Argentina, cómo es vivir en un país con una inflación anual por encima del 50%

Ayelén Oliva

Buenos Aires —

0

Cuando a Laura, una argentina de 28 años especializada en marketing, le dieron la posibilidad de cobrar en dólares en Buenos Aires, no lo dudó. Después de la última actualización de salarios por inflación, la empresa en la que trabaja confirmó que los sueldos seguían demasiado bajos en comparación con el resto de los países de América Latina donde opera la compañía. Por eso, los directivos les ofrecieron a sus empleados dos opciones: dolarizar el sueldo y mantenerlo fijo o cobrar en pesos y actualizar cada seis meses por inflación. “No conozco a nadie que haya elegido seguir cobrando en pesos”, dice a elDiario.es.

La inflación preocupa a los distintos gobiernos del mundo, pero Argentina sufre una presión muy alejada de la que está viviendo cualquier país de Europa. Desde España con el último incremento interanual de precios del 9,8% hasta a Alemania y su máximo histórico desde la reunificación del país con el 7,3% anual, la inflación preocupa, pero no se parece a la que sufre Argentina desde hace años.

En diciembre, Argentina cerró el año con un inflación anual del 50,9%, la mayor de América Latina después de Venezuela. El récord de inflación fue en 2019, el último año del Gobierno de Mauricio Macri y cuando el índice acabó el año en el 53,3%. El Instituto Nacional de Estadística y Censos difundió este miércoles el número de la inflación de marzo: 6,7% en el último mes, el registro más alto de las últimas dos décadas. Los economistas proyectan para 2022 una inflación interanual del 55%, si bien podría llegar a superar el 73,5% en caso de que se mantenga el registro del mes pasado.

La raíz del problema

El aumento del nivel general de precios en el mundo tiene su origen pandemia y los efectos económicos de la guerra en Ucrania. Argentina no está exenta de lo que pasa en el mundo. En 15 de 34 países clasificados como economías avanzadas por el Fondo Monetario Internacional, la inflación del último año superaba en diciembre de 2021 el 5%, según datos del Banco Mundial

Pero este país, suma ingredientes propios. “La Argentina tiene un problema de escasez de dólares recurrente. Cuando uno observa la serie larga de inflación, de los últimos 50 años, encuentra correlación con el tipo de cambio. Es decir, si te faltan dólares, eso presiona sobre el tipo de cambio y si devalúas, se va directo a precios”, dice a elDiario.es Hernan Letcher, director del Centro de Economía Política Argentina.

La falta de dólares en circulación responde en mayor medida a la fuga de capitales al exterior: los argentinos tienen casi 420.000 millones de dólares fuera del sistema financiero nacional, una cantidad similar a los 460.000 millones de dólares del PIB de Argentina en 2021. Este es un tema que está siendo debatido por el Congreso después de que los senadores de la coalición gobernante, el Frente de Todos, presentaran un proyecto de ley para levantar el secreto fiscal de los evasores que llevaron dólares al exterior.

Pero también responde a que aquellos argentinos que tienen margen de ahorro suelen cambiar la diferencia recibida en pesos por moneda extranjera. Esa es la manera más sencilla que tiene para poder atesorar dinero para unas vacaciones o algún arreglo en sus casas sin que sus ahorros pierdan valor.

Otro de los factores que afecta a los precios es la alta emisión monetaria. Inyectar más dinero en la economía desde el Estado con el objetivo de reactivar la economía, sobre todo en tiempos de pandemia, impacta en los precios que termina por dinamitar el valor del peso argentino.

“Hoy sería inviable actualizar cada tres meses. La situación del país te obliga a actualizar precios todos los meses. Si no tienes músculo de costear la totalidad de tus productos lamentablemente optas por aumentar a ojo y cruzar los dedos de no perder”, dice Juan, de 34 años, a cargo de tres locales gastronómicos en Buenos Aires.

La inflación afecta a los sectores más pobres, muchos de ellos sin empleo o en condiciones informales, pero también a las clases medias con empleos registrados y a los pequeños emprendedores que se ven empujados a actualizar precios cada mes. “Invertir en un país con inflación es bastante desgastante. Los precios cambian mes a mes y el costo de estar financiando a tus clientes se desvaloriza cada semana que pasa sin cobrar”, dice Santiago, de 33 años, productor local de cerveza.

La economía informal

Argentina está repleta de carriles paralelos y canales ilegales por donde circula la economía. La compra y venta de moneda extranjera es una de ellas. Los argentinos, al tener una moneda que constantemente se devalúa, ahorran y piensen en dólares.

Lorena, una mujer de mediana edad, es una de las tantas personas encargadas de recibir pesos y cambiarlos por dólares en un piso particular en el barrio de Palermo. El mecanismo es sencillo, cada vez que alguien quiere cambiar dinero, le escribe a Lorena por WhatsApp, pregunta a cuánto lo tiene y ella responde, por lo general, al valor del dólar paralelo. La transacción es tan sencilla como frecuente, sin papeles ni registros bancarios.

Debido a la restricción para la compra de dólares impuesta por los últimos gobiernos conocida como “cepo cambiario”, que solo le permite a algunos argentinos cambiar un máximo de 200 dólares al mes, la brecha entre el valor del dólar oficial y el paralelo, llamado “dólar blue”, es del 73%. Si bien el acuerdo con el FMI, sumado al incremento del precio internacional de los granos por la guerra en Ucrania, mejoró la situación, la distancia en el valor del dólar llegó a superar este año el 112% el 27 de enero pasado.

El descalabro de los precios ha causado saltos absurdos en los alimentos como pasó con la lechuga en febrero que disparó su precio al 72,7%. Por ello, cuando comienza a sentirse la subida de los precios, son los propios vendedores de los pequeños comercios los que le recomiendan al cliente qué comprar para guardar en la alacena. Mientras, productos como el aceite y las latas de atún se han convertido desde hace un tiempo en objetos de lujo. Los grandes supermercados optan por ponerles alarmas y ubicarlos cerca de las cajas para evitar su robo.

Eso lleva a que cada uno de los argentinos despliegue en cada gasto diario un tipo de comportamiento especulativo a pequeña escala: compra más de lo que necesita por si sube el precio o por si se acaba, y algunos incluso piensan en cómo sacar una ventaja ante un eventual incremento de la demanda.

Del otro lado, están los que, para evitar perder tantas horas de su día sacando cuentas y haciendo análisis económicos domésticos, gastan todo. Lo que tienen y lo que no tienen. “Si total, la plata ya no vale”, dicen. Se endeudan en pagos de 12 cuotas al año con tarjetas de crédito especulando en que la inflación anual amortiguará el precio y compran suscripciones a diarios en papel solo para acceder a las tarjeta de descuentos en centenares de negocios que van desde la venta de colchones hasta heladerías.

El panorama no es muy distinto para los pequeños inversionistas. “Nosotros tenemos muchos costos dolarizados de insumos importados y nacionales que son commodities. Siempre y cuando el tipo de cambio oficial se mueva de una forma previsible no nos genera un caos”, dice Santiago. Sin embargo, “el tipo de cambio oficial, hoy en día, cambia a una tasa estable y paulatina. El problema es cuánto pega grandes saltos, ahí se descalabra todo”, agrega el productor local en el país donde todos hablan de economía.

Tanto la inflación acelerada como la amenaza siempre latente de una posible devaluación abrupta, que reduzca la brecha del cambio entre el valor oficial del dólar y el paralelo, hace que los pequeños inversionistas locales intenten ampliar un margen ganancia para reducir el riesgo de quedar descubierto vendiendo por debajo del costo de producción, una práctica que también termina por incrementar aún más el precios de las cosas.

Pobres con empleo y salarios destruidos

Tener trabajo en Argentina no es garantía de evitar la pobreza. Desde hace más de media década, el salario real de los argentinos no para de caer. Hoy cada argentino que cobra en pesos gana menos de un tercio de los que ganaba hace seis años atrás en base a su equivalente en dólares. En noviembre de 2015, cuando Cristina Fernández de Kirchner dejó la presidencia, el salario salario promedio de los trabajadores registrados (Ripte) equivalía a 1230 dólares. En 2021, el salario promedio equivale al 37% del 2015, un estimado de 461 dólares.

Por eso, muchos trabajadores de clase media han optado por sumar nuevos empleos a los que ya tenían para poder mantener el nivel de vida que tenían hace diez años con un solo empleo. “Trabajo todos los días, de lunes a lunes, para poder costear los gastos fijos. En la época de la pandemia tuve que gastar algunos ahorros para poder vivir. Eso hace muy difícil planificar y proyectar”, dice Mariano, trabajador particular en madera y acero.

Pero las horas del día tienen un límite. “Tengo el máximo de horas posibles como docente, solo puedo intentar llegar mejor a fin de mes recortando mis gastos”, dice María Laura, profesora universitaria de 54 años.

En el segundo semestre de 2021, en un contexto de recuperación económica y creación de empleo, la pobreza bajó al 37% de la población, más de tres puntos porcentuales por debajo del nivel registrado en la primera mitad de 2021. Si bien, la expansión de la economía a mediados del año pasado con un incremento del 10,3% puso fin a tres años de recesión y permitió la creación de 1,8 millones de puestos de trabajo, la informalidad y la pérdida de valor real de los salarios a causa de la suba constante de precios hace que la calidad de vida siga en caída.

La consecuencia más evidente de vivir en uno de los países con la inflación más alta del mundo pulveriza no solo la confianza en invertir en el país sino también la posibilidad de las clases medias y sectores populares de proyectar una vida a mediano plazo. “Cuando hay trabajo, me veo en la necesidad de agarrar todo lo que aparezca, me sobreexploto ante la incertidumbre de no saber si la economía se va a sostener o va a estallar”, dice Mariano.

La trampa de dolarizar

En Argentina ha tomado protagonismo en las últimas semanas un debate que parecía sepultado con el derrumbe de los gobiernos neoliberales de la década de 1990: la dolarización. La posibilidad resolver la inflación cambiando el peso argentino por el dólar o adoptar un sistema bimonetario son escenarios que parecían impensables hace un par de años.

Pero la solución parece ser peor que el problema. No solo Argentina perdería el control sobre su moneda sino que para varios economistas es técnicamente irrealizable. “No tiene sentido la dolarización para la Argentina. No hay dólares suficientes para dolarizar. Si se pretendiera hacerlo hoy, arrancarías con una devaluación del 100%. Esto implicaría pulverizar los ya magros salarios de las y los trabajadores argentinos. La dolarización en la argentina no resuelve ninguno de los problemas existentes sino que profundiza cada uno de ellos”, dice Latcher.

“No creo que mi situación sea la más compleja porque tengo el privilegio de haber podido terminar una carrera y estar contratada”, dice Malena, profesional de 27 años con un empleo en el ámbito público. “Pero la realidad es que aún así se complica cada vez más. Ya ni se discute poder ahorrar o darte ciertos gustos sino poder llegar a fin de mes con lo que ganás”.

Cuando a Laura, una argentina de 28 años especializada en marketing, le dieron la posibilidad de cobrar en dólares en Buenos Aires, no lo dudó. Después de la última actualización de salarios por inflación, la empresa en la que trabaja confirmó que los sueldos seguían demasiado bajos en comparación con el resto de los países de América Latina donde opera la compañía. Por eso, los directivos les ofrecieron a sus empleados dos opciones: dolarizar el sueldo y mantenerlo fijo o cobrar en pesos y actualizar cada seis meses por inflación. “No conozco a nadie que haya elegido seguir cobrando en pesos”, dice a elDiario.es.

La inflación preocupa a los distintos gobiernos del mundo, pero Argentina sufre una presión muy alejada de la que está viviendo cualquier país de Europa. Desde España con el último incremento interanual de precios del 9,8% hasta a Alemania y su máximo histórico desde la reunificación del país con el 7,3% anual, la inflación preocupa, pero no se parece a la que sufre Argentina desde hace años.

En diciembre, Argentina cerró el año con un inflación anual del 50,9%, la mayor de América Latina después de Venezuela. El récord de inflación fue en 2019, el último año del Gobierno de Mauricio Macri y cuando el índice acabó el año en el 53,3%. El Instituto Nacional de Estadística y Censos difundió este miércoles el número de la inflación de marzo: 6,7% en el último mes, el registro más alto de las últimas dos décadas. Los economistas proyectan para 2022 una inflación interanual del 55%, si bien podría llegar a superar el 73,5% en caso de que se mantenga el registro del mes pasado.

La raíz del problema

El aumento del nivel general de precios en el mundo tiene su origen pandemia y los efectos económicos de la guerra en Ucrania. Argentina no está exenta de lo que pasa en el mundo. En 15 de 34 países clasificados como economías avanzadas por el Fondo Monetario Internacional, la inflación del último año superaba en diciembre de 2021 el 5%, según datos del Banco Mundial

Pero este país, suma ingredientes propios. “La Argentina tiene un problema de escasez de dólares recurrente. Cuando uno observa la serie larga de inflación, de los últimos 50 años, encuentra correlación con el tipo de cambio. Es decir, si te faltan dólares, eso presiona sobre el tipo de cambio y si devalúas, se va directo a precios”, dice a elDiario.es Hernan Letcher, director del Centro de Economía Política Argentina.

La falta de dólares en circulación responde en mayor medida a la fuga de capitales al exterior: los argentinos tienen casi 420.000 millones de dólares fuera del sistema financiero nacional, una cantidad similar a los 460.000 millones de dólares del PIB de Argentina en 2021. Este es un tema que está siendo debatido por el Congreso después de que los senadores de la coalición gobernante, el Frente de Todos, presentaran un proyecto de ley para levantar el secreto fiscal de los evasores que llevaron dólares al exterior.

Pero también responde a que aquellos argentinos que tienen margen de ahorro suelen cambiar la diferencia recibida en pesos por moneda extranjera. Esa es la manera más sencilla que tiene para poder atesorar dinero para unas vacaciones o algún arreglo en sus casas sin que sus ahorros pierdan valor.

Otro de los factores que afecta a los precios es la alta emisión monetaria. Inyectar más dinero en la economía desde el Estado con el objetivo de reactivar la economía, sobre todo en tiempos de pandemia, impacta en los precios que termina por dinamitar el valor del peso argentino.

“Hoy sería inviable actualizar cada tres meses. La situación del país te obliga a actualizar precios todos los meses. Si no tienes músculo de costear la totalidad de tus productos lamentablemente optas por aumentar a ojo y cruzar los dedos de no perder”, dice Juan, de 34 años, a cargo de tres locales gastronómicos en Buenos Aires.

La inflación afecta a los sectores más pobres, muchos de ellos sin empleo o en condiciones informales, pero también a las clases medias con empleos registrados y a los pequeños emprendedores que se ven empujados a actualizar precios cada mes. “Invertir en un país con inflación es bastante desgastante. Los precios cambian mes a mes y el costo de estar financiando a tus clientes se desvaloriza cada semana que pasa sin cobrar”, dice Santiago, de 33 años, productor local de cerveza.

La economía informal

Argentina está repleta de carriles paralelos y canales ilegales por donde circula la economía. La compra y venta de moneda extranjera es una de ellas. Los argentinos, al tener una moneda que constantemente se devalúa, ahorran y piensen en dólares.

Lorena, una mujer de mediana edad, es una de las tantas personas encargadas de recibir pesos y cambiarlos por dólares en un piso particular en el barrio de Palermo. El mecanismo es sencillo, cada vez que alguien quiere cambiar dinero, le escribe a Lorena por WhatsApp, pregunta a cuánto lo tiene y ella responde, por lo general, al valor del dólar paralelo. La transacción es tan sencilla como frecuente, sin papeles ni registros bancarios.

Debido a la restricción para la compra de dólares impuesta por los últimos gobiernos conocida como “cepo cambiario”, que solo le permite a algunos argentinos cambiar un máximo de 200 dólares al mes, la brecha entre el valor del dólar oficial y el paralelo, llamado “dólar blue”, es del 73%. Si bien el acuerdo con el FMI, sumado al incremento del precio internacional de los granos por la guerra en Ucrania, mejoró la situación, la distancia en el valor del dólar llegó a superar este año el 112% el 27 de enero pasado.

El descalabro de los precios ha causado saltos absurdos en los alimentos como pasó con la lechuga en febrero que disparó su precio al 72,7%. Por ello, cuando comienza a sentirse la subida de los precios, son los propios vendedores de los pequeños comercios los que le recomiendan al cliente qué comprar para guardar en la alacena. Mientras, productos como el aceite y las latas de atún se han convertido desde hace un tiempo en objetos de lujo. Los grandes supermercados optan por ponerles alarmas y ubicarlos cerca de las cajas para evitar su robo.

Eso lleva a que cada uno de los argentinos despliegue en cada gasto diario un tipo de comportamiento especulativo a pequeña escala: compra más de lo que necesita por si sube el precio o por si se acaba, y algunos incluso piensan en cómo sacar una ventaja ante un eventual incremento de la demanda.

Del otro lado, están los que, para evitar perder tantas horas de su día sacando cuentas y haciendo análisis económicos domésticos, gastan todo. Lo que tienen y lo que no tienen. “Si total, la plata ya no vale”, dicen. Se endeudan en pagos de 12 cuotas al año con tarjetas de crédito especulando en que la inflación anual amortiguará el precio y compran suscripciones a diarios en papel solo para acceder a las tarjeta de descuentos en centenares de negocios que van desde la venta de colchones hasta heladerías.

El panorama no es muy distinto para los pequeños inversionistas. “Nosotros tenemos muchos costos dolarizados de insumos importados y nacionales que son commodities. Siempre y cuando el tipo de cambio oficial se mueva de una forma previsible no nos genera un caos”, dice Santiago. Sin embargo, “el tipo de cambio oficial, hoy en día, cambia a una tasa estable y paulatina. El problema es cuánto pega grandes saltos, ahí se descalabra todo”, agrega el productor local en el país donde todos hablan de economía.

Tanto la inflación acelerada como la amenaza siempre latente de una posible devaluación abrupta, que reduzca la brecha del cambio entre el valor oficial del dólar y el paralelo, hace que los pequeños inversionistas locales intenten ampliar un margen ganancia para reducir el riesgo de quedar descubierto vendiendo por debajo del costo de producción, una práctica que también termina por incrementar aún más el precios de las cosas.

Pobres con empleo y salarios destruidos

Tener trabajo en Argentina no es garantía de evitar la pobreza. Desde hace más de media década, el salario real de los argentinos no para de caer. Hoy cada argentino que cobra en pesos gana menos de un tercio de los que ganaba hace seis años atrás en base a su equivalente en dólares. En noviembre de 2015, cuando Cristina Fernández de Kirchner dejó la presidencia, el salario salario promedio de los trabajadores registrados (Ripte) equivalía a 1230 dólares. En 2021, el salario promedio equivale al 37% del 2015, un estimado de 461 dólares.

Por eso, muchos trabajadores de clase media han optado por sumar nuevos empleos a los que ya tenían para poder mantener el nivel de vida que tenían hace diez años con un solo empleo. “Trabajo todos los días, de lunes a lunes, para poder costear los gastos fijos. En la época de la pandemia tuve que gastar algunos ahorros para poder vivir. Eso hace muy difícil planificar y proyectar”, dice Mariano, trabajador particular en madera y acero.

Pero las horas del día tienen un límite. “Tengo el máximo de horas posibles como docente, solo puedo intentar llegar mejor a fin de mes recortando mis gastos”, dice María Laura, profesora universitaria de 54 años.

En el segundo semestre de 2021, en un contexto de recuperación económica y creación de empleo, la pobreza bajó al 37% de la población, más de tres puntos porcentuales por debajo del nivel registrado en la primera mitad de 2021. Si bien, la expansión de la economía a mediados del año pasado con un incremento del 10,3% puso fin a tres años de recesión y permitió la creación de 1,8 millones de puestos de trabajo, la informalidad y la pérdida de valor real de los salarios a causa de la suba constante de precios hace que la calidad de vida siga en caída.

La consecuencia más evidente de vivir en uno de los países con la inflación más alta del mundo pulveriza no solo la confianza en invertir en el país sino también la posibilidad de las clases medias y sectores populares de proyectar una vida a mediano plazo. “Cuando hay trabajo, me veo en la necesidad de agarrar todo lo que aparezca, me sobreexploto ante la incertidumbre de no saber si la economía se va a sostener o va a estallar”, dice Mariano.

La trampa de dolarizar

En Argentina ha tomado protagonismo en las últimas semanas un debate que parecía sepultado con el derrumbe de los gobiernos neoliberales de la década de 1990: la dolarización. La posibilidad resolver la inflación cambiando el peso argentino por el dólar o adoptar un sistema bimonetario son escenarios que parecían impensables hace un par de años.

Pero la solución parece ser peor que el problema. No solo Argentina perdería el control sobre su moneda sino que para varios economistas es técnicamente irrealizable. “No tiene sentido la dolarización para la Argentina. No hay dólares suficientes para dolarizar. Si se pretendiera hacerlo hoy, arrancarías con una devaluación del 100%. Esto implicaría pulverizar los ya magros salarios de las y los trabajadores argentinos. La dolarización en la argentina no resuelve ninguno de los problemas existentes sino que profundiza cada uno de ellos”, dice Latcher.

“No creo que mi situación sea la más compleja porque tengo el privilegio de haber podido terminar una carrera y estar contratada”, dice Malena, profesional de 27 años con un empleo en el ámbito público. “Pero la realidad es que aún así se complica cada vez más. Ya ni se discute poder ahorrar o darte ciertos gustos sino poder llegar a fin de mes con lo que ganás”.

Cuando a Laura, una argentina de 28 años especializada en marketing, le dieron la posibilidad de cobrar en dólares en Buenos Aires, no lo dudó. Después de la última actualización de salarios por inflación, la empresa en la que trabaja confirmó que los sueldos seguían demasiado bajos en comparación con el resto de los países de América Latina donde opera la compañía. Por eso, los directivos les ofrecieron a sus empleados dos opciones: dolarizar el sueldo y mantenerlo fijo o cobrar en pesos y actualizar cada seis meses por inflación. “No conozco a nadie que haya elegido seguir cobrando en pesos”, dice a elDiario.es.

La inflación preocupa a los distintos gobiernos del mundo, pero Argentina sufre una presión muy alejada de la que está viviendo cualquier país de Europa. Desde España con el último incremento interanual de precios del 9,8% hasta a Alemania y su máximo histórico desde la reunificación del país con el 7,3% anual, la inflación preocupa, pero no se parece a la que sufre Argentina desde hace años.