Es Canar, el núcleo de Ibiza donde el turismo cuadruplica a la población, inicia su viraje hacia el lujo

Es Canar vive en una doble realidad que apenas se toca: en verano, sus calles se llenan hasta cuadruplicar la población residente; en invierno, el silencio se impone en un núcleo que queda prácticamente vacío. Entre esas dos imágenes se mueve este núcleo poblacional del este de Eivissa que suma 7.645 plazas turísticas frente a 1.689 habitantes empadronados y que, sin ser un pueblo en sentido estricto, ha terminado funcionando como uno de los motores del turismo familiar de la isla. Ahora, ese modelo empieza a dar un giro con la construcción de un hotel de cinco estrellas que apunta hacia un perfil de visitante más exclusivo.

Desde la playa se divisan dos islotes llanos, la isla de es Canar y sa Galera, que inspiran la misma calma y tranquilidad que la zona junto a la que existe su morfología. Turística, pero familiar, con visitantes que han ido aumentando desde mediados de los años sesenta, a la par que lo hacían los complejos hoteleros, apartamentos y campings para albergarlos. 

No es un pueblo ni una parroquia –aunque cuenta con una capilla al aire libre, como Cala Llonga– sino un antiguo diseminado ligado a tradición de cultivos al estilo ibicenco (que combinan cereales y árboles frutales) y que hace décadas llegaban hasta primera línea de mar. Algunos todavía sobreviven, como en es Figueral –otro núcleo parecido–, aunque ya ambas sean áreas turísticas concentradas con tramos urbanos.

El paraíso de es Canar pegó el boom a la vez que lo hacía la industria turística en Eivissa en general, pero aún más en 1973 de la mano de la creación de su mercadillo hippy –el primero y más grande de la isla, con 400 puestos en la actualidad– en el Club Punta Arabí. Su fundador fue el vendedor más veterano de entonces, el brasileño Lucio Moreira. El detonante de esta apertura a nivel insular fue la apertura en 1966 del aeropuerto de es Codolar al tráfico internacional, que ya había funcionado como aeródromo militar durante la guerra, lo que supuso el inicio de la gran transformación económica y social de la isla.

Fueron los visitantes que llegaban de la Península y de todos los lugares del mundo quienes empezaron a vender artesanías en es Canar utilizando el suelo como punto de venta, así como a tocar instrumentos durante esos encuentros. “Era una celebración y un intercambio”, recuerda Maiki, artesana de ropa de algodón y actual miembro de la Junta de la Asociación de Vendedores: “Con el tiempo empezaron a llegar los primeros turistas, también gente de dinero y artistas y con esa afluencia se empezaron a vender las primeras artesanías”. 

Con el tiempo empezaron a llegar los primeros turistas, también gente de dinero y artistas y con esa afluencia se empezaron a vender las primeras artesanías

El mercadillo: símbolo del ‘boom’

Algunos vendían objetos hechos a mano en Perú y otros cinturones de plata que venían de la India. Incluso piezas bastante caras que eran obtenidas por gentes que se querían “hacer ver” a través de sus looks, por entonces muy llamativos. “Existía un pseudo hippismo vinculado al dinero”, añade, que todavía sobrevive, por otro lado, en la actualidad.

Con el tiempo, los vendedores se empezaron a congregar entre las paredes del club –que alberga un hotel– y más tarde se fueron organizando con números y carnets que más tarde se convertirían en puestos propios por los que tuvieron que empezar a pagar por estar allí y desarrollar la actividad que desarrollaban libremente al principio y que cada vez se fue volviendo más comercial.

En paralelo, los turistas se fueron asentando entre las calles del núcleo turístico durante sus vacaciones buscando la slow life que no ofrecían otras zonas que ya habían crecido con el negocio del ocio nocturno, como Sant Antoni. En este rincón del este de la isla también empezaba a haber chiringuitos y lugares para ir de fiesta, como la discoteca La Cancela –que en los años ochenta y noventa atraía hasta a residentes de otras partes de Eivissa–. Sin embargo, el leitmotiv de es Canar era muy diferente: ofrecer a grupos familiares y jóvenes provenientes de distintas partes de Europa todo lo que necesitaban dentro de un mismo complejo. Mientras esto sucedía, aumentaban los puestos de trabajo que favorecieron en la época la migración peninsular.

La demanda fue derivando progresivamente en una saturación (el cuádruple de plazas turísticas que de personas empadronadas) que la Federación Hotelera de Eivissa i Formentera no ha considerado, al ser consultada por elDiario.es, particular del antiguo diseminado, sino habitual en la mayoría de zonas turísticas de las islas y del conjunto de España. 

En el caso del norte de Santa Eulària el crecimiento se ha producido de forma especialmente desordenada, no solo en es Canar, sino en otros puntos como Cala Pada, es Figueral o Cala Llenya, que presentan un desarrollo caótico desde el punto de vista de la planificación, apunta el geógrafo y experto en turismo de las Pitiüses Maurici Cuesta.

Más de cuatro turistas por residente

Hoy, las 7.645 plazas turísticas –según datos de la Federación– contrastan con los 1.689 residentes registrados en el padrón municipal: 863 hombres y 826 mujeres, según cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE). Entre ellos, muchos conviven con esta realidad que, en temporada alta, se traduce en una saturación evidente del espacio público, dificultades de aparcamiento y una presión constante sobre la vida cotidiana.

A ello se suma el contraste estacional: en invierno, es Canar se convierte en un pueblo fantasma, no hay nada para la gente local que vive allí todo el año: solo un bar. Mientras que en verano la actividad se concentra al máximo y el núcleo multiplica su población.

Las 7.645 plazas turísticas contrastan con los 1.689 residentes registrados. En invierno es una zona fantasma, no hay nada para la gente local que vive allí todo el año: solo un bar

“Agobia un poco, evidentemente, porque a quién no le agobia que de repente en la zona en la que vive haya un montón de gente, te cuesta más encontrar aparcamiento”, explica Sofía (nombre ficticio a petición propia), una vecina. “Pero la verdad es que es un turismo, dentro de lo que cabe, muy familiar –casi todo son familias británicas– y muy respetuoso. Desde el COVID parece que hay también turismo más nacional, no es como en Sant Antoni o Platja d’en Bossa existe un público más hooligan”.

Sofía también percibe un contraste estacional muy fuerte: “Lo que más nos choca –a mi pareja y a mí– es el invierno, porque es Canar se convierte en un pueblo fantasma”. Los miércoles –cuando hay mercadillo hippy– son un “terror”, añade. Aún teniendo parking propio y cerrado con una barrera, los turistas aparcan en su vado.

El escenario dista mucho de la playa con muelle y actividad pesquera rodeada de cultivos que había sido. El desarrollo de este núcleo poblacional ha sido paralelo, desde los años sesenta, al del turismo en la isla y con el tiempo se ha convertido en un continuo urbano junto a Punta Arabí y Cala Nova muy importante dentro del término municipal de Santa Eulària. 

“Era una zona bastante normalita, con souvenirs, bares, restaurantes, servicios de playa, hoteles, hostales y apartamentos”, explica Cuesta. “Ahora ha cambiado de escala, con muchos establecimientos reconvertidos o con nuevos nombres para adaptarse a otros tipos de turismo”, añade.

Es Canar cuenta ya con una treintena de complejos turísticos, en su mayoría de dos y tres estrellas –de grandes dimensiones y con amplios servicios destinados al turismo de masas–, como el hotel Caribe o el de la cadena hotelera pitiusa Invisa, con 270 habitaciones. Pero a lo largo de los últimos años han ido brotando, sobre todo en los alrededores (s’Argamassa o Cala Nova), alojamientos de mayor categoría, en línea con una evolución hacia un perfil más high class

Un nuevo complejo de cinco estrellas

El reducido vecindario se prepara para seguir ampliando su oferta turística con un nuevo hotel de alta gama previsto, si se cumplen los plazos, para la temporada de 2027, como ha publicado El Periódico de Ibiza. El proyecto, promovido por un inversor nacional del sector inmobiliario, plantea la construcción de un establecimiento de 116 habitaciones que aspira a alcanzar la categoría de cinco estrellas, aunque esta dependerá del Consell Insular.

El inmueble, cuya construcción ejecuta Hermanos Parrot, tendrá planta baja y una altura, además de servicios como piscina, spa y aparcamiento. Se tratará de un edificio de estilo mediterráneo ibicenco y estará rodeado de especies autóctonas –pretende ser respetuoso con el medio ambiente–. “Si el hotel –que está en construcción– es de cinco estrellas y viene el mismo tipo de cliente [más familiar], será de bien también”, valora Anabel, otra residente de 28 años. 

Las obras comenzaron el pasado mes de diciembre y tienen una duración estimada de dos años. En estos momentos, la promotora negocia qué cadena hotelera operará el establecimiento. La llegada de este nuevo complejo supone la materialización de un viraje que ya estaba en marcha: el paso de un turismo familiar y de escala media a un modelo progresivamente orientado al lujo. Un cambio que no rompe con lo que es Canar ha sido, pero redefine hacia dónde se dirige, igual que el resto de la isla, cada vez más enfocada al cliente de alto poder adquisitivo.