Quedan astrónomos en los Astrónomos: así se ha vivido el eclipse en Vitoria en el punto de observación de 1860

Quedan astrónomos en los Astrónomos. A las 20 horas 28 minutos y 16 segundos de este 12 de agosto de 2026, en este punto de Vitoria, se ha producido el máximo de un eclipse total de exactamente un minuto que ha ofrecido oscuridad plena en pleno día. Todo el proceso ha tenido una duración de 103 minutos. Las personas observando el histórico fenómeno en este punto no eran muchas, no más de medio centenar, pero el observatorio histórico de 1860 —de ahí el nombre del lugar— ha vuelto a servir para contemplar el cielo.

Pasados 166 años, los edificios residenciales de Santa Lucía, algunos próximos a la veintena de pisos, y las altas copas de los árboles hacen que esta loma sea una alternativa poco atractiva para mirar al oeste al atardecer en comparación con el alto de Olárizu o incluso con algunas avenidas o parques de la cercana Salburua. Pero en un resquicio entre los árboles, con permiso de una casa, los presentes han podido contemplar a la luna ocultando completamente al sol durante unos instantes mientras la ciudad aplaudía, los perros ladraban y una bandada de cigüeñas tomaba vuelo.

Los Astrónomos no es un barrio como tal. Pero es una zona histórica de Vitoria con identidad propia. En puridad, es un alto en el extremo oriental del barrio de Santa Lucía. Detrás del colegio público Ángel Ganivet, hay un gran parque con cuestas —ahora se proyecta instalar escaleras mecánicas para salvarlas—, un frontón con ese nombre, un campo de fútbol de hierba artificial y una calle que sí se llama Astrónomos. Sin que sea casual, se cruza con la de Galileo Galiléi, el padre de la astronomía moderna, y con la de Tallin, la capital de Estonia.

¿Y qué relación tiene Estonia con Vitoria? En ese país, en Tartu, opera desde 1810 un observatorio astronómico y, medio siglo después, allí trabajaba el alemán Johann Heinrich von Mädler. Fue él quien encabezó en 1860 la expedición internacional científica que se asentó en esa loma para observar el gran eclipse del 18 de julio de ese año.

En su caso, el desplazamiento consistió en 4.000 kilómetros en carruaje con una subvención de 1.000 rublos rusos, la moneda del imperio al que pertenecía Estonia. Von Mädler era ya una eminencia, porque en 1837 había realizado el que fuera primer gran mapa de la superficie lunar, fruto de años de observaciones. El experto se encontró una Vitoria de 20.000 habitantes, doce o trece veces menos que ahora. El Ayuntamiento le pareció un pequeño “palacio real”, dijo que no había aquí tantos “vascos” como en otras localidades por las que había pasado tras cruzar los Pirineos y añadió de las gentes de la zona que eran “fuertes y orgullosos” pero no “bellos”, aunque con “finura” en los andares.

En 1861, Von Mädler plasmó en un libro su trabajo técnico en Vitoria. Su esposa, de nombre Mina, también dibujó y describió la luminosidad previa al 'sol negro', cuando sobre Vitoria hubo una “hermosa luz de color blanco amarillento” en medio de la penumbra. Para sus trabajos, Mädler y su equipo hicieron con estacas un círculo de 100 pies de diámetro y el espacio estuvo protegido por 120 militares de infantería y caballería.

Justo en el centro de un espacio circular en el parque de los Astrónomos hay un monolito instalado en 1891. Ha sido adecentado últimamente, por aquello del renovado interés por los eclipses, pero sigue mostrándose viejo y desgastado. “En este terreno se situaron las misiones científicas enviadas por diferentes naciones para estudiar el eclipse total de sol que tuvo lugar el día 18 de julio de 1860”, se puede leer en una de las caras.

Álava en general y no sólo Vitoria, en aquellas fechas de mediados del siglo XIX, fue un espacio elegido por expertos de todo el planeta por ser ideal para la observación de los cielos. En el pueblo de Rivabellosa, al sur de la provincia, un colega de Mädler, el británico Warren de la Rue, logró la primera fotografía de la historia de un eclipse. Y en Laguardia, en la Rioja Alavesa, realizó sus observaciones un primo de Charles Darwin, Francis Galton, conocido también por ser inventor de las técnicas de uso de las huellas dactilares en la ciencia forense.

En los Astrónomos había hasta hace unos pocos días un panel contando estas historias. Estaba hecho en colaboración con el Archivo de Álava y con material recopilado por el historiador local Iñaki Armentia. Pero ha desaparecido en el día del eclipse. Ha sido trasladado a la Diputación, en la previsión de que lo iba a ver más gente en el centro que un parque de la periferia.

Una familia flamenca paseaba por allí, por la Diputación. Era mediodía, ocho horas antes del fenómeno. Las expediciones de extranjeros del siglo XXI son más mundanas, se valen de coches, trenes o aviones y tienes fines puramente turísticos. En el caso de esta matrimonio con su hija, su presencia en Vitoria es “pura coincidencia”, además. Se enteraron del eclipse una vez en España, alegan. ¿Por qué vinieron entonces? De vacaciones, lisa y llanamente. La hija estudia castellano en Gante, ha tenido una estancia en Asturias y quisieron conocer el norte peninsular. Pensaba disfrutar del eclipse en “las montañas de Arrasate”, en Gipuzkoa pero a pocos minutos en coche de Vitoria, por haberlo visto recomendado.

A Olárizu de romería

Vitoria es una ciudad que suele quedarse desierta cada 10 de agosto. Es el día en que acaban las fiestas de La Blanca y los locales se van de vacaciones. Cierran muchos comercios y locales de hostelería. Pero este 2026 está siendo una excepción. En la oficina de Turismo, en los bajos del Ayuntamiento, el goteo de visitantes es constante. Entran con dudas y salen con un plano de la ciudad. Es el caso de una madre y una hija de Lyon.

Ellas sí que llevan meses esperando el eclipse. Hubo uno de importancia en Francia en 1999, pero la madre no estaba “en buena zona” y la hija, ahora treintañera, tenía solamente unos pocos años como para recordarlo. En realidad, Vitoria es el 'plan B'. Se alojaban en Bilbao, han visto la posibilidad de que las nubes pudieran chafar la experiencia a última hora y se han plantado en otra ciudad. Olárizu ha sido su nuevo lugar para ver la alineación de los astros, adonde han ido “con mucho tiempo”, con más de dos horas de anticipación. Para no quedarse sin sitio.

Y no han llegado las primeras. Cada mes de septiembre, los vitorianos celebran una romería a Olárizu. Es la última fiesta del verano, pero este año se ha adelantado un mes. A partir de las 17.00 horas, un reguero de personas caminaba hacia las campas y, los más atrevidos, hasta la cumbre, que se eleva casi 100 metros sobre la ciudad. El termómetro de la rotonda de la antigua fábrica de Esmaltaciones San Ignacio marcaba 39 grados a las 17.36 horas. La jornada ha sido bochornosa en la capital vasca. Un niño acarreaba una garrafa de cinco litros para refrescarse; cerca una joven llevaba una pesada cámara fotográfica al cuello.

En los aparcamientos y calles de alrededor, se veían muchos automóviles con matrículas de varios departamentos de Francia, de Bélgica, de Polonia o de la Suiza alemana o directamente de Alemania, así como de las provincias españolas de Cáceres (un par de ellos) y Málaga, aunque desde 2000 las matrículas españolas son homogéneas y complican estas identificaciones. Se escuchaba inglés también en las conversaciones. “Es como Igeldo en Donostia”, le contaba una madre a sus hijos en euskera guipuzcoano sobre el lugar en el que se adentraban. Hacia las 18.00 horas, en Olárizu se ha levantado el viento e incluso unas nubes han empezado a aparecer como fondo en la fotografía del cielo azul despejadísimo de este 12 de agosto. Pero era una falsa alarma. En pocos minutos se han disipado los temores.

La tranquilidad en los Astrónomos

Exactamente 24 horas antes del eclipse, un vitoriano cuarentañero, conocedor de la historia del lugar, quiso calibrar cómo sería vivir el eclipse en los Astrónomos, como se hacía en el siglo XIX. En vista de la posición del sol en relación con la altura del arbolado y de los edificios, mostraba a este periódico que quizás repensaría su plan de observación y buscaría otro emplazamiento.

Y, no, no ha aparecido por los Astrónomos finalmente. A las 19.00 horas, junto al monumento en memoria de Von Mädler y los suyos, apenas había un matrimonio del barrio con su perro. Estaban descansando. “No lo podemos ver, no tenemos gafas”, se lamentaban. Unos minutos después, una pareja sí se ha interesado por el observatorio. “Pero aquí los árboles te lo van a tapar”, le contaba el hombre a la mujer. Y se han ido.

Solamente hacia las 19.15 horas, a muy pocos minutos del inicio del ciclo del eclipse, han empezado a llegar los invitados. Los primeros, una familia “colombovenezolana” residente en la ciudad, la de Rubén Gómez. Ha elegido expresamente el lugar por su simbolismo. “¡Aquí se vinieron los astrónomos!”, le contaba con orgullo a su hijo, mostrándole también la inscripción del monumento. También dos adolescentes han ocupado uno de los bancos.

Poco a poco han ido llegando más personas: una mujer con su familia, un chico con un patinete, un hombre paseado al perro, dos mujeres con bastón y abanico y, sobre todo, vecinos de los Astrónomos que se enorgullecen del lugar en el que viven. No superaban el medio centenar, pero el punto de observación de 1860 no se ha quedado vacío en 2026.

A las 20.28 horas, como había decretado la ciencia, se ha hecho la oscuridad total. En los minutos previos, los colores eran diferentes a los de un anochecer habitual. Las farolas no se han encendido en ningún momento. En ese preciso instante, los astrónomos aficionados del siglo XXI han tirado de instrumental más moderno y han tomado algunas fotografías. Otros se han retirado las gafas de seguridad un instante. El resto ha prorrumpido en aplausos. Durante el lento movimiento de los astros, un vecino contaba que había leído que los perros iban a ladrar, por sentirse desorientados. Así ha ocurrido. Una bandada de cigüeñas –más de una veintena de ejemplares— ha sobrevolado el paraje en dirección al este. Una furgoneta ha encendido las luces. El observatorio de la loma de Santa Lucía, aunque la ciudad haya crecido, sigue haciendo su magia 166 años después.