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La historia de los veinte sacerdotes beatificados tras ser asesinados por anarquistas: “Fue una salvajada”

Al otro lado del teléfono, el documentalista José Luis Mir narra una de las historias que ha incluido en Ibiza 1936. La reconquista republicana y la masacre del castillo (Uno Editorial); más que un libro, un dietario que pretende explicar todo lo que ocurrió en las Pitiüses entre el golpe de Estado que hizo estallar la Guerra Civil y los últimos días de aquel verano terrible. En el relato de Mir aparecen dos cadáveres en el Mediterráneo. Flotan frente al puerto de la Savina. Están atados, un cuerpo contra el otro, como si fueran un fardo. Uno de los muertos es un sacerdote; muy joven, veinticuatro años: hace apenas dos meses y dos días que lo ordenaron. El otro muerto es un sargento de infantería, ya retirado; padre de cuatro niños: el pequeño todavía no tiene edad para ir a la escuela. Nadie se atreve a sacarlos del mar al que les arrojaron para hacerlos desaparecer. Pero un vecino, que se llama Joan Castelló, monta en su barca, los lleva aguas adentro, los hunde. Una forma –clandestina– de darles sepultura en medio del horror.

Es 8 de agosto de 1936. Un día antes, las columnas de Manuel Uribarri (desde València) y Alberto Bayo (desde Barcelona) han reconquistado Formentera para el Gobierno de la República. Aunque varios isleños llegados de la península median para evitar una masacre, hay algunas víctimas. Personas a las que, en una sociedad tan minúscula, todo el mundo conoce. Son Bartomeu Torres, un cartero de ideología falangista; su cuñado, Lucas Ramon Cardona, el militar en la reserva; Joan Torres Torres, el cura al que sus padres no pudieron convencer de que volviera a Eivissa para refugiarse en casa de unas primas. Tras él, otros diecinueve religiosos morirán en la isla. La mayoría, ametrallados –junto a otros 74 laicos– en el castillo de Dalt Vila. Después de semanas de cautiverio, los milicianos de una columna anarquista los mataron a sangre fría la noche del 13 de septiembre.

Este fin de semana la Iglesia Católica ha beatificado a estos mártires con una misa presidida por el cardenal Marcello Smeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos y enviado desde El Vaticano en representación del Papa. El obispo Vicent Ribas Prats definió a las víctimas “como testigos de la fe, de la esperanza y del amor hasta el derramamiento de su sangre”. “Murieron perdonando a quienes los asesinaban, imitando a Cristo en la cruz, y ese perdón no fue debilidad, sino la victoria suprema del amor sobre el mal”, añadió. Esas palabras cerraban un proceso que arrancó en noviembre de 2008 “por petición de algunos familiares”. Un trabajo “documental y testifical” que ocupa “siete volúmenes”, “unas 3.000 páginas” y los recuerdos “de una cuarentena de personas” que dieron testimonio directo e indirecto de los hechos. 

Los detalles los aporta José Martínez Franco, el vicario general de la Diócesis pitiusa. Este sacerdote integró una comisión de investigadores que fueron inspeccionando “partidas de nacimiento, bautismo y defunción, recortes de prensa donde algunos supervivientes laicos de la masacre contaron su experiencia”. La información remitida a Roma describía cómo dentro del castillo “se reservaban las tareas más ingratas, como la limpieza de la comida, o la peor comida, que se dejaba pudrir al sol” a los curas cautivos. O cómo se organizaron para que no se dejara de rezar el rosario y siempre hubiera alguien dispuesto a escuchar una confesión. O cómo mataron a uno de ellos –Antoni Roig Guasch– sin ni siquiera llegar a la celda, después de que se negara a decir que Dios no existía –su respuesta fue: “¡Viva Cristo Rey!”– o cómo los asesinos “se inventaron” que algunos de los ejecutados se habían enfrentado a los milicianos abriendo fuego. Como en el caso de Joan Torres Torres, el cura a cargo de la parroquia del Pilar de la Mola, en Formentera.

Mataron a uno de ellos –Antoni Roig Guasch– sin ni siquiera llegar a la celda, después de que se negara a decir que Dios no existía

“Su hermana nos aseguró que nunca hubo un arma en casa: ‘Mi hermano Joan casi no entra en el seminario por falta de vista: aunque la hubiera habido, habría sido incapaz de disparar’. Otras fuentes coincidían en que lo primero que dicen los milicianos al llegar a Formentera es: ‘Vamos a por el cura’”, argumenta Martínez Franco, para quien ha sido clave acreditar que los mataron “por odio a la fe”, que “no se perseguía a la persona, sino a la sotana, como decía el historiador Mariano Llobet, que fue secretario del Ayuntamiento de Ibiza [durante la dictadura] y estudió los hechos”.

Desde que El Vaticano la consideró “formalmente correcta”, la petición del Bisbat d’Eivissa i Formentera ha tenido que superar comisiones de historiadores, teólogos, obispos y cardenales durante el papado de Francisco. “Roma no bromea”, dice el vicario general para resumir un largo examen con un último filtro: la aprobación de León XIV, obtenida el pasado 18 de junio. Dos días después, moría el deán de la Catedral pitiusa: se llamaba Lucas Ramon Torres, había nacido en Formentera el 6 de diciembre de 1932 y era el hijo menor del sargento de infantería al que arrojaron al mar junto al párroco de la isla. Cuando, en 2024, le preguntaron en una entrevista en la Televisió d’Eivissa i Formentera por aquellas ejecuciones que marcarían su vida, el nonagenario sacerdote respondió:

–Los he perdonado. Tenemos que perdonar. Todos somos pecadores y todos necesitamos el perdón. Perdonad y seréis perdonados. Cuando el mal está hecho, ya está hecho. Lo importante es aceptar las cosas como vienen y saber ofrecérselo todo a Dios.

La violencia anticlerical del verano del 36

Las últimas semanas del verano y las primeras del otoño de 1936 resultan decisivas para entender el papel que juega la Iglesia Católica durante la Guerra Civil. En zona republicana, incendian iglesias y conventos, destruyen y roban patrimonio eclesiástico. Las milicias anarquistas que dirigen el Comité Revolucionario de Barbastro, Huesca, liquidan a dos centenares de religiosos entre el 2 y el 18 de agosto. Con esos asesinatos bien recientes, el obispo Enric Pla i Deniel utiliza por primera vez el término “cruzada nacional” para justificar la insurrección de buena parte del Ejército contra el gobierno democrático. Aparece escrito en una carta pastoral fechada el 30 de septiembre en Salamanca. A orillas del Tormes, el prelado catalán, además de ceder el palacio episcopal para que Franco instale sus cuarteles, escolta a Unamuno, el 12 de octubre, para evitar que una turba fascista lo linche en el paraninfo de la universidad al pronunciar sus frases más famosas, sintetizadas en el “venceréis, pero no convenceréis”. 

La penúltima paradoja del escritor vasco fue, precisamente, colocarse en el bando de los sublevados por la indignación que le provocaba una violencia anticlerical que las autoridades republicanas no eran capaces de contener. Cuando, poco antes de morir, Unamuno reconsidere su posición, la posición de los obispos que siguen en España será ya casi unánime: apoyo a los golpistas (la victoria de 1939 será generosa con muchos de ellos: Pla y Deniel, por ejemplo, llegará a ser arzobispo de Toledo y, en 1946, Pío XII lo nombrará cardenal).

Fue en ese contexto previo cuando “el terror rojo” –como definió la propaganda sublevada a los crímenes de guerra en el lado republicano– mató a más de la tercera parte de los sacerdotes de la Diócesis de Eivissa y Formentera, entonces formada por medio centenar de curas.

'El terror rojo' –como definió la propaganda sublevada a los crímenes de guerra en el lado republicano– mató a más de la tercera parte de los sacerdotes de la Diócesis de Eivissa y Formentera

–Muchos de los religiosos se salvaron porque se escondieron. De los que encerraron en es Castell sólo sobrevivieron cuatro. Uno de ellos era tío de mi madre, Vicent Ferrer, más conocido como mossènyer Cama. Le pegaron un tiro de gracia [que le traspasó la mandíbula inferior], pero no lo mataron. Un hermano suyo, también sacerdote, murió; igual que un tío-abuelo de mi padre. Yo tuve a tres familiares allí.

Explica Fanny Tur Riera. Antes de dirigir el archivo municipal de Eivissa y de ser una de las voces más reconocidas de la izquierda balear –en la plataforma antiautopista ibicenca o en coaliciones políticas que la llevaron a ser consellera de Cultura en los gobiernos insular y autonómico–, esta historiadora fue una niña y una adolescente que creció en una familia “católica y de derechas” durante el tardofranquismo:

–Me crie en un ambiente muy tradicional. Dicen que cuando los republicanos entraron en casa de mi bisabuela –Can Coles, en el pueblo de Sant Miquel– en busca de armas, aquella mujer, que era molt verra [muy brava] les despachó señalando un Cristo que tenía colgado en la pared y diciendo: “Estas son nuestras armas”.

Muchos de los religiosos se salvaron porque se escondieron. De los que encerraron en es Castell sólo sobrevivieron cuatro. Uno de ellos era tío de mi madre, Vicent Ferrer, más conocido como mossènyer Cama. Le pegaron un tiro de gracia [que le traspasó la mandíbula inferior], pero no lo mataron. Un hermano suyo, también sacerdote, murió; igual que un tío-abuelo de mi padre. Yo tuve a tres familiares allí

–¿Cómo marcó el asesinato de los dos tíos sacerdotes en es Castell al resto de la familia? ¿Se hablaba de ellos en casa?

–Sí y no. Durante la dictadura, como eran víctimas del bando vencedor y los consideraban “caídos por Dios y por España” se les rendían homenajes. Ahí está la lápida con sus nombres que puede leerse en la Catedral. En casa, yo crecí con el relato de es fets des Castell, pero un relato muy poco desarrollado. Mi abuela siempre repetía la misma frase: “Lo único que sé es que me mataron a un hermano porque era cura”. Si ella y sus hijas hablaban de lo que le había pasado a los tíos, nunca era delante de mossènyer Cama. Yo lo recuerdo bien porque siempre nos juntábamos para celebrar la Navidad y en otras fechas señaladas. Una de sus sobrinas, hermana de mi madre, decía que, aunque escapó con vida, nunca más volvió a sonreír. Y no murió hasta 1989. Fue durante muchos años párroco de Sant Joan de Labritja.

Durante la dictadura, como eran víctimas del bando vencedor y los consideraban "caídos por Dios y por España" se les rendían homenajes. Ahí está la lápida con sus nombres que puede leerse en la Catedral.

–¿Mossènyer Cama no contó jamás su historia?

–Delante de mí, nunca… [piensa unos segundos] Como militante de izquierdas, no se pueden poner paños calientes ante lo que ocurrió en es Castell. Sí, es verdad que la Iglesia Católica se colocó del lado de los poderosos, pero no se puede decir que aquello fue una matanza con la boca pequeña: fue una salvajada. El problema es que, a la parte contraria, cuando preguntas por el ataque a la población civil te responden diciendo que los bombardeos fascistas que se produjeron aquella misma mañana sobre el puerto de Vila “buscaban objetivos militares”. Eso es lo que nos han contestado algunos agitadores de Vox cuando hemos tocado el tema en alguna jornada de memoria democrática. ¿Objetivos militares? El día anterior ya hicieron un vuelo de reconocimiento, sabían muy bien dónde bombardeaban. Con mentiras; así se han cargado [PP y Vox] la Llei de Memòria Democràtica. Si dijeran la verdad, no tendría justificación lo que han hecho. Para mí es un fracaso que no se haya podido celebrar todavía un homenaje que reconozca a todas las víctimas que dejó la Guerra Civil [en Eivissa y Formentera]. De un bando y de otro.

Como militante de izquierdas, no se pueden poner paños calientes ante lo que ocurrió en es Castell. Sí, es verdad que la Iglesia Católica se colocó del lado de los poderosos, pero no se puede decir que aquello fue una matanza con la boca pequeña: fue una salvajada

El bombardeo fascista que terminó de condenar a los presos

Múltiples historiadores –entre ellos la propia Fanny Tur– coinciden en señalar que las 42 bombas que cayeron –sobre baterías antiaéreas y muelles portuarios, pero también sobre calles, plazas, casas, comercios e, incluso, sobre el edificio de una fonda, que se desplomó matando a sus dueños, una familia de ideología conservadora– en la ciudad durante el mediodía del 13 de septiembre de 1936 influyeron en lo que ocurriría horas más tarde, arriba en el castillo.

La aviación fascista italiana había matado –al menos– a una cuarentena de personas. Fueron víctimas-fantasma –y, en cierta manera, lo siguen siendo: hasta que el empeño del Fòrum per sa Memòria d’Eivissa i Formentera propició, en 2016, que se colocara una placa en su recuerdo en el Cementeri de ses Figueretes, nadie las había homenajeado de forma pública. Fueron, también, una excusa perfecta para los milicianos más exaltados de Cultura y Acción. Así se llamaba la columna que, unos días antes, había sustituido a las fuerzas de Uribarri. Molesto con el liderazgo de Bayo, el oficial republicano se había marchado a Valencia. Lo había sustituido un contingente reclutado por la CNT-FAI “en las celdas de la Modelo de Barcelona”: “Allí habría de todo, pero seguro, condenados por delitos de sangre”, explica José Luis Mir.

Los milicianos de una columna anarquista aprovecharon la excusa de la matanza de una cuarentena de personas por la aviación fascista italiana ese mismo día por la mañana para cometer los asesinatos

La tarde del 13 de septiembre fue turbulenta. Tras la lluvia de proyectiles, las explosiones y los derrumbes, los muertos se acumulaban en la morgue, envueltos en sábanas blancas. El descontrol reina dentro de las murallas renacentistas de Dalt Vila. Varios miembros del comité antifascista –encabezados por Carlos Bertazioli Riquer, comerciante y socialista moderado– se oponen a un fusilamiento masivo. La columna miliciana –que funciona de forma asamblearia– quiere venganza. Triunfan las armas.

El documentalista Mir explica en su libro los pormenores de la tragedia. A bordo de camiones ordenan traer a la ciudad a los sospechosos de simpatizar con los golpistas que estaban custodiados en los pueblos. Reunida la masa, unas doscientas personas, los milicianos hacen salir al patio del castillo a los primeros presos que van a morir. Son cinco los fusilados, militares. “Como los que estaban dentro escucharon los disparos, ya no quisieron salir en grupos”, dice Mir. Entonces, los milicianos metieron las ametralladoras en la estancia que usaban como celda y dispararon a discreción. Horas más tarde, los cadáveres yacían en montones.

Varios miembros del comité antifascista se opusieron a un fusilamiento masivo, pero triunfó la columna miliciana, que quería venganza a través de las armas

Un informe “demoledor”

“He podido leer el informe que elabora Pedro Revuelta, el juez destinado en Eivissa en aquel momento y que se convirtió al día siguiente en prácticamente la única autoridad que había quedado en la isla (porque los republicanos, pensando que tras el fracaso de la Batalla de Mallorca, el desembarco fascista en Eivissa era inminente, cosa que no fue así y tardó una semana en ocurrir, huyeron en barco)”, relata Mir. Para el documentalista, fue Revuelta quien de alguna manera coordinó que enviaran carros para transportar los cadáveres al cementerio, quien intentó que las familias los reconocieran, y quien los hizo enterrar, antes de que los cuerpos se pudrieran, en una fosa que se exhumó en 1940. Por orden de Franco.

–El informe que elaboró Revuelta es tan demoledor como necesario –continúa Mir– porque nos permite entender que aquello fue una carnicería. En toda regla. ¿Que hubieran tenido menos saña si no se hubiera producido el bombardeo? Puede ser. Todo lo que ocurrió está conectado. Las bombas, es Castell, la huida de los republicanos, la represión franquista posterior.

El informe que elaboró Revuelta es tan demoledor como necesario –continúa Mir– porque nos permite entender que aquello fue una carnicería. En toda regla. ¿Que hubieran tenido menos saña si no se hubiera producido el bombardeo? Puede ser. Todo lo que ocurrió está conectado

–Ibiza 1936 nace de los retales de las películas sobre la Guerra Civil que habías dirigido previamente, historias que por falta de minutaje o de imágenes habían quedado fuera de la mesa de edición. ¿Qué se aprende escribiendo un libro así?

–Que muchas cosas que se están intentando olvidar no deberían olvidarse nunca. A mí me emocionó escuchar a Mariano Costa, el hijo de uno de los presos, escuchar cómo acompañaba a su madre con un atillo en el que metían fruta, pan, un trozo de sobrasada para llevárselo a su padre… al que no le llegaba nada porque todo se lo quedaban los milicianos que estaban vigilando y debían pasar más hambre que Cascorro. O a Pep Rampuixet, un payés al que fueron a buscar a su casa para que, un par de días después de la matanza, ayudará a escapar, llevándolo en su carro hasta el puerto de Sant Antoni, a un republicano ibicenco que, según él, le contó que había participado directamente en los hechos. El nombre de esa persona, “a la que podría haber hecho matar sólo con pronunciarlo”, me aseguraba este hombre que siempre se lo calló. El silencio sobre la guerra en estas islas ha sido demoledor y la gente se olvida rápido de lo que pasó. Es muy delicado, pero si pasó, se tiene que contar y lo tenemos que conocer. Sin exaltar nada.