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La sangre derramada de 'La Barraca' de Magüi Mira que acerca al presente la novela de Blasco Ibáñez

La palabra insurrecta y la profundidad política de La Barraca de Vicente Blasco Ibañez ha llegado por primera vez a escena. Magüi Mira dirige una sintética adaptación en la que consigue plasmar toda la fuerza del escritor valenciano ante la injusticia y acercarla al presente con una puesta en escena nada costumbrista. No hay barraca, no hay casita, no hay siglo XIX. En cambio, un espacio vacío va llenándose de territorio, de albufera, de sangre y de sudor de unos actores entregados a una propuesta física, violenta y animal.

Llevan una larga gira desde que la obra se estrenó en Albacete hace casi un año. Más de cincuenta funciones, con más de 80 sacos a cuestas llenos de un caucho rojo que en escena serán símbolo de esa tierra cultivada con sangre. Ahora, están en temporada en el Teatro Fernán Gómez de Madrid hasta el 21 de junio. Luego seguirán de gira: San Javier, en agosto; Salamanca, Murcia y las Palmas, en octubre; Galicia, en noviembre, y cerrarán el círculo, ya en diciembre, otra vez en Hellín (Albacete).

El montaje está aupado por un elenco de ocho actores encabezados por Daniel Albadalejo —Batiste, un campesino que viene de fuera a trabajar las tierras del amo— y Antonio Hortelano, que interpreta con gran fuerza a Pimentó, labriego embrutecido, alcoholizado, al que sus amos han dado la confianza de administrar las aguas y que lidera la voz del pueblo que acabará matando al hijo de Batiste y quemando su Barraca. El odio al que viene de fuera, el analfabetismo, el hombre reducido a bestia por la explotación laboral… Un panorama que un joven Blasco Ibáñez de 30 años reflejó con crudeza y maestría en 1889.

La versión está escrita por Marta Torres. “Fue ella quien tuvo esta gran idea. Cuando me la ofreció, me palpitó el cuerpo entero, me puse a temblar”, confiesa a este periódico Magüi Mira, quien dice conocer muy bien de lo que habla Blasco Ibáñez en la novela. “Soy valenciana y me he criado en la huerta, hay vivencias que nadie me tiene que explicar”, señala esta mujer nacida en 1944, que dice recordar muy bien lo que era el hambre.

Magüi Mira comenzó como actriz en los 70 con José Sanchis Sinisterra. Lo ha hecho todo en teatro. Al preguntarle por la posguerra dice recordar, como si fuera ayer, su infancia con su abuela, con quien la mandaban porque en el pueblo había comida. “Me acuerdo cuando anochecía que salíamos a recoger lo que hubiese en el huerto, un pequeño calabacín, un tomate, para así poder comer algo. Recuerdo a mi abuela diciéndome, mira por ahí Magüisa, a ver si encuentras algo”, evoca con la mirada en otro lugar.

“Me acuerdo de mi tío Pepe que tenía un horario muy restringido para abrir la portezuela del canal y así poder regar, justo como en la novela; y también me acuerdo de no tener luz ni agua, de limpiarme en un balde de estaño con lo que tuviera, con una piedra o una hoja de nogal”, recuerda Mira, y añade que, cuando le llegó el proyecto, se le levantó la niña de posguerra que lleva dentro. “Y se me levantó también con lo que está pasando hoy, que seguimos en la misma salvajada. ¿Acaso solucionamos los conflictos con la palabra? No, seguimos enfrentando a los unos con los otros, seguimos con los pies en el mismo barro y enfrente tenemos esa enorme hipocresía, como hemos podido ver en el Congreso con los siete minutos de aplausos al Papa. Siete minutos de hipocresía total”, zanja.

Blasco Ibáñez y la prioridad nacional

La directora ha urdido un espacio simbólico con unos grandes espejos móviles al fondo de la escena, ideados por los escenógrafos Curt Allen y Leticia Gañán, donde todo es reflejo, donde la palabra de Blasco Ibáñez se expande. Porque la fuerza de la propuesta es el reflejo que nos llega desde ese siglo XIX, en teoría tan alejado, hasta hoy en día. “Sí, pero es importante que la palabra que se dice en escena sea tan solo la del autor, no hay más”, apunta Mira, que ha dotado al elenco de una unidad a través de un registro donde la palabra surge del cuerpo. Una apuesta muy física que la directora acompaña de una coreografía coral a cargo de Marta Gómez.

Daniel Albadalejo no es nuevo en estas lides. Aunque el público lo conozca más por sus montajes con Juan Mayorga o su paso por el teatro clásico a manos del director Eduardo Vasco, este murciano comenzó su andadura en una de las experiencias más hondas y experimentales de la historia escénica española, la de la compañía Arena Teatro dirigida por Esteve Grasset. “Cuando Magüi Mira me propuso esta manera de hacer, para mí fue volver de repente a un sitio que me resulta fascinante, que es encontrar la emocionalidad a partir del propio trabajo físico”, explica. Al final de la obra, cuando ya la barraca ha sido quemada y su familia es de nuevo expulsada a la intemperie y la indigencia, su personaje portará a su hija, que se retuerce sobre su espalda y su cuello (una estupenda Elena Alférez) como un cofrade de Semana Santa sujeta a su virgen, con creencia y dignidad.

La obra consigue tener una dureza extrema, pues la distancia se borra y el dolor de esa familia que es rechazada por ser “de fuera” es imposible que no resuene hoy en día. Se puede palpar la sorpresa de los espectadores que esperaban el típico montaje “costumbrista” que situase la acción en aquella lejana Valencia. Magüi Mira afirma que ella ha preferido trabajar con el concepto. “He buscado la esencia, la poética escénica que pudiese albergar la palabra del autor, pero desnuda, en esencia”, explica.

Al preguntarle a Albadalejo por la experiencia de llevarla por toda España, por esos grandes teatros como el Palacio de Festivales de Santander, el Jovellanos de Gijón, el Campoamor de Oviedo, el Cervantes de Málaga o el Arriaga de Bilbao, el actor destaca sobre todo la impresión de ver los teatros repletos hasta el gallinero. “Cuando sales a decir el primer monólogo y ves el teatro así, caray, te emocionas”, explica. “Pero lo fuerte ha sido ver a la gente realmente tocada, tras la función muchos vienen a verte, te quieren tocar, abrazar, dar las gracias. Tengo el WhatsApp lleno de mensajes muy descarnados. Eso hacía mucho que no me pasaba, al final lo que más le importa al actor es que le agradezcan, ahí te tocan la patata”, confiesa.

Albadalejo, que ahora está grabando casi a diario para la serie Sueños de libertad, en la que interpreta al capellán don Agustín y se mete jornadas de más de 14 horas entre el teatro y el plató, recuerda el estreno con especial cariño, cuando al terminar la función fueron al Teatro Olympia de Valencia, un espacio que antes fue la cárcel conde justo hace 100 años encarcelaron a Blasco Ibáñez por luchar contra los carlistas. “Que resonaran ahí sus palabras con la sociedad valenciana presente fue muy emocionante”, explica sobre este montaje en el que precisamente en su última escena suena el himno valenciano en una versión de Santi Martínez.

“Pero no se trata solo de la sociedad valenciana, el discurso de Blasco Ibáñez se expande hasta lo global. Viendo la obra es imposible no acordarse de Torre Pacheco, de los niños de Gaza, de los desplazados, de los desahuciados”, afirma este actor, que además confiesa que para este papel está bebiendo del presente para construirlo día a día. “Tendrías que ver el cuaderno que llevo, lleno de imágenes, de noticias, de músicas… Estos días claro que pienso en esa mujer desahuciada de 87 años, Maricarmen, y en esas palabras de Juan Diego Botto que fueron toda una lección. Hace cuatro días, al sur de Italia, quemaron vivos a cuatro jornaleros de Pakistán y Afganistán en un coche al que le cerraron las puertas. Yo soy de Murcia, donde no es la primera vez que hemos encontrado jornaleros de Mali asesinados y enterrados en cal viva en los pozos… Todo eso me remueve por dentro y me lo llevo a escena para poder interpretar a Batiste con toda la honestidad de la que soy capaz”, concluye.

Magüi Mira detalla a su vez otra reflexión nada desdeñable. “Al final de la obra, Pimentó, que tiene una situación privilegiada respecto a otros jornaleros, confiesa: 'La marquesa me va a desahuciar, me quita las tierras'. Esto es importante, no hay uno de fuera y otro de dentro, los dos viven la misma opresión, son pobres a los que se enfrenta. Ese espejismo es el mismo que el de la actual 'prioridad nacional'”.

Hay una escena de la obra, casi al final, hiperviolenta, donde todo el elenco se embrutece hasta la animalidad a base de cazalla y odio en una taberna del infierno, donde el pueblo se ahoga en su miseria. Una escena estupenda que recuerda incluso a Las bacantes de La Cuadra de Sevilla, a los primeros Atalaya, a la fuerza posterior de algunas obras de Calixto Bieito, a un teatro que alguien podrá tildar de ya pasado, pero que en manos de esta directora retorna con la fuerza de la palabra Blasco Ibáñez, ese socialista y republicano incapaz de quedarse indiferente ante la injusticia.