Galicia, territorio de delfines solitarios: casi todos los casos registrados desde los 70 en España se concentran en las rías

Beatriz Muñoz

Santiago de Compostela —
16 de mayo de 2026 06:02 h

0

Es una historia que no deja de repetirse: cada cierto tiempo aparece en algún punto de las rías gallegas un delfín solitario. Algunos se hicieron célebres en los últimos años porque se mostraban curiosos y buscaban el contacto con los humanos. Un grupo de científicos acaba de ponerles cifras a estos casos y la conclusión es que Galicia es territorio de delfines solitarios: 14 de los 17 registrados en aguas españolas desde los años 70 aparecieron en las rías gallegas.

La preferencia por estas aguas se debe a una combinación de factores. La especie concreta analizada es el delfín mular (Tursiops truncatus), catalogada como vulnerable en España. Su presencia es más frecuente en la costa atlántica. A más ejemplares, más relaciones se establecen entre ellos y más probabilidad de que surja algún conflicto, que es lo que está detrás de casi todos los casos de delfines solitarios. Explica alrededor del 99% de estas situaciones, dice el biólogo Alfredo López, que es uno de los responsables de la Coordinadora para o Estudo dos Mamíferos Mariños (Cemma) y uno de los autores del estudio que cuantifica los casos, publicado recientemente en la revista Animal Behaviour.

Otro de los elementos que favorece que haya delfines solitarios en la costa gallega es la facilidad para encontrar alimento que les ofrecen las rías y su tranquilidad. Al menos hasta que se topan con humanos. López relata que el estudio parte de los datos que han acumulado en los años de intervenciones cuando aparecen cetáceos u otros animales varados. Y de casos concretos como el de Manoliño, también conocido como Confi: uno de los delfines solitarios que se hizo más famoso en Galicia en los últimos años por su actitud amistosa y que ilustra los riesgos de las interacciones con animales salvajes.

Manoliño empezó a aparecer a finales de 2019 en la ría de Muros e Noia. Era un ejemplar juvenil que se acercaba a los barcos, pero aún no interactuaba demasiado, y era fácil verlo descansando junto a una boya en Portosín. En cuestión de meses hubo un salto en su sociabilidad -y en el tamaño; llegó medir unos tres metros y pesar 400 kilos, según los registros de Cemma-. Para el verano de 2020, con las restricciones más severas de la pandemia levantadas y la afluencia a las playas, los bañistas empezaron a encontrárselo cerca de la arena. También buscaba a marineros y navalleiros -mariscadores que se sumergen en busca de navajas-, en especial a uno en concreto.

Los riesgos para las dos partes

Los biólogos recuerdan que, en estos casos, deben evitarse las interacciones -si bien Manoliño era insistente buscándolas- y tener muy presente que, aunque sea amistoso, es un animal salvaje. Y uno de grandes dimensiones, con mucha fuerza y “cien dientes muy afilados en la boca”, recalca López, que señala que se dio un episodio en el que, acosado por motos de agua y sometido a “mucho estrés” terminó mordiendo a una mujer, a pesar de que este ejemplar no tenía una actitud agresiva.

Este biólogo, especialista en cetáceos, destaca que cuando estos delfines solitarios se vuelven sociables corren riesgos: si buscan a los humanos, se exponen también a sus máquinas, a residuos como los plásticos -contenido habitual de los estómagos de animales varados- o a posibles ataques.

Manoliño fue visto con un arpón clavado en 2022 y Cemma cree que este delfín murió, de hecho, víctima de alguna hélice. En verano de 2025 avisó primero de que había desaparecido y después de que un cuerpo en avanzado estado de descomposición y con cortes que había aparecido en Ferrol era probablemente el suyo. Una suerte similar corrió Ladiña, una cría que apareció en aguas gallegas junto a su madre, Ladeira -incluidas en el recuento de delfines solitarios porque tenían los mismos comportamientos-. Su cadáver fue encontrado con graves cortes en febrero de este año.

También hay peligros para los humanos y López señala que son animales grandes que pueden hacer daño sin pretenderlo o transmitir alguna enfermedad. El estudio repasa otro caso, el del delfín Gaspar, que apareció en las costas gallegas en 2007 y que tenía comportamientos dominantes si se le molestaba: un bañista terminó con un brazo roto y en otra ocasión arrastró cinco metros, agarrándolo por una aleta, a un buzo que estaba soldando bajo el agua.

Buscan compensar carencias

“Es peligroso para las dos partes”, recalca. El estudio insiste en la necesidad de tomar medidas para informar a la población cuando aparece alguno de estos delfines solitarios amistosos. En el caso de Manoliño hubo charlas y se distribuyó material por las playas con las recomendaciones fundamentales: no ofrecerle comida, no ir a su encuentro, no tocarlo, salir del agua si aparece y, si el avistamiento es desde una embarcación, evitar interferir con su actividad o cambiar la dirección o acelerar de forma brusca.

López señala que mucha gente no identifica que encontrarse con delfín solitario que se acerca a los humanos es una situación excepcional y lo ve simplemente como una vivencia “especial”, sin ser consciente de los efectos negativos para el animal. Explica que no todos los delfines solitarios buscan contacto. Algunos se muestran esquivos y solo unos pocos, por lo general ejemplares jóvenes que se han visto rechazados por su grupo, se vuelven sociables. “Buscan compensar sus carencias sociales y afectivas” y por eso se acercan, dice el biólogo, que repite que no hay que perder de vista que se trata de un animal salvaje.