Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
Reír
Temprano por la mañana, en uno de esos lunes insípidos, hechos como de cartón piedra o de escayola barata, que saben a derrota y a galletas revenidas, con las cumbres de los montes que circundan la ciudad cubiertas de nieve y unas insistentes gotas de lluvia posnavideña goteando sobre mi cabeza despoblada, me sorprende descubrir en un semáforo a dos hombres trajeados de azul marino, con corbata, cuarentones de perfil estilizado, mandíbula cuadrada, porte de directivos de alguna sucursal bancaria, riéndose a carcajadas como si de pronto hubieran descubierto el secreto de la felicidad.
Tras reponerme, casi a tropezones, de la sorpresa, me digo que darse de bruces un lunes por la mañana con un grupo de personas que, en la calle, están riéndose a carcajadas es casi como regresar a casa montado en un unicornio en una de esas noches en que no solo ha habido eclipse de luna sino también cerveza gratis en todos los garitos donde uno ha asomado el hocico. Mucho más, si en ese lunes insípido que huele a colonia podrida y a cartón mojado, hace frío y llueve. No es corriente encontrarse a alguien riéndose a carcajadas. Ni en la calle ni en el supermercado. Tampoco en el bar donde, a mediodía, hay quienes se arrodillan ante el primer vino de la jornada. Lo corriente son las caras largas. Los músculos tensos. Los rostros esculpidos en piedra caliza. El ceño fruncido. La máscara hierática del descontento. La resignación católica incrustada en el ánimo. Nada. Ni una sonrisa. Ni una mueca. Nada que demuestre entusiasmo. Nada que nos sacuda el cuerpo a risotadas, como si de pronto, casi por descuido, en una esquina cualquiera de la propia biografía, uno disfrutara de un encuentro fortuito con eso que llaman la alegría de vivir.
El año que acabamos de iniciar es muy largo, pero todo pasará velozmente. La lluvia empapará la tierra, en los valles florecerán los cerezos, el sol secará el cauce de los ríos, los escaparates de los comercios no tardarán en mostrar de nuevo los turrones navideños y los dirigentes medievales que se están adueñando del planeta no les faltarán ocasiones para mostrar cuánto de miserable hay en la condición humana. La tarea de madrugar, hacer dinero, lidiar con nuestros semejantes y maleducar a nuestros descendientes, nos irá llenando lentamente las horas y así, sin apenas darnos cuenta, terminaremos claudicando de nuestros nuevos propósitos para el año nuevo más por cansancio de nosotros mismos que por falta de interés.
Todo pasa. Las campañas electorales de las diferentes comunidades autónomas pasarán. Pasará también el invierno, el croar de las ranas, las tempestades de abril, la liga de fútbol y el furioso verano y al final no quedará más que aquello que hayamos hecho con el tiempo que nos ha tocado vivir. Tal vez la manera más apropiada de hacerlo sea riéndose. Vivir riéndose. Riéndose a carcajadas. Reventarse el pecho a carcajadas ya que a fin de cuentas la vida no es más que una broma, de mal gusto en ocasiones. Pero no, no resulta fácil reír. Dylan tenía razón: cuesta mucho reír, basta un tren para llorar.