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Todos los miércoles, el corresponsal de elDiario.es Andrés Gil explica las claves de lo que sucede en el EEUU de Donald Trump. Porque lo que pasa en Washington no se queda en Washington.

Las lecciones de 'NAZA' y cómo el genocidio en Gaza financiado por EEUU ha impulsado a la izquierda estadounidense

Manifestantes sostienen imágenes del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con un cartel en el que se lee Junta de Carniceros, durante una manifestación celebrada el día en que Netanyahu pronunció su discurso ante la Asamblea General de la ONU en Nueva York, el 24 de septiembre de 2026.

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Quedan tres semanas para las elecciones de mitad de mandato. Y una diferencia fundamental entre estos comicios y los de noviembre de 2024 es que, ahora sí, el movimiento propalestino y contra el genocidio israelí en Gaza ha ganado posiciones gracias a las primarias en el partido demócrata. Si en noviembre de 2024 Kamala Harris prefería hacer campaña con una republicana como Liz Cheney –hija de Dick Cheney, vicepresidente de George W. Bush y uno de los principales artífices de la invasión estadounidense de Irak en 2003 con premisas falsas– en vez de mirar a las bases que denunciaban la limpieza étnica que estaba cometiendo el Gobierno de Benjamín Netanyahu en Palestina, en 2026 Nueva York cuenta con su primer alcalde musulmán –además de socialista– y cuadros políticos progresistas propalestinos han ido ganando posiciones frente al establishment demócrata.

Hace poco estuve viendo American Doctor, una película documental dirigida por Poh Si Teng que cuenta la historia de tres médicos estadounidenses que viajan como cooperantes a Gaza y sufren los bombardeos de Israel sobre el hospital en el que trabajaban, operando a la multitud de civiles y niños alcanzados por el fuego generalizado del Ejército israelí.

La cinta muestra la desesperación de los médicos y su incredulidad ante la posibilidad de que las bombas alcancen su hospital, en el que no había ni escudos humanos ni militantes de Hamás armados ni nada de lo que la narrativa israelí, repetida por numerosos medios relevantes de Occidente, afirmaba cada día.

Días después, este domingo, estuve en una librería-cafetería, Busboys and Poets, en la presentación del libro de Mahmoud Khalil, el activista palestino y exestudiante de la Universidad de Columbia que fue arrestado por su participación en las protestas contra el genocidio en Gaza y que, pese a contar con residencia permanente en Estados Unidos, pasó 104 días detenido en un centro de detención migratoria en Luisiana. El local estaba abarrotado, y Khalil contaba su experiencia durante el encierro y la persecución que sigue enfrentando por parte de la Administración Trump, que continúa intentando deportarlo pese a que no ha presentado ningún cargo en su contra.

En efecto, la lucha propalestina, muy impulsada también en ámbitos universitarios, no es solo un ejemplo de solidaridad con Gaza, sino también un ejercicio de rendición de cuentas ante unas Administraciones estadounidenses que han financiado con su ayuda un genocidio que lleva más de 80.000 asesinatos y que ha sido televisado desde el primer minuto sin que le esté pasando una gran factura al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.

Esa lucha, además, se ha conectado directamente con la movilización contra otras políticas de Donald Trump, como el despliegue de la Guardia Nacional, la represión migratoria con el ICE o la deriva autoritaria.

El movimiento propalestino ha inyectado a las movilizaciones en Estados Unidos un vigor que no siempre las caracteriza y ha contribuido a reconfigurar hacia la izquierda la representación institucional del Partido Demócrata. Esta transformación se refleja en figuras como Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York; Abdul El-Sayed, candidato al Senado por Michigan; Janeese Lewis George, candidata a la alcaldía de Washington D. C.; Chris Rabb, aspirante al Congreso por Pensilvania; o Adam Hamawy, candidato al Congreso por Nueva Jersey. Todos ellos han expresado públicamente su rechazo a la ofensiva israelí en Gaza y han defendido un cambio de rumbo en la política estadounidense hacia Israel que ponga fin al apoyo de Washington al genocidio.

“El criterio para medir si un político es bueno o malo es si califica como genocidio lo que ocurre en Gaza”, decía este domingo Mahmoud Khalil. Y ese criterio ha pesado en las primarias del Partido Demócrata, en las que han ganado candidatos progresistas, tengan o no carné de los Socialistas Democráticos de América (DSA, por sus siglas en inglés), la mayor organización socialista de Estados Unidos.

El rechazo al genocidio israelí ya tiene dos de sus voces más destacadas en la Cámara de Representantes: Ilhan Omar (Minnesota), una de las congresistas más atacadas por Trump y cuya vivienda fue registrada este lunes por agentes federales en plena precampaña electoral, y Rashida Tlaib (Michigan), de origen palestino. Su presencia podría crecer considerablemente tras las elecciones del 3 de noviembre, con la posible llegada al Congreso de tres figuras de la izquierda socialista neoyorquina —Darializa Avila Chevalier, Claire Valdez y Brad Lander—, además de los ya mencionados Chris Rabb y Adam Hamawy. En el Senado, esa corriente también podría ganar terreno con una eventual victoria de Abdul El-Sayed, mientras que el movimiento propalestino ya ha dejado sentir su influencia en Bernie Sanders, que ha adoptado una postura cada vez más contundente en su denuncia del genocidio en Gaza y del apoyo estadounidense a Israel. Un caso similar es el de Alexandria Ocasio-Cortez, congresista demócrata del DSA por Nueva York.

A esta ola de candidaturas progresistas se suma también James Talarico, aspirante al Senado por Texas, aunque procede de una cultura política distinta y su discurso no tiene el mismo componente antiimperialista que el de los anteriores.

Y todo esto no se entiende sin el movimiento propalestino, su capacidad de multiplicación y de articulación con otras luchas y activismos, así como sin su creciente relevancia en la política interna estadounidense. Según una encuesta de YouGov de octubre de 2026, el 41% de los estadounidenses considera que Israel está cometiendo un genocidio contra la población palestina en Gaza, frente a un 27% que rechaza esta afirmación y un 32% que no tiene una posición definida al respecto. Estas cifras reflejan un cambio histórico en la percepción de Israel entre la población estadounidense, en un país donde el apoyo al Estado israelí ha sido durante décadas uno de los grandes consensos de la política exterior. Y es que el genocidio en Gaza, para los estadounidenses, también es una cuestión de política doméstica, pues se lleva a cabo con dinero estadounidense, armas estadounidenses y municiones estadounidenses.

Este cambio de percepción y el surgimiento de una nueva generación de candidatos progresistas se están produciendo a pesar de la enorme influencia que ejerce en la política estadounidense AIPAC, el poderoso lobby proisraelí que, a través de sus estructuras de financiación electoral, destina millones de dólares a intentar derrotar a candidatos propalestinos, ya sean demócratas o republicanos, apoyando económicamente a sus rivales y financiando campañas en su contra.

En este contexto, fui este lunes a ver NAZA, un documental recientemente estrenado que recoge los testimonios de militares israelíes sobre el genocidio. Entre el público de la sala estaba el congresista demócrata por Maryland Jamie Raskin, quien durante años apoyó la asistencia militar estadounidense a Israel, pero que en una última votación respaldó recortar la ayuda militar al Gobierno de Netanyahu. En NAZA, los ejecutores del genocidio en Gaza cuentan cómo lo han llevado a cabo de forma sistemática con el uso de programas de inteligencia artificial y drones. NAZA es un acrónimo militar hebreo que se traduce como “daño colateral”, y algunos de los testimonios de la película explican cómo los mandos militares israelíes aceptaron 500 NAZA a cambio de matar a un supuesto dirigente de Hamás. En la cinta se aprende el grado de espionaje de Israel sobre los palestinos y cómo se ha diseñado su limpieza étnica por el Gobierno de Netanyahu, apoyado por todas las Administraciones estadounidenses.

Los antiguos miembros de las fuerzas armadas israelíes explican cómo bombardeaban a supuestos miembros de Hamás cuando creían que estaban en sus casas, a costa de aniquilar a toda la familia, incluidos bebés; se ve cómo se arrasaban las casas del norte de Gaza, vacías, porque toda la población había sido desplazada al sur. “Eliminamos su historia”, decía una fuente, al describir cómo quemaban las casas en apenas 8 minutos, con fotos, recuerdos, enseres... Todo.

¿Y por qué? Porque, para ellos, todos los palestinos son supuestos terroristas y, por extensión, también lo son todos los musulmanes, y, en ese contexto, como dijo Netanyahu en la ONU, “los israelíes son las víctimas de un genocidio, no al revés”.

NAZA es demoledora porque muestra la crudeza de un genocidio en curso y cómo incluso quienes acceden a contarlo, supuestamente arrepentidos, lo hacen con una naturalidad escalofriante. “Si no lo hacía yo, lo habría hecho otro”, decía uno de los testimonios. “Cumplía una misión”, alegaba otro de los participantes. “Yo tuve un papel técnico”, afirmaba el desarrollador de uno de los sistemas de inteligencia artificial utilizados para llevar a cabo el exterminio.

Cuando terminó la cinta, nadie del público se atrevía a hablar, y muchos de los asistentes no podían contener las lágrimas por lo que acababan de presenciar: el manual de un genocidio en pleno siglo XXI financiado por EEUU y con armas de EEUU.

'NAZA' nos muestra cómo se ejecuta un genocidio paso a paso, financiado y apoyado por EEUU, y todo eso ha generado un movimiento que está impulsando a la izquierda estadounidense a lograr una representación institucional nunca vista frente al autoritarismo de Trump.

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