“¿Quién decide qué es violencia? ¿El que la perpetra o quien la sufre?”, la pregunta radical que plantea 'Broma'
Ninguna persona se desquicia sola. Ninguna persona justifica las violencias del día a día hasta que le han domesticado del todo y ya no sabe lo que es violencia y lo que no y se pregunta si quizá la culpa es suya y se dice que a lo mejor empleó un tono fuera de lugar, que lo suyo no es para tanto. Que está sobrerreaccionando. Estos son los pensamientos recurrentes de Julia, la protagonista de Broma (Editorial dieciséis, 2026), la primera novela de Lucía Marín (Granada, 1985), autora de los libros de relatos No somos flores (Nazarí, 2017) y La piel caduca (RIL, 2018), y que ha sido editada por Sabina Urraca.
Marín explora en Broma la vida de una mujer joven en torno a dos relaciones: la que tiene con un padre ausente que se muere —un padre que ha entregado su vida al cuidado de los demás a costa de descuidar lo suyo propio— y el desvanecimiento de un vínculo, una pareja, progresivo e intermitente que la va matando poco a poco. Broma es una novela cosida con bisturí que está llena de preguntas sobre el comportamiento humano. La primera, quizá, sea hasta qué punto está dispuesta una persona a dejarse llevar, a dejarse arrastrar, por amor. O por la falta de este.
“Hacía mucho tiempo que tenía el tema rondado en la cabeza”, explica Marín en conversación con elDiario.es frente a un batido en una cafetería en el madrileño barrio de la Latina. “Había escrito un par de relatos, que han acabado por convertirse en capítulos de esta historia”, confiesa para señalar que la figura del padre aquí dibujada tiene una historia un tanto paralela a la de su propio padre, al que recuerda al final del libro, en los agradecimientos, con un apelativo cariñoso que también llevará, en algún momento, el padre de la ficción: “A Igor Mansevich, allá donde se encuentre”.
Cuenta Marín que ella quería escribir una historia de violencia donde la violencia está ahí, la ves y la miras a los ojos, pero no es palpable, no la puedes tocar, no la puedes señalar porque son dosis tan pequeñas que, hasta que no las juntas todas, no te das cuenta de que te han envenenado. “Me interesaba explorar el destrato y el maltrato desde lo cotidiano”, señala la autora para añadir que “una de las preguntas radicales de esta novela es quién decide qué es violencia; si lo decide el que la perpetra o quien la sufre”.

Un padre que cambió una vida corriente, una mujer y una hija, para dedicarse plenamente a un ideal. Un padre que ejerce de padre de otros niños y adolescentes menos de su propia hija porque ella lo entiende, cómo no lo va a entender, si en vez de su hija puede ser algo mejor: su mejor amiga. “Y ella acepta, claro, piensa que no tiene un amigo tan bueno e interesante como su padre”, explica la autora para señalar que la protagonista se va quedando con las migajas que le ofrecen los otros. “Ella piensa que, si ya no va a ser su padre, por lo menos se queda con eso, con lo que le da”, continúa para incidir en que Julia ansía tanto eso que brilla que está dispuesta a pagar el precio. Sea cual sea. Un padre carismático que nunca ejercerá de padre y un novio, también carismático y atractivo, que nunca la tratará como una pareja. Y, ni mucho menos, como a una igual.
Luz de gas
La luz de gas o gaslighting es también otro de los protagonistas de la novela. Un término cuya definición se encuadraría como una forma de abuso psicológico y manipulación en la que una persona hace que otra dude de su memoria, de su juicio, de sus percepciones y de su propia realidad. Un abuso que, en ocasiones, sufre el propio lector: “Esto es algo que me dijeron en la presentación del libro en Madrid porque, claro, todo lo que hacen ambos hombres está muy bien argumentado desde su perspectiva”, recuerda Marín para poner dos ejemplos en la novela: cuando el padre le dice a la hija con 18 años recién cumplidos que ya es adulta, que no le va a pasar la manutención porque hay otros niños que le necesitan más que ella. O cuando su novio, de vacaciones y embarazada, le dice que no la quiere, pero que no la va a dejar, que va a estar a su lado siempre que ella quiera. Que si la relación termina será decisión de ella, no de él, que ella tiene todo el poder de decisión.
“Hay un patrón que también quería explorar y es el de qué ocurre en medio de un conflicto cuando la otra parte no asume su responsabilidad”, continúa la escritora para apuntar que se crea una situación tan inestable y de tanta incertidumbre que una acaba asumiendo toda la culpa. “Si tú te adjudicas la culpa sientes que tienes el control y, así, al menos, parece que puedes hacer algo con ello, puedes resolverlo en el futuro”, argumenta. Pero a Julia, su protagonista, esto cada vez le va sirviendo menos. “Tiene una pulsión tremenda de tener una familia, de armar un núcleo familiar como el que ella nunca tuvo. Lograr una familia feliz para sanar y está dispuesta todo. Hasta a ir a terapia de pareja, pero sola, claro, ella se encargará de todo”, continúa Marín, que dibuja la vida de Julia a medio camino entre lo trágico y lo cómico, donde un novio encantador con todo el mundo menos con ella, desarma una a una todas las demandas de una mujer que solo desea ser amada.
También por su entorno, pero el estar siempre mal también cansa. Aburre. “Tenemos muy poca tolerancia al dolor ajeno. Es muy cansado soportar al amigo, a la amiga, que está siempre mal y es muy común que este acabe siendo abandonado”, apunta Marín, que dibuja una situación común en su historia, la de las amistades de ella que la van dejando de lado, poco a poco, se van yendo para acercarse un poco más a él. Al fin y al cabo, es mucho más divertido.
El consentimiento en el límite
Condicionada por un padre narcisista, y por el maltrato de ese padre a su madre, que acaba por permear también en la niña que fue. Julia se deja hacer, se deja insultar, pide perdón, no pone límites y escribe todo en un diario que lee su novio, quien se enfada y llora porque no le gusta cómo queda retratado y que solo admite haber sido pillado cuando ella se da cuenta, cuando ella entiende cómo puede ser que él actúe como si supiera todo lo que le pasa por la cabeza. Y es que lo sabe, claro. “Yo quería explorar eso, cómo se enfrenta el narcisista cuando está expuesto, cuando se siente vulnerado, y abordar un poco el tema de qué es peor, quien destrata o quien, luego, escribe sobre ese maltrato sufrido”, ironiza Marín, que tiene clara su respuesta.
Pero su novela, explica la autora, no pretende juzgar a un personaje u otro sino mostrar una concatenación de situaciones que pueden explotar en cualquier momento de cualquier manera y forma. Como, por ejemplo, una violación que al lector no le queda del todo claro que lo sea. Un caminar en el borde aún a sabiendas de que nada, en ese instante, está funcionando como debería. Que algo grave está pasando, aunque no se sepa muy bien qué. “Es una escena que escribí varias veces. Al principio desde fuera, porque quería ser lo más clínica y aséptica posible, precisamente para analizar si es o no es y volver a la idea de quién decide lo que es violencia”, explica.
“¿Quién decide lo que está ocurriendo? ¿Qué punto de vista es el válido? ¿Es una agresión si no te das cuenta de lo que la otra persona está sintiendo y esta se lo calla? Hay muchas preguntas que se pueden dar en una escena como esa y a mí interesa tanto explorar los límites dentro de la intimidad de una pareja, porque creo que es un tema que tiene muchísima miga”, desarrolla Marín que dice que una amiga lectora le dijo que estaba esperando que Julia reaccionase. Que en algún momento lo quemara todo. Pero al final no pasa nada.
“Es un final realista. A veces, el hecho de salir de ahí es suficiente”, señala. En la vida, cuando una sale de un lugar oscuro, rara vez le esperan fuegos artificiales. “Hay muchas pelis de venganza grandiosa, de rape-revenge, pero yo no quería hablar de nada de eso. Todo sigue un poco igual, ella sigue un poco de aquella manera. No hay ni gloria ni devastación, tan solo lo que queda cuando la tormenta se termina: un cuerpo, una persona”, zanja la escritora. Su protagonista, escribe, quiere seguir adelante como si nada de todo aquello hubiera pasado.