El paraguas
En cuanto llueve, la ciudad se llena de pequeños países redondos. Cada paraguas levanta su frontera de tela, su constitución de alambre, su modesto derecho a permanecer seco. Bajo ellos caminan ciudadanos que tropiezan entre sí, se rozan las varillas y disputan quince centímetros de acera con una energía que, aplicada a otros asuntos, mejoraría considerablemente el mundo.
El paraguas es un invento especial por su falta de ambición. Jamás prometió detener la tormenta. Apenas ofrece un círculo de tregua y deja al viento la facultad de revocarlo todo. En cuanto sopla de costado, la elegancia humana se reduce a sujetar un mango torcido y perseguir un sombrero.
Con los otros temporales ni siquiera sirve consultar el cielo. Llegan por el teléfono antes de que hierva el café. Una ciudad bombardeada, otra familia desalojada, una pensión insuficiente, la fotografía de unos zapatos abandonados junto a una frontera. Alguien deja la taza en la mesa y mira por la ventana. La taza se enfría entre los dedos; afuera, el barrendero empuja las hojas con su paciencia de siempre. Una jornada puede empezar agotada antes de haber empezado.
Una imagen espantosa conmueve el lunes; el jueves ya compite con un escándalo nuevo. La desgracia humana se clasifica, se comenta, se usa para marcar posiciones. A ciertas víctimas se las llora de inmediato. A otras se les exige primero una declaración de principios. El sufrimiento acaba pasando por una aduana ideológica, donde hasta el silencio necesita pasaporte.
Las palabras públicas, sometidas a semejante clima, envejecen mal. Justicia se pronuncia a menudo con la boca llena de privilegios. Libertad sirve igual para defender un derecho que para excusar el atropello de otro. Patria, pueblo, verdad, concordia. Términos capaces de abrigar a una multitud, reducidos por algunos a la dimensión de un garrote. En televisión se reparte la razón con una generosidad un tanto sospechosa, sobre todo cuando la factura la paga quien está mirando.
La discusión política ha perfeccionado una extraña meteorología. El daño causado por los propios se considera llovizna; el del adversario recibe nombre de catástrofe.
Se exige una opinión inmediata sobre asuntos que necesitarían semanas de estudio y unos cuantos gramos de pudor. Rectificar resulta más escandaloso que mentir con aplomo. El algoritmo, por su parte, conoce el enfado de cada cual y se ocupa de servirlo caliente.
Entretanto, el agua de verdad busca siempre los mismos sótanos. Alguien, calcula cuánto tardarán sus calcetines en secarse antes del siguiente turno. Cerca de allí, también se calcula si podrán alquilar una habitación donde quepan, a la vez, una cama y cierta idea de porvenir. Otra, espera en una consulta mirando una puerta que se abre para otros.
Desde un salón templado, la resistencia ajena suele parecer una virtud preciosa. La desigualdad también se reconoce por la calidad del paraguas, por quién puede quedarse en casa cuando arrecia y quién debe salir precisamente entonces.
Se admira a quien soporta cualquier desgracia con una sonrisa; pocas veces se pregunta por qué ha tenido que soportarla tanto tiempo. La paciencia puede ser virtud, pero convertirla en obligación perpetua para los más vulnerables es una manera de lavarse las manos sin gastar agua.
También conviene vigilar el paraguas propio. Bajo una causa legítima puede crecer la soberbia. La indignación sirve para despertar conciencias, aunque se estropea cuando empieza a disfrutar del castigo. Un paraguas cerrado, empuñado por el extremo equivocado, se parece demasiado a una porra. Ninguna convicción merece que la crueldad encuentre refugio a su sombra.
La tormenta obliga a elegir a diario qué conservar a salvo. El juicio propio, para no alquilarlo al griterío. La vergüenza, para reconocer un error. La ternura, palabra difícil en tiempos donde cada gesto se sospecha calculado. Y el derecho al cansancio, porque el ánimo no es un edificio público iluminado toda la noche. Incluso la esperanza necesita que de vez en cuando alguien apague las luces.
Al final de la tarde, los paraguas avanzan por la avenida como flores oscuras y apresuradas. El paraguas permanece entero, con sus varillas y su tela intacta. Ha cumplido su oficio. La tela era impermeable. Quien la sostenía, por fortuna, no.
Sobre este blog
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