De refugiados a retenidos: así es la vida dentro del nuevo centro de detención en Lesbos

Sin suficiente comida, sin suficientes camas y sin suficientes respuestas. Así malviven varios cientos de personas dentro del campamento griego de Moria, convertido, desde el pasado 20 de marzo –día en que entró en funcionamiento el polémico pacto entra la Unión Europea y Turquía– en centro de detención para los refugiados y migrantes que llegan a las islas griegas de forma irregular. Pese a que no hay permiso oficial para la prensa, eldiario.es ha logrado acceder a él.

El centro de detención de Moria, de 4,7 hectáreas, está instalado en un acuartelamiento militar griego, rodeado de olivares. El perímetro externo es una verja copada de una espiral espinosa. “Es como un CIE (Centro de Internamiento para Extranjeros donde privan de libertad a migrantes irregulares antes de ser deportados), pero sin camas y con gente durmiendo al raso”, resumen voluntarios españoles que han operado dentro del mismo.

Al otro lado del camino que rodea el alambrado por el oeste reposan los toldos blancos del campo gestionado por voluntarios 'Better days for Moria' (Mejores días para Moria), hoy apenas habitado porque sus inquilinos fueron evacuados, y cuya calidez contrasta con los fríos cubículos prefabricados del centro de detención vecino.

Un detalle inquietante: tres caravanas de venta de comida instaladas a diez metros de la verja. Sus clientes están dentro del centro de detención. El vendedor, cada cierto tiempo, recibe un grito desde la valla, se acerca, anota la comanda, vuelve al carro, prepara el encargo, retorna al alambrado, pasa el encargo como puede por debajo de los hierros, se cobra un euro por lata de bebida y más de dos euros por bocata. Los agentes de Grecia, responsables de alimentar con suficiencia a sus detenidos, observan impávidos.

Tras la retirada parcial o total de varias ONG de Moria, en protesta por su conversión en centro de detención, el Ejército griego es el encargado de dar la comida a los internos. La prepara una empresa de catering de Lesbos. La mayoría de los arrestados con los que ha hablado eldiario.es coincide en que el menú es “insuficiente” y “de mala calidad”. Un refugiado sirio critica que, en una ocasión, los uniformados agredieron a un hombre que protestaba porque le habían negado llevar una ración a su mujer, impedida en la cama.

Para verificar esta y otras denuncias, logramos cruzar la puerta de Moria, guardada por policías griegos y flanqueada por alambres de espino. Nada más penetrar, eldiario.es se topa con una pareja de marroquíes. A duras penas pudiéndose expresar en inglés, explican que llegaron hace un día. A partir de ahí todo son dudas. A diferencia de la siria, la iraquí o la afgana, su nacionalidad, la argelina y la paquistaní son las que, se cree, se toparán con más obstáculos a la hora de obtener derecho a asilo. Y más facilidades para ser devueltas a Turquía.

Es mediodía y hay una larguísima cola formada a la entrada de una tienda de campaña. De ella salen mujeres adultas con un recipiente con ensalada, un bollo y un tetrabrik pequeño de zumo entre las manos. Oficialmente, algo así se sirve tres veces al día. Joaquín Urías, un voluntario español y profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Sevilla que ha estado dentro de Moria, denuncia que “sólo se está disponiendo de 400 menús para alimentar a 600 personas”. La consecuencia: los refugiados se ven obligados a pagar para complementar su dieta.

Al hambre se le suma el frío. “Por la noche nos helamos. Ya no es que no tengamos climatización dentro de los dormitorios, ¡es que faltan mantas!”, lamenta Alí, un joven afgano. En efecto, dentro del cubículo de plástico sólo encontramos un puñado de pírricas mantas y, en un pedazo de suelo, una alfombra con el logo de ACNUR. “Las ONG Dirty Girls y Oxfam se encargaban de proveer de mantas y lavarlas. Tras su retirada, hay una deficiencia en este aspecto”, lamenta Urías.

Sin bastantes mantas, a los refugiados bajo arresto en Moria sólo les queda el calor humano. De hecho, hasta 12 personas se deben acumular en cada tienda prefabricada, de apenas 20 metros cuadrados. “Algunos nos hemos visto obligados a dormir al raso por falta de sitio”, asegura Hamza, un sirio en la veintena. Los más afortunados en ese CIE disponen de incómodos catres, donde tampoco se garantiza el calor. Ni siquiera en la ducha, ya que, denuncian los arrestados, el agua es fría.

“Un refugiado, por definición, es un individuo en un país extranjero sin protección de ningún Estado. Pero ese no es el caso de los internados en Moria, quienes, como arrestados, se hallan bajo protección del Estado griego”, recalca Joaquín Urías, quien prosigue: “En la UE, un niño internado y sin acceso a la educación es una violación de los derechos humanos”. En el centro de detención de Moria hay muchos niños y no hay escuela. Algunos pequeños juegan al fútbol; otros yacen en silencio a la vera de sus padres.

“Mis hijos me preguntaron si hicimos algo malo”

“Los niños aprenden qué es una cárcel viendo la tele. Nada más llegar aquí, los míos me preguntaron si habíamos hecho algo malo para acabar en una cárcel”, recuerda apesadumbrado Behram, un expolicía afgano que tuvo que salir de su país temeroso de represalias de los talibanes. Lleva una niña de pocos años en los brazos y otro chiquitín, con mirada aterrada, aferrado a su pierna. A su lado Gulam, un chaval de la ciudad afgana de Kunduz, explica que sus hermanos tienen 10 y cuatro años.

Durante los tiempos en que Moria era un campo de acogida, algunas ONG gestionaban el complejo familiar, un área especialmente protegida para las familias y las personas más vulnerables. Aunque se puede comprobar que hay áreas cercadas dentro del hoy centro de detención, guardadas por policías y algunos cooperantes, también se puede acceder a casas contenedor habitadas por familias sin pasar una segunda alambrada.

Hamza, que indica que llegó a Moria el 19 de marzo por la noche, detalla que durante sus primeros cuatro días tuvo prohibido salir de un sector alambrado dentro del CIE. Otros refugiados contactados ofrecen datos similares. Joaquín Urías lo confirma: “No fue hasta la protesta –una concentración de voluntarios ocurrida el jueves pasado– que ampliaron la libertad de movimiento de los internos para evitar motines. Han llegado a introducir antidisturbios, algo brutal habiendo dentro familias con niños”.

975 peticiones de asilo registradas

Según Emmanouil Chatzichalkias, un abogado de Lesbos que trata de asistir a los arrestados en Moria, 975 internados han solicitado asilo a fecha de 28 de marzo. Se estima que podría haber más personas en el CIE, ya que a los internos se les ofrece pedir asilo o bien aceptar la deportación directa a Turquía. El abogado, gracias a fuentes policiales propias, ha sabido que “un grupo de paquistaníes” ha sido deportado de Lesbos a Turquía recientemente, aunque no puede determinar cuántos.

Así, los arrestados en Moria se hallan sin suficiente comida, sin calefacción, sin escuela y sin asesoramiento legal, cuando la ley griega, recuerda Chatzichalkias, dice que “todo detenido debe tener acceso a un abogado gratuito, si no puede permitírselo”.

Aunque ACNUR es una de las organizaciones que permanece activa en Moria, oficialmente, con “ánimo de asistir en las solicitudes de asilo”, Hamza reconoce que ha pedido asilo, pero sólo le han dado un número y le han dicho que espere. A Alí le han dicho que vaya a la embajada afgana en Atenas a pedir un abogado, aunque no puede salir del CIE. La pareja marroquí no sabe nada. Un chico paquistaní, en un inglés raquítico, dice que ni siquiera hay traductores de lengua urdu para leerle sus derechos como arrestado.