El musical 'Los miserables' acapara galardones en los premios Talía, pero la gran reina de la noche fue la bailaora Rocío Molina
El comienzo de la gala de los premios Talía 2026, con el contralto Christian Gil-Borrelli cantando ópera, fue definitorio. Era la velada de la creación musical. El gran ganador fue el musical de ATG Entertainment España, Los miserables con cuatro estatuillas. La gran reina de la noche fue Rocío Molina con tres Talías. Pero el ganador espiritual no fue otro que Eduardo Vasco y la apuesta por el teatro de repertorio y corte tradicional que está realizando como director del Teatro Español, institución que se llevó tres premios y entre ellos el gordo, al Mejor espectáculo de Teatro de Texto que fue para Esencia, de Ignacio García May.
Pero no todo fue alfombra roja en esta gala organizada por la Academia de las Artes Escénicas de España en los Teatros del Canal (Madrid) que dirigía por primera vez la nueva directora Magüi Mira y que creó su anterior presidenta Cayetana Guillén Cuervo. Aunque es verdad que la Academia tiene la difícil tarea de entregar 26 premios, la gala se hizo larga, casi tres horas que fueron retransmitidas en directo por la plataforma de streaming RTVE Play. Además, la noche no estuvo falta de tropiezos y fallos de organización que en ciertos momentos sembraron el desconcierto.
El primero llegó a la media hora cuando Lydia Bosch anunciaba el premio al Mejor teatro musical, que se llevó la gran ganadora, Los miserables que ya había recibido el premio a la Mejor dirección y a los mejores intérpretes femenino y masculino. En un fallo de coordinación, la pantalla que tenía que enumerar a los nominados anunció, sin embargo, el Premio al Mejor espectáculo de lírica provocando lo que más se teme en una retransmisión: un silencio profundo con el escenario vacío, seguido del corte de emisión durante unos segundos.
Pero no fue el único traspié. La otra gran triunfadora de la velada fue Rocío Molina, por esa burrada escénica llamada Calentamiento. Molina se llevó los tres galardones de danza: Mejor interpretación femenina, Mejor coreografía y Mejor espectáculo de danza. Tan solo Israel Galván consiguió el mejor intérprete masculino por su espectáculo El dorado. El problema fue que Molina solo recogió el primer premio, ya que los otros dos se dieron de manera seguida y la organización no supo o no pudo rescatarla del backstage. Algo que deslució la presencia de la que era la gran reina de la velada.
La gala estuvo dirigida por el dramaturgo Juan Luis Iborra. Un espectáculo que giró en torno al agua como fuente de vida y que presentaron la actriz Carmen Conesa y el mago Jorge Blass. Una conducción correcta que tuvo como punto fuerte el momento en el que el ilusionista, en un emocionante truco de magia de cartas, presentó a la otra reina de la noche, la gran María Galiana que recibió el premio Talía de honor.
Le entregó el premio Miguel Rellán, visiblemente emocionado. Galiana, a sus noventa años, estuvo cariñosa y comenzó citando a Albert Camus: “Si te dedicas a una actividad artística más tarde o temprano te dan un premio, pero lo importante no es que te lo den sino que te lo merezcas. No estoy seguro de ello, de lo que sí estoy seguro es que en el poco tiempo que me queda de vida voy a intentar seguir disfrutando de esta profesión”. Y terminó breve, sobria, perfecta, citando al poeta uruguayo Mario Benedetti con esta palabras: “No te rindas, que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños”.
La gala también tuvo el momento político, solitario, pero contundente. Blanca Añón al recibir el Premio a la Mejor escenografía recordó que había que seguir hablando de Palestina, no olvidar el genocidio y “seguir presionando al Gobierno para que cese todo tipo de relaciones con Israel”. En la sala estaba presente el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, pero la realización no optó por enfocarle en ese momento. También estaban presentes las autoridades políticas madrileñas Mariano de Paco, Consejero de Cultura, Turismo y Deporte; y Marta Rivera de la Cruz Delegada del Área de Gobierno de Cultura, Turismo y Deporte.
Pero Blanca Añón no quiso quedarse ahí y dijo que tampoco había que olvidar “lo que tenemos en casa, ese fango verde que sigue avanzando y arrasa con todo lo que queremos y defendemos”, en clara referencia al partido de ultraderecha Vox. Después habló de su tierra, Valencia: “Nosotras ya no podemos seguir trabajando [allí] y nos tenemos que ir fuera para poder seguir creando. Valencia debería volver a ser un centro de creación y dejar de serlo solo de exhibición”, concluyó. Cierto es que los directores Carolina África y Andrés Lima si enunciaron un escueto y pertinaz “Palestina libre” cuando fueron invitados a entregar premios a sus compañeros.
Siguió la gala con la frenética entrega de reconocimientos que eran amenizados con una cortinilla musical que parecía evocar al circo, pero que acabó más cercana al Día de la marmota. Tampoco pareció convencer la nueva estatuilla de la escultora Esperanza D’ors. La anterior, ciertamente es mejor olvidarla. La estatuilla es uno de los cambios que la nueva dirección de la Academia quiso implementar para testimoniar su voluntad de transformación.
Magüi Mira ha afirmado en declaraciones públicas ciertos aires renovadores con respecto a la anterior dirección. Ha prometido una mayor transparencia y se ha atrevido a nombrar al elefante en la cacharrería, ese premio llamado: Mejor espectáculo de Artes Escénicas de autoría hispana en Nueva York, que tantos siguen sin entender. En esta ocasión ha sido para Los soles truncos, de Repertorio Español. Pero este año no es el año para evaluar la nueva dirección que esta actriz valenciana quiere dar a la Academia. Es demasiado pronto.
Los momentos finales fueron para las obras de teatro de texto. El primero fue para Ignacio García May por Esencia, uno de los mejores textos de los últimos años de este veterano autor que sigue en gira, protagonizado por Juan Echanove y Joaquín Climent.
La Mejor actriz de reparto recayó en Mamen García, una de las grandes, muchas veces en papeles secundarios, pero que en esta ocasión interpretó a la Miss Lunatic, esa neoyorquina medio bruja medio vagabunda de la obra de Carmen Martín Gaite Caperucita en Manhattan. Un secundario enorme, casi principal, corazón de la pieza. La actriz, todo arte, acabó gritando “viva la peña, porque sin ella no haríamos teatro”, para concluir con una preciosa dedicatoria a todas las jóvenes dramaturgas diciendo: “Ellas nos guían”.
El premio al Mejor actor de teatro fue para Luis Bermejo por la obra de Juan Mayorga por Los yugoslavos. Un premio que venía reñido, ahí estaban Joaquín Climent que está enorme en Esencia y Raúl Prieto que no lo está menos en El entusiasmo.
El premio al Mejor actor de teatro de texto fue para Ángel Ruiz por El rey de la farándula. Premio sorpresa ya que tenía al lado a dos pesos pesados, Lluis Homar y Pablo Derquí. Ruiz agradeció al Festival de Almagro y a la Compañía Nacional de Teatro Clásico por apoyar esta obra en la que en tono de cabaré se retrata la vida de Felipe IV. Una obra que el propio Ruiz ha escrito y dirigido.
La Mejor actriz este año recayó en Nathalie Poza por Un tranvía llamado deseo, la archiconocida y mil veces montada obra de Tennesse Williams dirigida por David Serrano. Otro montaje, al igual que Esencia, que pasó por el Teatro Español dirigido por Eduardo Vasco y colgó el cartel de agotadas las localidades.
El premio a la Mejor dirección de escena también venía reñido. En liza competían la danza de Rocío Molina, la fuerza del teatro de Lucía Carballal y un veterano como Juan Carlos Rubio. Al final, se lo llevó este último, demostrando de nuevo la inclinación hacia el teatro más tradicional de esta Academia. Rubio fue premiado por la obra Música para Hitler, sólido montaje que tiene como protagonista a Carlos Hipólito y que cuenta la historia de Pau Casals exiliado en Francia cuando es invitado para tocar en una velada para el propio Hitler.
El último premio, el más relevante, es el del Mejor espectáculo de teatro de texto que fue para Esencia, dirigida por Eduardo Vasco, premio que significó el tercer galardón que recibía una producción estrenada en el Teatro Español, porque si bien Un tranvía llamado deseo se estrenó en Avilés tuvo se temporada, apoyo y despegue en el Teatro Español.. Quedaba así claro el meridiano apoyo de los académicos a la apuesta de Eduardo Vasco por un teatro tradicional y de repertorio que además está teniendo una respuesta de público enorme. Ganó, en definitiva, la taquilla en estos premios: los musicales que son la locomotora de ingresos de la industria cultural escénica y la apuesta por la recuperación de un gran público para el teatro tradicional.
0