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“El biometano es una realidad, no una promesa”: España busca cómo aprovechar su enorme potencial

Tercera mesa de la V Jornada ReGenera de elDiario.es

elDiario.es

1 de octubre de 2026 14:50 h

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España, como cualquier otro país, genera millones de toneladas de residuos orgánicos cada año. Pero buena parte de ellos podrían dejar de ser únicamente un problema para convertirse también en una fuente de energía. Esa es una de las oportunidades que ofrece el biometano, un gas renovable que puede aprovechar las infraestructuras gasistas existentes y contribuir tanto a la descarbonización como a reducir la dependencia energética del exterior. Y sin embargo, entre su enorme potencial teórico y su implantación real todavía existe una distancia considerable.

Sobre cómo acortar esa brecha ha girado buena parte de la mesa Biometano: del residuo a la competitividad energética, celebrada en el marco del V Foro ReGenera de elDiario.es. Moderada por el periodista Antonio M. Vélez, la charla ha reunido a Jorge Castro, jefe de Servicio en la Subdirección General de Hidrocarburos del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico; Ángeles de la Rubia Romero, profesora titular de Ingeniería Química de la Universidad Autónoma de Madrid; Joan Batalla, presidente de Sedigas, y Matteo Vaglio, director de Biocombustibles de Moeve.

El punto de partida ha permitido hacerse una idea del recorrido pendiente. Castro recordaba la evolución experimentada en apenas cinco años: España ha pasado de contar prácticamente con una única planta de biometano a tener alrededor de una treintena operativas, mientras existe una cartera de cientos de proyectos en distintas fases de desarrollo. Un crecimiento que el representante del Ministerio ha enmarcado en una estrategia más amplia para reducir la dependencia energética española y avanzar en la descarbonización.

Jorge Castro, jefe de Servicio en la Subdirección General de Hidrocarburos del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

La oportunidad no es menor. Batalla ha situado en 163 TWh el potencial español de producción de biometano, según una estimación realizada por Sedigas en 2023, una cantidad que equivaldría aproximadamente a la mitad de la demanda actual de gas natural. Frente a las alrededor de 30 plantas españolas, recordó que en Europa funcionan ya más de 2.000. “El biometano es una realidad, no es una promesa”, ha defendido.

Para el presidente de Sedigas, además, se trata del “paradigma de proyecto de circularidad”: permite gestionar residuos que ya existen y convertir parte de ellos en energía. España genera, según las cifras expuestas por Batalla, unos 112 millones de toneladas de residuos al año, una parte importante de origen orgánico. Su aprovechamiento puede contribuir también a abordar problemas asociados a una gestión inadecuada, desde la contaminación de acuíferos hasta las emisiones.

Joan Batalla, presidente de Sedigas.

Las barreras para despegar

Que exista materia prima, sin embargo, no significa que el potencial vaya a materializarse automáticamente. Uno de los principales obstáculos señalados por Batalla es el tiempo necesario para sacar adelante los proyectos. “La tramitación puede ser del orden de cuatro o cinco años”, afirma. Existe, sostiene, “apetito inversor”, pero para transformarlo en nuevas instalaciones hace falta reducir incertidumbres y contar con “un marco regulatorio estable y predecible”.

Castro explica que el Gobierno trabaja precisamente en ese nuevo escenario normativo. El Ministerio está abordando la transposición de la directiva europea del gas, que obligará a modificar la legislación española de hidrocarburos, y prepara también un Real Decreto destinado específicamente al biometano. El objetivo es proporcionar mayor certidumbre al sector y establecer al mismo tiempo criterios que garanticen la sostenibilidad de los proyectos.

La discusión ha llegado también a una cuestión inevitable: el precio. Vaglio ha situado el coste del gas natural aproximadamente en 30-35 euros por MWh, frente a los 70-80 euros que puede alcanzar el biometano, aunque ha recordado que el precio de las emisiones de CO2 reduce esa diferencia. Su conclusión, sin embargo, es tajante: “Yo creo que el biometano no necesita subvenciones”.

En lugar de ayudas directas a las instalaciones, el responsable de Biocombustibles de Moeve ha defendido mecanismos regulatorios que generen demanda, como obligaciones de incorporación de gases renovables similares a las que han permitido desarrollar los biocombustibles en el transporte. La cuestión, en definitiva, no sería únicamente producir biometano, sino garantizar que exista un mercado dispuesto a consumirlo.

Precisamente por eso Vaglio introduce un matiz ante la posibilidad de que España llegue a convertirse en exportadora. “El primer reto que tenemos es un reto de consumo interno”, señala. Aunque reconocía que el potencial teórico podría acercarse a la mitad de las necesidades españolas de gas, considera que alcanzar alrededor de un 10% durante la próxima década ya supondría un avance muy importante. “Antes de pensar en exportarlo, nosotros somos un país importador de gas. Creo que el destino del gas es interno”, afirma.

Matteo Vaglio, director de Biocombustibles de Moeve.

Batalla amplía, no obstante, el horizonte. España tiene, a su juicio, “una oportunidad para tener un recurso autóctono” capaz de responder a las necesidades del sector productivo y doméstico y, en el futuro, “contribuir a la descarbonización del resto de Europa”.

Vaglio también destaca algunas ventajas competitivas españolas: disponibilidad de residuos, costes de construcción y una infraestructura gasista que considera entre las mejores de Europa. El coste final depende, sin embargo, de cuestiones tan físicas como la distancia entre los residuos y las plantas. Cuántos kilómetros debe recorrer un camión cargado de materia orgánica puede acabar siendo tan importante como la tecnología utilizada para transformarla.

Del biogás al biometano

Ese último punto abría una de las cuestiones más interesantes de la mesa: producir energía a partir de un residuo no significa necesariamente que el problema ambiental desaparezca. Ángeles de la Rubia situaba el foco precisamente en todo aquello que ocurre antes y después de obtener el biometano.

“En la digestión anaerobia se produce biogás, no se produce biometano. Esto me gustaría dejarlo bien claro”, ha puntualizado la profesora de la UAM. La digestión anaerobia permite que un conjunto de microorganismos transforme materia orgánica residual en biogás y en un material denominado digestato. El primero contiene alrededor de un 65% de metano y debe someterse posteriormente a un proceso de mejora hasta alcanzar aproximadamente un 95% para convertirse en biometano asimilable al gas natural.

El proceso presenta una ventaja importante: permite abordar simultáneamente la gestión de residuos, la producción energética y la recuperación de nutrientes. Pero estos últimos no desaparecen. El nitrógeno y el fósforo presentes en los residuos permanecen en el digestato y este puede aprovecharse como mejorador del suelo, siempre que se utilice correctamente.

Ángeles de la Rubia Romero, profesora titular de Ingeniería Química de la Universidad Autónoma de Madrid.

El problema aparece cuando se aplica más de lo que los cultivos pueden absorber. “Si aplicamos al suelo más cantidad de digestato [...] que lo que las plantas pueden asimilar, lo que vamos a provocar es que al final ese excedente acabe en nuestros acuíferos y se acumule también en los suelos”, advirtió De la Rubia.

La cuestión resulta especialmente importante en territorios con una elevada concentración ganadera. Tratar los purines mediante digestión anaerobia y devolver después todo el digestato a unos terrenos ya saturados de nutrientes puede limitarse, en palabras de la experta, a “pasar el problema desde la granja hasta nuestras parcelas”. Una posible solución consiste en extraer y concentrar esos nutrientes para transportarlos allí donde sean necesarios, en lugar de trasladar grandes cantidades de un digestato compuesto en buena medida por agua.

Plantas, territorio y aceptación social

La escala de las instalaciones aparecía así como otro elemento esencial. De la Rubia defiende que “no existe un tamaño óptimo aplicable a todos los casos”. En pequeñas explotaciones aisladas puede tener sentido utilizar la digestión anaerobia principalmente para gestionar mejor los purines; en instalaciones centralizadas, con mayor disponibilidad de residuos, puede avanzarse hacia la producción de biometano. Y en áreas con una elevada densidad ganadera hay que resolver también qué hacer con el excedente de nutrientes.

Batalla incide, por su parte, en la necesidad de que los proyectos tengan en cuenta desde el principio el territorio en el que se instalan. El despliegue del biometano está encontrando oposición social en algunos lugares y, a su juicio, el sector “necesita mejorar la información, la transparencia y la participación de las comunidades locales”. También debe evitar modelos que obliguen a transportar residuos a grandes distancias para alimentar plantas sobredimensionadas respecto a los recursos disponibles en su entorno.

De ese modo, el debate ha terminado alejándose de una visión del biometano basada únicamente en cuántas plantas pueden construirse o cuántos teravatios hora podrían producirse. El verdadero desafío consiste en conseguir que toda la cadena funcione: disponer de residuos próximos, agilizar los permisos, generar demanda, ofrecer certidumbre a la inversión, mantener costes competitivos, integrar las instalaciones en el territorio y gestionar adecuadamente el material que queda después del proceso.

Porque convertir un residuo en un recurso abre una oportunidad energética, económica y ambiental, pero no elimina por arte de magia los problemas asociados a ese residuo. Como ha resumido De la Rubia al referirse al digestato, bien utilizado “tiene un potencial, una valorización material”; mal utilizado, en cambio, “acaba efectivamente contaminando suelos y acuíferos”. Una diferencia que resume buena parte del desafío del biometano: su potencial depende tanto de cuánto seamos capaces de producir como de cómo decidamos hacerlo.

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