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Putin hace saltar por los aires un museo con obras de la mayor pintora ucraniana

Uno de las obras de la serie de animales de la pintora

Peio H. Riaño


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Demasiado naíf para la guerra. Demasiado pacífica para Putin. Maria Prymachenko (1909-1997) nunca vio un león antes de empezar a pintarlo y retrató la naturaleza de su pueblo desde el sentido más popular y primitivo del arte. Este lunes, más de una veintena de sus cuadros fueron devorados por las llamas causadas por el ataque del ejército ruso contra el Museo de Historia Local de Ivankin, a 30 kilómetros de Kiev. Los vecinos lograron salvar las pinturas de Prymachenko que estaban almacenadas, cuenta el Instituto Ucraniano, organismo responsable de los asuntos culturales del país. El ministro de Cultura ucraniano, Olexandr Tkachenko, solicitó a la UNESCO la expulsión inmediata de Rusia de la Lista de Patrimonio Mundial. Para el director de la Reserva Histórica y Cultural de Vyshhorod, Vlada Litovchenko, la pérdida es “irreparable”. La viceministra de Asuntos Exteriores, Emine Dzheppar, publicó las imágenes del museo ardiendo y aseguró en su cuenta de Twitter que “al no tener una cultura propia, [los rusos] destruyen todo el patrimonio de otras naciones”.

Las críticas también han llegado desde Los Ángeles (EEUU): “Entre las muchas atrocidades que se están cometiendo en Ucrania, las fuerzas rusas han comenzado a destruir el patrimonio cultural ucraniano”, ha dicho James Cuno, director ejecutivo de Paul Getty Trust. Lo calificó de “catástrofe cultural” y de una quema “deliberada” de un lugar vinculado a la historia de las artes y la cultura en Ucrania. “En Ucrania están en riesgo millones de obras de arte y monumentos, desde el periodo bizantino hasta el Barroco, así como los sitios declarados por la UNESCO”, ha añadido Cuno sobre el ataque contra este museo inaugurado en 1981, ubicado en un yacimiento arqueológico que data de época medieval. También conservaba especímenes de ciencias naturales y objetos arqueológicos, además de obra textil de la artista Hanna Veres (1928-2003). La colección más amplia de pinturas de Prymachenko se conserva en el Museo Nacional de Arte Popular y Decorativo de Ucrania, en Kiev.

Maria Prymachenko fue hija de una maestra del bordado y de un carpintero, viuda desde la Segunda Guerra Mundial, madre de un niño, pintora autodidacta y artista reconocida desde 1937, cuando mostró su obra en la Exposición Universal de París de 1937, el hito histórico donde el mundo descubrió el Guernica, en el pabellón de la República española. Su autor, Pablo Picasso, conoció en aquella feria el trabajo de la que se convertiría en la artista ucraniana más reconocida en el siglo XX. “Me inclino ante el milagro artístico de este brillante ucraniano”, dicen que dijo el pintor malagueño ante la obra de Prymachenko. 

“No sé por qué, pero las acciones militares nunca le interesaron a pesar de que la abuela pasó por Holodomor [la hambruna que acabó con millones de ucranianos entre 1932 y 1933] y la Segunda Guerra Mundial. No se centró en la guerra, sino en sus consecuencias”, recordó su nieto, Petro Prymachenko, en una entrevista con el periódico The Day. Su nieto, también pintor, la recuerda diciendo que había trincheras en el huerto. También recuerda con amargura cómo en 2008 entraron y robaron todas las obras de la abuela que guardaban en casa. Terminaron por encontrar cerca del 70% de ellas, pero nunca recuperaron las más antiguas, las de las décadas de 1930 y 1940. Unas 50 obras. Su producción se calcula que superó las 600 pinturas.

No cabe duda de que el ánimo creativo de Maria Prymachenko es rotundamente pacifista, con sus alegorías a la paz prefigurada en aves, con un universo paralelo al real. Más amable, más colorido, más imaginativo. Menos violento. Un mundo resistente a las agresiones y a las guerras, que no se detuvo nunca, que fue regalado a recién casados, vecinos y familiares… un mundo plagiado por las empresas de decoración. Marimekko tuvo que retirar del mercado en 2013 una línea con diseños robados a Prymachenko. La diseñadora finlandesa Kristina Isola reconoció el expolio y pidió disculpas de una forma curiosa: “No pensaba en los derechos de autor o en que me apropiaba del trabajo de otro. Sentía que La gente forestal era tan íntimo que quería compartir ese sentimiento con tanta gente como fuera posible. Entiendo que cometí un error. Estoy avergonzada”. La aerolínea Finnair, que había empleado los dibujos plagiados para decorar sus Airbus A330, también tuvo que borrarlos.

Aquella niña que padeció poliomielitis y que su familia libró de las tareas del hogar tuvo la posibilidad de estudiar y de dedicarse al arte en su pueblo natal de Bolotnya, hoy incluido en la zona de exclusión contaminada por Chernobyl, desastre al que sí dedicó una serie. Mucho menos dramática que las consecuencias nucleares que asolaron al país. Hoy, cuando Vladimir Putin ha arrasado con el museo que custodiaba parte de su legado plástico, se hace más paradójica la reivindicación de su apellido en la variante rusa: Prymachenko y no Pryimachenko, en ucraniano. El debate por cómo escribirlo no se ha cerrado hasta hoy. Quizá el ataque “deliberado” ponga fin a las dudas.

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