Andrea Abreu regresa tras el fenómeno de ‘Panza de burro’: “Cambió mi plan de vida, fue como meterme en una lavadora”
En 2020, la editorial Barrett publicó la primera novela de Andrea Abreu, Panza de burro, un libro de apenas 200 páginas, editado por la ubicua Sabina Urraca y escrito en canario. De entrada, no tenía las características propias de un superventas, pero, a veces, parece que los astros se alinean: este debut ya ha vendido unos 100.000 ejemplares, se ha traducido a decenas de idiomas y la escritora se ha convertido en una joven estrella. Ahora, tras los seis años de recogimiento que siguieron al terremoto, regresa de la mano de Anagrama con Pajaritos preñados.
Su nueva propuesta tampoco está pensada para agradar en masa, al menos a primera vista. La novela tiene 504 páginas y supone una inmersión en el léxico del norte de Tenerife, porque la lengua es una parte esencial de la historia. De hecho, el propio título ya es una declaración de intenciones: es una expresión que se utiliza en la tierra de la escritora para definir a alguien que no tiene los pies en el suelo, que tiene la cabeza llena de ilusiones, de ‘pajaritos preñados’. Ella la relaciona con su abuelo Pepe, una de las personas a las que dedica el libro, que era muy soñador y se largó sin demasiadas explicaciones cuando tenía ocho años. “Yo pasaba mucho tiempo con él, que era chatarrero, porque mis padres trabajaban mucho. Que una persona a la que tú quieres pueda desaparecer de un día para el otro me dejó una gran pregunta y probablemente este libro naciera de esa interrogación”, dice Abreu.
Ella misma veía pajaritos preñados en su mente, podía visualizar a las aves embarazadas y le parecía algo “superlindo”. Pero se obligaba a callar esos pensamientos para que no la acusaran de fantasiosa: “Siempre he sentido que mi forma de comprender el mundo era periférica, no era como la de las personas que yo frecuentaba”. Esta cualidad personal la hace sentirse identificada con su abuelo, que está presente en la novela a través del personaje el Tiznado, un chatarrero con mucha imaginación. La escritora coge –como, en mayor o menor medida, todos los novelistas–, trazas de su realidad y juega con ellas hasta que se convierten en un libro.

“Yo misma he visto la potencia narrativa brutal que tienen las historias que mi familia me ha contado”, explica, “aunque Pajaritos preñados es pura ficción, mucho más que Panza de burro”. Además, trabajar sobre esos elementos hasta convertirlos en otra cosa le ayuda a darles credibilidad. “La ficción me ayuda a bajarle un grado para que sea más verosímil porque, a veces, la realidad es tan caricaturesca, tan exacerbada, tan exagerada, tan brutal, que parece mentira”, desarrolla. Abreu volvió a ver a su abuelo diez años después, pero, por supuesto, no fue como ella esperaba.
La autora ya había ejercitado la tarea de recopilar palabras propias del norte de Tenerife en su título anterior, pero en este el esfuerzo es más patente. Este impulso ‘detectivesco’ responde a la erosión del léxico de su tierra que sucede desde hace ya algunos años. “Ya estaba propiciado por la violencia colonial en sí misma que vivimos en Canarias, pero siento que la hiperturistificación, la velocidad de los tiempos, el tardocapitalismo y la normalización de las tendencias fascistas actuales han hecho que dejemos cada vez más palabras por el camino”, declara. El léxico que había escuchado a su alrededor mientras crecía desaparece cuando muere una persona y, así, de forma progresiva, se extingue la lengua que hablaban. Abreu se sentía en deuda con las generaciones pasadas y se puso como objetivo recuperar esos términos.
La lengua sirve para explicar la memoria de un territorio. Y en la península ibérica se conoce poco la historia de este archipiélago, pese a que sea un destino vacacional muy apreciado. “Me atrevería a decir que incluso dentro de Canarias tampoco hay demasiada conciencia [de nuestra historia]. La estamos retomando ahora muchos grupos de personas, pero siento que es una amnesia que se nos ha inducido repetidamente y por ciclos vamos como recordando. Sucedió en los años 70, por ejemplo”, apunta.
La hiperturistificación, la velocidad de los tiempos, el tardocapitalismo y la normalización de las tendencias fascistas actuales han hecho que dejemos cada vez más palabras por el camino
Por supuesto, al utilizar palabras propias del norte de Tenerife fuera de sus fronteras solía recibir como respuesta inicial un “¿qué?” algunas veces antipático. En algunos contextos se pueden ridiculizar los términos que se escapan del español normativo, como si fuesen fruto de incultura. “Alguna vez he dicho ‘en comparancia’ en lugar de ‘en comparación’ como se dice en la península y me han corregido”, recuerda la autora. Esto hizo que se avergonzara de su propia lengua hasta que buscó en el diccionario canario y vio que ‘en comparancia’ estaba recogida, así que cambió de actitud. “Me pareció curioso que palabras que son riqueza, que son diferentes formas de nombrar lo mismo, se vivan como ignorancia cuando es lo contrario, cuantas más palabras para nombrar algo más riqueza ¿no?”, señala.
Algunos vocablos le llegaron de personas cercanas como, por ejemplo, su amiga Liliana Ramos Martín, que es la autora de la foto de la portada. Ella es de La Matanza, un pueblo diferente al de la escritora, pero con el que comparte “mucha idiosincrasia”. Pero, además de aprender nuevos términos, en este proceso ha recuperado algunos que permanecían latentes en su memoria. Por ejemplo, ‘enzapado’, que se dice cuando una persona está muy roja por fiebre o ‘aquellar’, un verbo comodín que se utiliza para casi todo. “Dices ‘aquéllame la loza’ o ‘aquéllame tal cosa’. Lo usaba mucho de pequeña”, rememora Abreu.
Correr la cortina
Andrea Abreu no se esperaba para nada el éxito de Panza de Burro. Cuando le dijeron que iba a salir la segunda edición le dio la risa, pero el terremoto solo acababa de empezar. Entrevistas, presentaciones, participación en coloquios, encuentros con los lectores… Las giras de promoción literaria cada vez se parecen más a los tours de los músicos y no todos los escritores lo llevan tan bien como otros. Esa actividad supone estar tiempo fuera de casa y llevar un ritmo de vida ajetreado: la cotidianidad conocida desaparece y se convierte en otra cosa, aunque sea por tiempo limitado. El ritmo de la industria hace que un supuesto bombazo editorial se haya olvidado tres meses después, pero ese periodo de visibilización es intenso.
La escritora forma parte del grupo de novelistas a los que el éxito y sus consecuencias los dejan del revés. Ella vivía en Madrid y su idea era volver a Tenerife y trabajar en una tienda porque no veía posible dedicarse al periodismo, que era lo que quería. “Pero salió la novela y tuve que cambiar el plan de vida, porque para mí fue como meterme en una lavadora y no tuve conciencia hasta que terminó el lavado, que fue de años”, comenta. El que haya tardado poco más de un lustro en reaparecer en el panorama literario se debe a varias razones, aunque cree que “cada día daría una respuesta diferente a esta pregunta”.
Lo di todo en 'Pajaritos preñados', puse todas mis herramientas narrativas. Al igual que con 'Panza de burro', quiero parar, tomar distancia y ver qué es lo que quiero hacer verdaderamente
Primero, precisaba de tiempo para escribir medio millar de páginas, que se dice pronto. Segundo, necesitaba tener una intimidad y privacidad que no sentía cuando estaba expuesta en redes sociales o en público. Y tercero, porque su salud mental requería cuidados, ya que la tenía “muy desmejorada”. “Se me juntaron muchas, muchas cosas a la vez. Mi sensibilidad neurodivergente me dificulta mucho estar tan sobreestimulada”, considera. Solo tiene WhatsApp y YouTube y afirma que ya le afectan bastante al ánimo, así que las que implican exponerse a un público masivo quizá sean demasiado para ella. “Aparte yo tenía un trastorno de la conducta alimentaria y mi psicóloga me sugirió que me fuera una temporada de las redes para poder empezar a recuperarme”, indica.
De momento, ha notado que le resultaba un “90% más sencillo” realizar sus gestiones psicológicas. Con ayuda de su terapeuta ha calmado la ansiedad por no ‘estar presente’ y ahora coquetea con la idea de abrir Instagram “un ratito” y volver a cerrarlo. “No quiero tener una relación de todo o nada, de pureza. Me quiero permitir esa flexibilidad y poder cambiar de opinión”, expresa. Ella es consciente de que no tener redes cuando se es una persona que se dedica a la cultura, a día de hoy “es una cuestión de privilegio”. Pero, al mismo tiempo, considera que si fuese “vendedora de ropa interior, que es lo que era antes de escribir la novela” tampoco las tendría.
Ahora vuelve a estar en plena vorágine de promoción, aunque desde la posición de la autora de éxito que presenta su segunda novela. Algunos escritores temen ese momento, porque ya existen expectativas sobre su trabajo, hay material previo con el que comparar. En general, ella tiene buena relación con los integrantes del ámbito literario, sobre todo con los de su generación, está arropada. Pero recuerda una anécdota con una autora más veterana, que se le quedó marcada. “En un festival, donde justamente lo estaba pasando fatal por tener que hablar en público, me encontré con Sara Mesa. Tuvimos una conversación muy linda, medio fugaz, me dijo algo como que volviese a lo privado. Fue en un momento en el que yo estaba ya en un punto de inflexión y que una persona a la que admiro tanto que me dijera eso me ayudó muchísimo. Eso se lo agradezco mucho, por ejemplo”, recuerda.
Por el momento, no tiene pensado nada más allá que terminar de presentar este último título y darse un tiempo para relajarse. “Lo di todo en Pajaritos preñados, no quedó nada de mí, puse todas mis herramientas narrativas, usé toda la artillería pesada. Al igual que con Panza de burro, quiero parar, tomar distancia y ver qué es lo que quiero hacer verdaderamente”. Abreu considera que escribir un libro es una acción que requiere mucho compromiso y teme enrolarse en un proyecto que después no sea sostenible para ella. “Soy muy obsesiva y si me meto en una idea lo hago a full”, concluye. Las 504 páginas de su último trabajo lo atestiguan.
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