Los Javis sacuden Cannes con 'La bola negra', su ambiciosa y emocionante carta de amor a Lorca
“España tiene muchas historias de amor enterradas en los campos”. La frase, tan triste como hermosa, se escucha casi al final de La bola negra, en uno de los momentos más emocionantes de la esperadísima película de Javier Calvo y Javier Ambrossi, una carta de amor a Federico García Lorca, a la importancia de la memoria histórica y un homenaje a todos los amores disidentes a los que el franquismo no permitió existir. “Habría que arañar la tierra” para que salgan a la luz, se oye en la película, y eso entronca directamente con lo que decía Leonard Cohen, que no entendía cómo los españoles no escarbábamos con nuestras propias manos para encontrar los huesos del poeta, que a día de hoy siguen sin desenterrarse en una de las heridas más grandes de la historia de nuestro país.
La bola negra es una película ambiciosa hasta el límite, algo sorprendente para ser una segunda película. Pero hay en ella, y eso es lo importante, mucho corazón. Se nota que Javier Calvo y Javier Ambrossi han cogido de alguna forma el legado de ese Lorca que, con su obra inacabada, de nombre La bola negra, colocaba por primera vez un personaje homosexual para que los que vinieran después de él pudieran entender que no estaban solos. La filmografía de los Javis está atravesada por ese mismo espíritu. Desde La llamada a La mesías, pasando por supuesto por Veneno, les han dicho a la gente queer que su cine es un refugio. Que siempre estará el arte para entenderles. Como hacía Lorca.
La bola negra es la cima de todo aquello. Una película que honra a todas las personas a las que no se les dejó ser quienes querían ser y un abrazo para aquellos que todavía sienten que no pueden amar libremente. Si alguien ha hecho de la diversidad su bandera y ha apostado por una ficción que rompe cualquier barrera de género y tire los estereotipos ha sido esta pareja de directores.
Su película llegaba al Festival de Cannes, donde compite por la Palma de Oro, envuelta en un secretismo absoluto. Sin pase previo para la prensa española y francesa, había una emoción por descubrir qué habían pergeñado dos directores que, aunque en España ya sean dos nombres consagrados, fuera todavía no habían despegado. El propio Fremaux reconocía ante la prensa que no había visto La mesías, pero que, sin embargo, se había quedado prendado de La bola negra. Su proyección ha sacudido un certamen que necesita savia nueva y nombres que sorprendan para que esto no sea una reunión de autores consagrados que miden sus nuevas propuestas.
Calvo y Ambrossi han sacado las lágrimas de la prensa especializada con una película en tres tiempos. El primero, con el que abre el filme, se ambienta en 1937 y recoge el texto del dramaturgo Alberto Conejero La piedra oscura para contar la historia de Sebastián, joven soldado del bando franquista, y Rafael Rodriguez Rapún, carcelero y pareja de Lorca. Conejero la llevó al teatro en una obra que se convirtió en fenómeno en las tablas de toda España y que ellos amplían y expanden en el tiempo.
El filme abre con el bombardeo a un pueblo del bando nacional mientras una banda de pueblo toca pensando que los aviones son fascistas italianos en su apoyo. Entre ellos, un chaval (Guitarricadelafuente) escapa de las bombas. Es una escena que deja claro el tamaño y la épica de la película. Abren con todo, con un despliegue visual que culmina con el protagonista ascendiendo por una gran estatua aseteada. Ese símbolo, el de un hombre atravesado por una herida lo recuperarán después cuando el deseo de Sebastián por Rapún (un Miguel Bernardeau que se confirma gran actor) se vaya solidificando.
La segunda historia ocurre en 1932, y aquí viene uno de los elementos más hermosos y arriesgados de la película. Los Javis cogen las cuatro páginas de La bola negra real y la continúan. Imaginan cómo podría haber continuado Lorca aquellas páginas. ¿Qué pasaría si esa obra siguiera escondida, si pudiéramos leerla? Hay que ser valiente para arriesgarse a semejante acto, pero ellos lo hacen y consiguen la mejor de sus tres historias. Una que comienza con un homenaje a Fassbinder y que tiene como centro a un Milo Quifes que se descubre como la sorpresa del reparto. Un rostro misterioso y magnético que tiene una de las escenas más emocionantes del filme, una secuencia de flamenco con baile moderno donde la acción se para y la magia ocurre. Su relación con Hugo Wezel (uno de los mejores actores jóvenes actuales) es hermosa y delicada.
La tercera historia nos lleva a 2017, al presente, donde un joven —estupendo Carlos González— que fue dramaturgo recibe una herencia que debe ir a recoger a Cantabria aunque su madre (arrolladora Lola Dueñas) no quiere que vaya. Esta historia es la que acaba siendo el vehículo para unirlas a todas. Lorca es ese elemento común que hará que la película se descubra como una matrioska donde una historia contiene a la anterior y así sucesivamente.
Calvo y Ambrossi han tejido un filme tan complejo y arriesgado en su estructura y en su tono —que se mantiene casi en clímax constante— que es imposible que a veces no sea irregular. Hay ciertos baches de ritmo en su parte central; a veces las historias no se trenzan con la fluidez que debería; alguna escena parece más una idea genial que parte de la trama, y la música de Raül Refree a veces resuena demasiado alto y subraya. Y sin embargo, esas cosas hacen de La bola negra una película hasta más interesante, porque demuestran una pasión arrebatada en sus creadores que les hace ir con todo, sin miedo a caerse y después levantarse.
Porque siempre hay algo que te recoge y te vuelve a llevar. Lo hace la aparición de una Penélope Cruz que roba sus escenas como cupletista que anima a las tropas como si fuera una Marta Sánchez de la Guerra Civil y que dice una de las grandes frases de la película (“El travestismo es la fantasía de la posibilidad, la guerra es todo lo contrario”), o las fugas cuasi musicales, como el baile de los soldados en la playa bajo unos fuegos artificiales.
También la aparición estelar de una Glenn Close que parece que lleve hablando español toda su vida. Su trampantojo de Ian Gibson desvela una de las escenas más emotivas de la película y donde se explicitan varios de los temas fundamentales de la película, que deriva en una media hora final que es pura emoción. La decisión de traer a Lorca (un perfecto Alberto Cortés) en una coda final es otro salto mortal que podía haber acabado en fracaso y que, sin embargo, logran que el clímax final sea de un tsunami emocional.
Es bonito ver que, además, aunque sea una película tremendamente marcada por el drama, los Javis sigan manteniendo eso que les enseñó su maestro, Pedro Almodóvar (hacia el que hay un guiño): la necesidad del humor. Hay líneas de diálogo, interacciones y referencias (“El corazón de un maricón es un océano lleno de secretos”) que les llevan a sus inicios, que demuestra que siguen teniendo el oído en la calle. Ahí destaca una Yenesi que funciona como estupendo alivio cómico.
La bola negra convierte su imperfección en emoción. Su ambición, pasión y exceso hay que recibirlos con los brazos abiertos, porque demuestra que las historias queer pueden ser grandes, épicas y lanzarse a la piscina sin miedo. Lorca estaría orgulloso de ellos.