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La alarma social

Puede que la política haga extraños compañeros de cama, pero sólo la corrupción puede conseguir que además de sexo haya boda, aunque sea por interés y sin amor. La última prueba ha aparecido hoy en Barcelona, donde Garzón ha pescado en una misma red a varios ediles socialistas junto con algunos ex altos cargos del gobierno convergente de Jordi Pujol. No hay nada más transversal que el dinero negro; y así, en la santa comunión de la pastuqui, los mismos políticos que en público son incapaces de pactar ni la hora, en privado comen de la mano de un mismo constructor. Lo que el ladrillazo unió no hay votante que lo separe.

¿Todos los políticos son iguales? ¿Son todos unos corruptos? Quiero pensar que no, y también que no todos los partidos tratan igual a sus manzanas podridas. Pero es obvio que el ladrillo feroz no sólo dejó 3,8 millones de pisos vacíos, un horroroso paseo marítimo casi ininterrumpido desde Francia a Portugal y una crisis económica que es hoy la envidia de Europa. La nefasta herencia de la burbuja inmobiliaria española también incluye una numerosa colección de ladrones con sueldo público que se forraron a costa de nuestro dinero, de las hipotecas que pagaremos durante décadas. Cada semana asistimos, ya sin sorpresa, a otra nueva operación contra la corrupción, a la evidencia de una nueva chorizada. Y es aquí donde echo en falta a los políticos honestos y comprometidos, esos que al segundo suceso macabro proponen cambiar la ley del menor. Ante la innegable alarma social que provocan estos casos, ¿para cuándo un endurecimiento de las leyes contra los corruptos? Sé la respuesta. Es sólo una pregunta retórica.