Ric nunca lo haría
Ric, pobre Ric. Qué perra es la vida. Un día estás allí arriba, pisando moqueta mientras Correa te cepilla el ego y te dice al oído que serás el futuro presidente del Gobierno. Y al siguiente estás ahí abajo, o sea, en el superarroyo. ¿Y qué te queda? Una cuenta corriente en números rojos, un Infiniti siniestro total aún por pagar, un reloj muy molón que no te puedes poner por Valencia sin que te hagan chistes, una carrera política quemada y la penitencia de otro. No es justo, jopelines. “Todos tenéis que ser felices, porque todos somos iguales: los calvos y los que tenéis pelo”, dijo el martes Pocholo Camps, mientras le pasaba la mochila a su segundo. Y sí, todos son iguales en la cúpula del PP valenciano, pero algunos más que otros. Cuando Costa llegó a número dos del partido, en el 2007, el Bigotes ya llevaba cuatro años forrándose con los contratos que graciosamente le otorgaba la administración que preside su amiguito del alma, el curita, el que le quiere un huevo. ¿Es o no es para salir llorando?
Pero antes de llorar, Ric quiso morir matando. Su discurso fue histórico: por primera vez en los nueve meses que llevamos de Gürtel pudimos escuchar a un dirigente del PP dando una explicación que no insultase a la inteligencia, aunque fuese para culpar a otros. Camps, que le pilla más cerca, quedó prendado de ese repentino arranque de sinceridad. Pero Génova no paga a traidores. “Cuando alguien actúa en contra de los intereses de su partido y con publicidad, es imposible que vuelva”, sentenció De Cospedal al firmar el destierro. Las luces se apagan, la música calla, la fiesta se acaba. Pobre Ric, ahora llega la resaca.