Las pequeñas explotaciones agrícolas se alían para competir: “Todo está diseñado para las grandes empresas”
Una pelea de David contra Goliat. Las pequeñas explotaciones agrícolas y ganaderas ven cómo su sector está diseñado para los grandes operadores, con los que es muy difícil poder competir. Para conseguirlo optan por las alianzas –por ejemplo, a través del cooperativismo– como instrumento para sumar fuerzas, más aún cuando se trata de competir en segmentos concretos, como el de la producción ecológica. “Nos tenemos que organizar como sector, para tener voz y fuerza, para que legislen teniendo en cuenta nuestras necesidades, porque todo está pensado para la producción industrial”, explica Rosario Hernández, ganadera canaria. “Eso hace que, muchas veces, te quedes fuera. Cuesta mucho salir adelante, todo está diseñado para las grandes empresas”, recalca.
Las cifras señalan que la figura del cooperativismo está en alza. Los últimos datos publicados por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación son de 2023, pero apuntan una tendencia clara. Ese ejercicio se cerró con 3.699 entidades cooperativas, con crecimientos constantes desde 2006, el primer año del que apunta datos. Y su facturación se dispara desde ese año. En 2023, el volumen de ingresos de las cooperativas alcanzó los 39.570 millones de euros, un 97% más que en ese 2006 que se toma como punto de partida.
El volumen de ventas del sector es relevante, pero también el empleo. A cierre de 2023, las cooperativas del sector primario sumaban casi 120.000 puestos de trabajo. De ellos, el 45% estaba ocupado por mujeres. “La participación de la mujer en las cooperativas sigue manteniendo un aumento sostenido en los últimos años”, señala Agricultura. A cierre de ese año, representaba casi el 30% de la base social cooperativista y “el 10,4% de la composición de los consejos rectores”, indica el Ministerio. Sin embargo, en ellos “apenas el 4,7% ostentan la presidencia y un 14,5% puestos de dirección”. También es reducida la presencia de menores de 40 años, que solo son el 9% de la base social, el 7,5% de la composición de los consejos rectores y el 4,4% de los puestos de presidencia.
Cuando una persona no puede hacer todo el trabajo
El cooperativismo y el asociacionismo se ve como una opción para ser más fuertes y que la voz se escuche más alto. Azpe García puso en marcha, en plena crisis financiera, una pequeña cooperativa apícola, que también se dedica a la educación ambiental, A Redolada. “Empecé siendo autónoma; luego, dos personas y, posteriormente, tres. Estudié biología y, en 2010 y 2011, después de meses buscando trabajo, vi que nadie me iba a contratar en lo mío y que era mejor que me dedicara a lo que quería hacer. Me gustaba el trabajo de campo, pero no me atraía la ganadería tradicional y, como mi proyecto tenía la parte de sensibilización, las abejas eran muy buenas para eso. Me formé y me lancé”.
“El asociacionismo es básico”, argumenta. “En nuestro caso es muy necesario ser una cooperativa, porque con todos los trabajos que tenemos que hacer, una persona no llega. Son 18 horas al día, es imposible; y trabajar en grupo también te aporta más, tiene más ventajas que inconvenientes”, añade Azpe García. “Se puede ser una asociación, una agrupación, hay que buscar sinergias y mecanismos de cooperación, que no tienen por qué ser para todo el proceso. Por ejemplo, pueden hacer más fácil la comercialización”. En su caso, apunta que, en la distribución, el tamaño es menos importante, porque su canal no son los supermercados, sino el comercio local, de proximidad, los puntos de venta directa. También indica que la apicultura ecológica presenta aspectos de gran dificultad, como la ubicación de las colmenas. “Las principales fuentes de néctar en tres kilómetros a la redonda tienen que ser flores silvestres o cultivos ecológicos certificados. Eso hace muy difícil encontrar sitios”.
Belén Matilla es interventora de la cooperativa Lutega. “Somos una cooperativa un poco especial, la única que se dedica al lúpulo en Galicia”. En 2009, Matilla quiso sacar adelante la producción de esta flor indispensable para la cerveza, después de que su padre fuese el primer ingeniero que llegó a Betanzos desde León para dedicarse al lúpulo. “Constituimos una pequeña cooperativa, con Bodegas Rilo, porque los que manejan viña saben manejar el lúpulo. Ambas son plantas leñosas”, explica Matilla.
Actualmente, en un sector dominado por las grandes multinacionales, Lutega cuenta con 15 hectáreas de cultivo y con Estrella Galicia como cliente, pero no es una tarea fácil y no pueden ser más grandes. “Necesitas maquinaria específica que solo utilizas unos días al año. Nosotros optamos por ser una cooperativa en lugar de un grupo de cultivadores. Compramos maquinaria que tiene 70 años y no podemos tener más hectáreas, simplemente, porque no las podemos trabajar”. “Tal y como está la situación, yo me he podido permitir poner en riesgo 250.000 euros, pero este no es un trabajo que pueda recomendar, tienes que tener la producción comprada”, concluye.
Por su parte, la agricultora Ana Mestre trabaja en el norte de Almería. Sobre todo, hortalizas, pero también frutales y olivar. “Nosotros no tenemos tierras propias, trabajamos tierras de personas mayores o de gente que no quiere trabajar el campo. La gente lo va abandonando y las nuevas generaciones optan por cultivos menos laboriosos y que den más rentabilidad”, constata. Mestre defiende el “asociacionismo”. “Significa poder representarnos y tener voz, porque la unión hace la fuerza y de forma individual, si intentamos quejarnos, es mucho más difícil. A mí que me cogen lejos las grandes poblaciones, si el reparto de la verdura es compartido, eso facilita mucho, es mejorar tu negocio, ser más competitivos y mejorar la situación económica”.
Y Rosario Hernández, es ganadera ecológica en un territorio como Canarias “presionado por lo urbano”. Su ganado está suelto en su terreno, pero asume que no se atreve a sacarlo a pastorear porque se ve obligada a llevarlo por la calle. Recalca que ese asociacionismo es clave en un sector como el ecológico. “Nos tenemos que organizar para que se nos vea, se nos escuche”, apunta Hernández, quien forma parte de la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) Canarias.
Más ayudas y un nuevo movimiento agroecológico
El número de cooperativas crece y el sector lo ve como una solución. Y hay iniciativas para tratar de facilitar este tipo de integración. Hace unos días, el ministro de Agricultura, Luis Planas, llamó a acelerar el cooperativismo como vehículo para hacer frente, en mejores condiciones, a los retos de la economía global, mejorar la capacidad de negociación, acceder a nuevos mercados o invertir en mejorar las instalaciones y en proyectos de innovación, según señaló durante la asamblea anual de Cooperativas Agro-alimentarias de España.
Precisamente, hace unos meses, el Consejo de Ministros dio luz verde a una modificación de las bases regulatorias para fomentar la integración de cooperativas, para que sean más grandes y tengan carácter superautonómico. Lo ha hecho dentro del marco de la Política Agrícola Común (PAC), que fomenta las inversiones realizadas en este sentido, con 100 millones de euros, y que también busca reducir las cargas administrativas.
Sin embargo, al margen del sector público, también el primario busca fórmulas para acelerar las integraciones, el cooperativismo y el asociacionismo. Entre estas últimas, a principios de este año, se constituyó en Vitoria-Gasteiz el Movimiento de Productores y Productoras por la Agroecología (MPA), que suma 70 productores y productoras de más de 30 asociaciones de todo el país.
“Nos organizamos para producir, transformar y comercializar conjuntamente. La cooperación es nuestra fortaleza. Por ello, construimos alianzas con administraciones públicas y entidades sociales para relocalizar la actividad agraria y liderar la transición ecológica de los sistemas agroalimentarios”, explican en su manifiesto. “Apostamos por trabajar de forma coordinada dentro del sector de la producción ecológica y por la agroecología, compartir aprendizajes y experiencias y construir una voz colectiva fuerte y reconocible. También queremos tener voz en la elaboración de las políticas agrarias y alimentarias que nos afectan y que condicionan la viabilidad de nuestros proyectos y el futuro del sector”, concluyen.