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8M: tejer para sostener y avanzar

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Hay una experiencia que compartimos muchas mujeres que resulta fácilmente reconocible: la sensación de que el día a día exige más equilibrios de los que una persona debería asumir en solitario. Conciliar el trabajo, los cuidados y la vida personal supone encajar piezas en jornadas que avanzan con rapidez. No se vive necesariamente desde la queja, sino desde una realidad interiorizada. Es parte del tiempo que nos ha tocado vivir.

Y, sin embargo, pese a esa exigencia cotidiana, hemos protagonizado cambios profundos en un periodo relativamente corto. Hoy es habitual encontrar a mujeres liderando proyectos, investigando, emprendiendo, trabajando en sectores tradicionalmente masculinizados o sosteniendo servicios esenciales que garantizan el funcionamiento diario de nuestra sociedad. No se trata de casos aislados. En Euskadi, seis de cada diez personas con estudios superiores son mujeres; el dato refleja una transformación estructural y sostenida.

Pero estos avances no han surgido de manera espontánea. Han sido posibles porque muchas personas han ido modificando la forma de trabajar, de cuidar y de convivir. Desde las instituciones hemos tratado de acompañar ese proceso, sabiendo que el esfuerzo colectivo no siempre ha sido suficiente y de que las oportunidades no han llegado a todas, ni por igual ni con la misma rapidez.

En el centro de esta evolución hay un elemento que merece especial atención: la capacidad de crear red. El avance en igualdad tiene mucho que ver con sostenerse mutuamente, con acompañar, con reclamar y generar oportunidades no solo para una misma, sino también para quienes vienen después. Buena parte del progreso alcanzado se ha construido lejos del foco, sin grandes discursos, a través de gestos cotidianos que han ido fortaleciendo vínculos.

Porque tejer implica enlazar, sumar esfuerzos y construir comunidad. Supone entender que cada aportación, por pequeña que parezca, contribuye a generar un conjunto sólido. Y así, mediante cambios a veces discretos, pero profundamente transformadores se han ampliado espacios de oportunidad.

Tejer relaciones entre mujeres ha sido, en este sentido, una estrategia silenciosa y eficaz del feminismo. Y no lo ha hecho como un movimiento aislado, sino como un proceso social que se apoya en la confianza y en la cooperación. Esa red ha permitido resistir dificultades, abrir caminos y sostener todos los avances.

Precisamente por ello, llama la atención comprobar que cuestiones que parecían asentadas vuelven a ponerse en cuestión. Uno de cada cinco chicos jóvenes en Euskadi sigue identificándose con ideas tradicionales sobre cómo deben comportarse hombres y mujeres. El dato nos recuerda que los logros alcanzados no son irreversibles.

Porque cuando la igualdad se percibe como un debate entre dos partes, se pierde de vista que, en realidad, se trata de organizar la convivencia de una manera más justa y sostenible para todas las personas.

Este mensaje es especialmente relevante para las generaciones más jóvenes. El progreso de una sociedad no se mide únicamente por quién alcanza mayores cotas de éxito individual, sino por la capacidad colectiva de garantizar que todas las personas puedan desarrollar su proyecto vital sin renuncias constantes ni cargas desproporcionadas. La igualdad, entendida así, es una condición de bienestar común.

El reto actual consiste en ensanchar lo conseguido. Que los avances en igualdad dejen de interpretarse como logros de unas pocas y se reconozcan como mejoras compartidas: mejores condiciones de trabajo, mayor corresponsabilidad en los cuidados, más tiempo disponible para la vida y un bienestar equilibrado.

Al final, la experiencia demuestra que lo que se construye entre muchas personas es lo que realmente perdura. Pero el reto sigue siendo el mismo: continuar fortaleciendo ese tejido de relaciones, ampliarlo y hacerlo más inclusivo para que nadie sienta que este camino no le concierne. Tejer y sostener esa red común ha sido, y continúa siendo, la base más sólida para una sociedad más igualitaria.