Crítica
Israel Elejalde hace un alegato contra la represión educativa ejercida a la infancia en ‘El nudo gordiano’
El nudo gordiano, la obra que se acaba de entrenar en el Teatro Español, está liderada por dos de las mejores actrices del teatro actual y la dirige el también actor Israel Elejalde. Es la primera obra estrenada en España de esta autora estadounidense, Johnna Adams. Y es una burrada. Dura, seca, inteligente y al cuello de una sociedad, la norteamericana, empantanada en su propia moral blanca y puritana. Un niño es expulsado del colegio. Horas más tarde, en el garaje de su casa, se descerrajará un tiro en plena cabeza. La madre se presenta en la clase de su hijo buscando respuestas. Allí se encuentra con la maestra.
María Morales es la madre. Eva Rufo, la maestra. Un aula típica norteamericana con la bandera de barras y estrellas al fondo servirá como campo de batalla. Elejalde ha mantenido la ubicación de la pieza en EEUU. En la pizarra incluso se lee “Constitución 1787”, “Carta de Derechos 1791” y los nombres de los primeros presidentes: Washington, Adams, Jefferson y Madison. Es un acierto anclar esta obra en su lugar de origen, ya que los personajes —sus modales y su psicología— y la naturaleza del conflicto —donde la moral y la violencia se retroalimentan— son puramente yanquis.
La autora, Johnna Adams, ganó con esta obra en 2012 premios y nominaciones en el teatro llamado off. Pero Adams no tiene premios Pulitzer ni obras en Broadway. Cuando sus obras van a Nueva York, lo hacen a pequeños templos del teatro independiente, como el 124 Bank Street Theater. Sin embargo, sus obras, y sobre todo esta, El nudo gordiano, han recorrido como la pólvora los numerosísimos teatros pequeños de toda América.
Se podrían hacer correlaciones de su teatro con otros autores, pero las comparaciones sirven para bien poco. Además, no conocemos su teatro, pues esta es la primera obra que se estrena en España. Tan solo decir que su teatro es austero, un teatro pensado para el actor y que, si bien tiene una carga política e ideológica profunda, la tiene entre bambalinas, en puro subtexto.
Alguien, por la temática, podría emparentarla con Un dios salvaje, obra de Yasmina Reza que ahora está también en cartel en el Teatro Alcázar con Luis Merlo y Natalia Millán a la cabeza. Nada que ver. Es más, el teatro de Adams es lo contrario al de la francesa. Es un teatro netamente norteamericano, que no denuncia en verborrea la hipocresía burguesa, sino que se adentra en los silencios, en lo que no se dice. Es un teatro de pura psicología del personaje que el actor tiene que ir desplegando en pequeños gestos y en la colocación y el temblor del cuerpo.
Por eso es una maravilla contar con estas dos actrices. Eva Rufo se hace, y de qué manera, con el personaje de la maestra: una publicista con un posgrado MBA que ha reconducido su carrera hacia la docencia. Una mujer netamente anglosajona, lógica y mesurada, inteligente y sensata, que es pura corrección distante. Es un placer verla acometer silencios, poner distancia con esa madre que se le viene encima, sutilmente mostrar fragilidades propias sin dejar de tener un rictus perpetuo.
En el otro lado está María Morales. Una madre en shock, catedrática de literatura medieval, tan instruida como destrozada. Una madre que quiere saber qué pasó, pero que tiene la certeza de que nunca lo sabrá del todo y que está tan llena de culpa como de sed de culpar a alguien de su desgracia. El duelo entre ambas es espectacular, cómo dejan que cada frase se quede suspendida, cómo se miran y se auscultan.
Ahí, en ese baile de silencios entre estas dos fieras de la escena, de unos silencios que son los más tensos que uno recuerde desde hace años en un teatro, la autora, sin decirlo, hará que los entresijos de la sociedad americana salgan a flote. Una sociedad donde todo posicionamiento moral es denunciable por vía judicial, donde la moral es social antes que ética, y en la que la corrección siempre es un arma de doble filo.
La autora va jugando sutilmente con el público, administrándole información que provocará que vaya cambiando de bando, juzgando duramente a una para luego comprenderla, entendiendo y defendiendo la posición de la otra para luego descubrir una parte oscura que la aleja. Ese vaivén moral humaniza a ambos personajes e involucra también la moral del que mira desde la platea. El espectador se ve, irremediablemente, implicado con lo que pasa en escena.
Pero realmente la pieza, aunque nunca lo explicite, es un ataque directo al corazón de la sociedad americana. Es lo no expuesto lo que hace grande a este texto. Porque detrás de esa maestra y esa profesora bulle uno de los estigmas mayores de esa sociedad que lleva decenios prohibiendo libros en sus escuelas al mismo tiempo que viviendo las mayores masacres de violencia. Un ecosistema donde violencia y moral se muerden la cola en un juego diabólico.
En EEUU hay miles de libros prohibidos en las bibliotecas escolares. Las razones son siempre las mismas: política, raza, género, sexo e historia. Es decir, prohibiendo la vida reduciéndola a un dogma que estigmatiza todo lo que queda fuera. Algo que desde la subida al poder de Donald Trump y de gobernadores como Ron de Santis en Florida se ha agravado con más de seis mil libros prohibidos en los últimos tres años. La lista da miedo. Una lista donde están desde los ya clásicos como La naranja mecánica de Burgess o It y Carrie de Stephen King, hasta algunas “novedades” como El amor en los tiempos de colera de García Márquez (sic) o las biografías de Celia Cruz o Venus y Serena Williams. No se salvan ni premios nobeles, ni por supuesto cualquier libro de temática LGTBI como All boys aren´t blue de George M. Johnson, que está prohibido en 15 estados.
La autora, de manera muy inteligente, no muestra la violencia de las masacres como las de Colombine en 1999, Virginia en 2007 o Sandy Hook en 2012, sino la violencia del sistema educativo sobre el niño. Quizá la escritora, no lo sabemos, haya leído a Thomas Bernhard, el autor austriaco que definía las escuelas como “máquinas de aniquilación” que deforman al niño hasta que lo convierte en un ser leal y consumidor. Pero esa visión, a la americana y no a la nacional socialista burguesa como en Bernhard, sobrevuela toda la pieza.
El nudo gordiano aborda ese nudo irresoluble americano hasta el fondo y en todas sus facetas. Cuando ese niño muestre su mente expandiéndose, comenzando a volar, será cercenado y apartado. Pero también es importante cómo reacciona esa cabeza de 11 años, porque su reacción, que es extrapolable a cualquier sociedad, es netamente americana. Su respuesta recuerda a ese increíble nerd convertido en estilita que era Henry Darger, pintor que explicó como nadie el daño de un sistema educativo represor en una mente infantil.
La dirección de Elejalde remarca esta visión al final de la obra, sin medias tintas. Con el espacio ya vacío hará que la clase tiemble de luz y sangre con la música del grupo Ghinzu a todo trapo. Ghinzu es un grupo belga de rock alternativo que suena bien americano. Pareciera que Elejalde hiciera al final un pequeño guiño, una pequeña advertencia de que los EEUU es una potencia irradiadora de aspectos estupendos, pero también de mierda. Resuena con ese final, de manera no explícita, siguiendo así la hoja de estilo marcada por la autora, la cruzada de Vox en las escuelas españolas con sus pines parentales, sus acusaciones de adoctrinamiento y su moralidad beata. La obra está coproducida por el Teatro Español y Kamikaze. Tiene todos los visos, ahora comenzarán las contrataciones, de que después de su paso por Madrid tenga una larga gira por toda España. Aprovechen. La obra es toda una lección de actuación de dos grandes de la escena.