Curso I de confinamiento: cómo pasar de la culpa a la emoción, del miedo a la tristeza y el enfado
La asignatura más rara de Primero de Confinamiento es la bipolaridad. No sé cómo lo lleváis vosotros, pero yo vivo en una montaña rusa emocional y paso de la risa al llanto y del miedo a la indignación con la misma facilidad que la mejor actriz de Hollywood. ¿Todavía no te has indignado por nada hoy? Pues ya estás tardando. Yo hoy ya me he enfadado con los ministros, con el WiFi por ir tan lento, conmigo misma por no tener suficientes huevos (en la nevera, digo) y con mi marido. Bueno, con él me he enfadado siete veces, pero nos hemos reconciliado ocho, así que de momento gana el amor, aunque nunca se sabe, que la cuarentena es muy larga y la paciencia, corta.
Tenemos preparado el vídeo de la boda por si acaso necesitamos tirar de material gráfico para recordarnos por qué tenemos que ser amables y pacientes en situaciones como esta, aunque ya os adelanto que sé que no dijimos nada sobre amarnos en tiempos de pandemia.
Entre mis estados de ánimo también está la tranquilidad que me da saber que, de momento, todos a los que quiero están bien y el sentimiento de culpa consiguiente al reconocerme en el egoísmo. La emoción cuando escucho los aplausos a las ocho y el orgullo cada vez que hablo con mis amigos médicos, enfermeros o farmacéuticos, a quien no puedo admirar más y estar más agradecida. Después, casi siempre llega un momento en que me muero de miedo por la incertidumbre, o lloro porque no puedo ver a mi familia. Está también ese instante en que vomito un máster de finanzas que nunca he estudiado y me posiciono como la mayor entendida en economía de España. Y no, no tengo ni la más mínima idea, por si alguien tiene dudas.
Para bajarme la intensidad me pongo en bucle alguno de los vídeos que inundan las redes y lloro un rato también, pero de risa. Pienso en la imaginación que tiene la gente y lo necesaria que es la alegría en momentos como este. Pienso mucho. Pienso tanto que hasta me pregunto si el Gobierno me conseguirá un ph nuevo, porque el que yo tenía me está desapareciendo de la piel, de tanto lavarme las manos. Después me acuerdo de lo que estamos viviendo y con que consigan mascarillas y material de protección para todos los verdaderos héroes de esta historia me conformo. Mi ph no es problema de nadie. El de nuestro personal sanitario, sí.
Si se te está atragantando la bipolaridad como a mí, no estás solo. Dicen que si te permites reír, llorar, sentir miedo y esperanza a la vez, al final apruebas. No lo sé. Todo está pasando muy rápido y estoy asustada. Pero creo que está bien mostrarse frágil. Mejor eso que esconderlo y que se te parta por dentro a pedazos, como cuando se te rompe un vaso en la cocina y estás sacando cristales un mes. Aquí nadie es tan fuerte como parece: ni los vasos, ni los que estamos confinados, ni los que tienen que seguir trabajando, ni el personal sanitario al que le decimos que vaya a luchar por nosotros sin medios.
Los tenemos caminando por una cuerda floja y está en nuestras manos, más limpias que una patena, evitar que se caigan. Aplaudiendo, sí. Pero también arrimando el hombro. Quedándonos en casa. Y no tocándonos tanto la cara, que parece mentira.
Mis sobrinas, a las que tengo unas ganas de besar que me muero, lo tienen claro. Me han pintado un arcoíris que dice: “Todo irá bien”. Y si ellas lo dicen yo me trago los cristales que me pinchan en la garganta y sonrío por videollamada y les digo que claro que sí. Porque irá. Porque con la esperanza no se negocia. Y la esperanza es otra asignatura que pienso sacarme con sobresaliente este curso. Por ellas. Por todos los que salen a la calle cada día por nosotros. Por todos.
Este curso lo aprobamos juntos.
Historias del coronavirus es un espacio de eldiario.es dedicado al lado más personal y humano de esta crisis sanitaria. ¿Cómo lo estás viviendo en casa? ¿Y en el trabajo? Mándanos tu experiencia o tu denuncia a historiasdelcoronavirus@eldiario.es