le preguntaron por su interés en el mundo del arte, reconoció que jamás había tenido tiempo para ir a museos. “Pero siempre leo libros... y me encanta la música... No creo que pudiera pintar un cuadro sin escuchar música. Todos los humanos deben tener algo así, que los caliente por dentro”, explicó Sobel.
Su pintura remite a menudo a las experiencias de su niñez y conecta los episodios traumáticos de los pogromos con la convulsa realidad mundial de la década de 1940, un eco que resuena en lienzos que se titulan Hiroshima (1948) o Hitler’s Hell. Con una obra a medio camino entre la forma naíf de otros pintores autodidactas y la sofisticación de las líneas orgánicas, quizá el valor más importante de su arte sea la demostración de libertad y fuerza de una pintura que tiene como único objetivo el de jugar, experimentar con el arte y con la expresión de una misma.
Una fama tan rápida como su desaparición
Peggy Guggenheim fue su valedora más firme, y llegó a describirla en privado como “la mejor pintora, con diferencia, de todo el país”, una confianza que se tradujo en que la incluyera en su galería. Antes y después de ella, los críticos colmaron de alabanzas a Sobel, un reconocimiento que se esfumaría con la misma rapidez con la que había llegado. En 1947, en pleno apogeo de su carrera como artista, Sobel se mudó a Nueva Jersey y con ella también desapareció su obra del circuito artístico neoyorquino.
Tuvieron que pasar más de veinte años para que alguien del establishment volviera a llamar a su puerta. En 1968, cuando apenas le quedaban unos meses de vida, Sobel recibió en su casa al curador del MoMA William Rubin, interesado en su obra precisamente por haber sido una de las influencias de Pollock. Fue entonces cuando el museo adquirió Milky Way para su colección.
Desde entonces, a la historiografía del arte le ha seguido costando encontrar sitio para Sobel, una mujer que trabajó siempre al margen de las instituciones, sin formación académica y a la que hubo que esperar hasta 2021 para que The New York Times le dedicara un obituario. Solo tardó ochenta años en llegar a los libros de historia del arte.