Nota al pie
Colombine no era mujer de tiempos bobos
Cada vez que alguien tergiversa, rebaja o anula directamente la actitud política y social de Benito Pérez Galdós, cosa habitual en los aniversarios redondos de su nacimiento (10 de mayo) o en fechas asociadas a sus Episodios Nacionales, me acuerdo del último capítulo de Cánovas, el XXVIII. Nuestro gran novelista, republicano convencido, cede la palabra a “la Madre” y le hace acuñar un concepto tan válido para aquella restauración borbónica como para la siguiente: los “tiempos bobos”, una época de “atonía, de lenta parálisis, que os llevará a la consunción y a la muerte” si no se le pone fin. Pero, lejos de quedarse en la crítica, indica el camino a seguir: “Declaraos revolucionarios, díscolos si os parece mejor esta palabra, contumaces en la rebeldía”. Y como no le parece suficiente, añade un “sed constantes en la protesta” que enseguida afina por el lado vital con un sed “románticos”.
Hace poco tiempo, tirando del hilo de la fundación de la Institución Libre de Enseñanza, de la que se cumplirá siglo y medio este año, acabé en una obra que, en principio, no tenía nada que ver con el asunto, aunque su autora —correligionaria política y buena amiga de Galdós— también estuviera muy relacionada con la ILE. Mientras consultaba la correspondencia entre Francisco Giner de los Ríos y Emilia Pardo Bazán, me encontré con la frase donde la segunda ironiza sobre sus habilidades literarias por el procedimiento de parafrasear al Espronceda del ‘Canto a Teresa’: “Que haya un fiasco más, ¿qué importa al mundo?”, se pregunta; y entre unas cosas y otras, ligadas en cualquier caso a ese magnífico grupo de escritores, pedagogos y filósofos que tanto hicieron por sacar a España de los “tiempos bobos”, el poeta de Almendralejo me llevó a otro último capítulo, el de Mis viajes por Europa, de Carmen de Burgos, Colombine.
Sed “románticos”, insiste Galdós en el trasfondo, y no se puede negar que Carmen de Burgos lo era. Evidentemente, podría haber cerrado la narración de su visita a Portugal de muchas formas, pero eligió una que estaba y está cargada de rebeldía. A partir de la anécdota de las dos últimas pesetas de Espronceda, que tiró “al río Tajo porque no quería entrar en tan gran capital con tan poco dinero” (‘De Gibraltar a Lisboa’, publicado originalmente en El Pensamiento, 1841), Colombine reúne de nuevo al autor con su paisana más famosa, Carolina Coronado. De repente, un libro de viajes extiende las alas y se convierte en algo distinto, en un canto contra la reacción y la “gazmoñería” y en un reconocimiento apasionado de aquella poeta y precursora del feminismo. “Salvó a sus amigos cien veces de los peligros”, recuerda Colombine; “los revolucionarios de aquella época tenían amparo en su casa, y alguna vez se interpuso en el despacho de un ministro entre la crueldad de la justicia y la grandeza de algún reo”.
En mi opinión, la peor consecuencia de rechazar los consejos de la Madre en Cánovas no es de carácter político, sino cultural; sobre todo, porque no puede haber cambios políticos reales, de fondo, si nuestra cultura es la de la estructura que se pretende cambiar. Seguro que estamos de acuerdo en que, normalmente, las casas no se empiezan por el tejado. Se necesitan “personas capaces de concebir un ideal, de gobernar con sustantividad su propia vida”, como reza uno de los principios básicos de la antigua Institución Libre de Enseñanza, a la que volveré en otra ocasión; y la obra de Carmen de Burgos es uno de los caminos obligados que se han de tomar para acercarse a ese objetivo. Solo hay que hacer una cosa: leerla y, a ser posible, de primera mano, sin intermediarios, como estoy haciendo yo mismo esta semana con Fígaro y la Gloriosa vida y desdichada muerte de D. Rafael del Riego (Un crimen de los borbones).
“En la situación a que llegaréis andando los años —nos sigue advirtiendo Galdós—, el ideal revolucionario, la actitud indómita si queréis, constituirán el único síntoma de vida”. Colombine era muy consciente de ello, y lo demostró con creces el 8 de octubre de 1932, cuando se dio cuenta de que le quedaban pocas horas. Aquel día, estaba en un acto organizado por el Círculo Radical Socialista, hablando nada más y nada menos que de educación sexual; pero, según el diario El Sol, desaparecido en 1939 por motivos evidentes, mantuvo el aplomo y dijo, a manera de despedida: “Muero contenta, porque muero republicana”. No era mujer de tiempos bobos.