El trumpismo se entrega cada vez más al nacionalismo cristiano, pero el verdadero culto sigue siendo al líder
Son como una secta. Los trumpistas rezan juntos, se encomiendan a su dios ante la guerra contra Irán impulsada por su líder, como si se tratara de una nueva Cruzada. Han creado una oficina de asuntos religiosos en la Casa Blanca, que básicamente es una oficina de propagación del cristianismo. Combaten la libertad religiosa; amparan las batallas legales para que haya escuelas cristianas concertadas; organizan oraciones en instalaciones gubernamentales, como las dirigidas por el secretario de Guerra, Pete Hegseth –quien habla de “soldados en una causa espiritual” cuando se refiere a los ataques sobre Irán–; e incluso se arremolinan para orar en el Despacho Oval en torno a Donald Trump.
No en vano, según dijo el propio presidente de EEUU en su día, Dios evitó que fuera asesinado en Butler (Pensilvania), el 13 de julio de 2024, para poder volver a la Casa Blanca. Es decir, como los Blues Brothers, Trump piensa de sí mismo que está en una misión divina. “Sólo dios impidió lo impensable”, afirmó tras el atentado.
Esa conexión de raíz entre la presidencia de Trump y lo divino se evidencia en gestos como el que tuvo Javier Negre en septiembre pasado, cuando regaló, según él mismo dijo, un “Rosario de Tierra Santa” a la secretaria de Prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, al final de una amistosa conversación de cinco minutos que grabaron en vídeo y de la que cada vez quedan menos rastros en las redes sociales.
En aquella charla, Leavitt le dijo a Negre: “Esta Administración defiende con orgullo los valores judeocristianos, de fe en Dios y Jesucristo, de familia y libertad”.
En un país que históricamente ha hecho gala de estar compuesto por personas de diferentes orígenes y credos, lo cierto es que la Administración Trump avanza a toda velocidad hacia un modelo de país marcado por la vieja hegemonía WASP –blanco, anglosajón y protestante– actualizada a 2026, en la que se prioriza a los evangélicos y caben los católicos siempre y cuando se enfrenten al papa –como movimientos integristas católicos estadounidenses–, y los latinos, pero siempre y cuando hagan un ejercicio de disociación mental hasta el punto de defender la represión migratoria sobre su comunidad.
Es decir, hasta el punto de abogar por renunciar a uno mismo, como hace el congresista republicano Bernie Moreno, senador estadounidense nacido en Bogotá, quien presentó un proyecto de ley en el Congreso de Estados Unidos para prohibir la doble nacionalidad.
Porque, en realidad, el verdadero culto que existe en Estados Unidos no es tanto a dios como al líder, Donald Trump. En torno a él rezan en la Casa Blanca, a él le hacen la pelota como ha aprendido a hacer el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y no hay un miembro de su Gabinete que abra la boca en público sin alabar previamente hasta la extenuación el “liderazgo” de su presidente.
El culto al líder se traduce en que todo lo que pasa en EEUU es gracias a Trump: ya sea atacar Irán como dejar de hacerlo; ya sea amenazar con aranceles como retirarlos; ya sea enfrentarse a China como ir a Pekín a regalarle el oído a Xi; o usar el Departamento de Justicia contra rivales políticos, desde el presidente de la Reserva Federal al director del FBI; o lo contrario, ayudando a Steve Bannon y a los agentes que asesinaron en Minneapolis a Renee Good y Alex Pretti.
Como rezan esas gorras que llevan los MAGA, “Trump tenía razón sobre todo [Trump was right about everything]”: ya sea para romper relaciones con aliados históricos de EEUU al tiempo que confraterniza con Vladímir Putin; o para encomendarse a los valores religiosos a la vez que intenta tapar los archivos de Epstein o asesinar a sangre fría a dos centenares de personas en el Caribe y el Pacífico, se asfixia a la población civil cubana o se bombardea una escuela en Irán sin consecuencias para nadie.
Para ellos, el líder, Trump, es infalible, como si de una monarquía absoluta, una teocracia o una dictadura clásica se tratase.
El domingo pasado miles de personas se dieron cita al lado de la Casa Blanca para un ejercicio de exaltación religiosa llamado Rededicate 250. Llegaron desde diferentes estados para agolparse frente a un escenario enorme, diseñado deliberadamente para parecer una mezcla entre templo cristiano y arquitectura imperial estadounidense, en ese estilo neoclásico rancio que tanto enamora al presidente de EEUU: grandes columnas blancas y arcos, que recordaban tanto a catedrales como a edificios oficiales de Washington. Vidrieras falsas, cruces, figuras de los padres fundadores para tejer ese hilo originario de EEUU con el nacionalismo cristiano.
La intención política y simbólica era clara, transmitir que el poder político estadounidense y el cristianismo forman parte de una misma tradición sagrada. De ahí que muchos críticos hablen de “nacionalismo cristiano” y de una puesta en escena casi teocrática.
El escenario, con el monolito del Monumento de Washington detrás, recordaba a películas clásicas como Los diez mandamientos, y estaba rodeado de casetas con la estética de las superproducciones bíblicas de Hollywood de los años 50 y 60, en las que se mezclan las estéticas antiguas, ya sea Egipto, Roma o la Jerusalén bíblica. Parecía más un decorado de epopeya bíblica que un acto político.Y no es casual: ese tipo de imaginería transmite grandeza, destino histórico y autoridad moral divina. Así, el nacionalismo cristiano trumpista intenta presentar la política casi como una misión religiosa o una batalla civilizatoria.
Y ante ese akelarre religioso en el centro de Washington DC el pasado domingo, al lado de la Casa Blanca, el líder supremo decidió participar a distancia, con un vídeo en el que aparecía leyendo un fragmento de la Biblia. Pero como los suyos lo consideran tan infalible, ni siquiera se quejan por que ese vídeo sea reciclado, y haya sido usado unas semanas antes para un acto similar llamado “EEUU lee la Biblia”.
El acto multitudinario del domingo en el National Mall, un interminable servicio evangélico cristiano, fue bautizado como Rededicate 250, para poder colarlo como un acto relacionado con las diferentes celebraciones del 250 aniversario de la independencia de EEUU, y así poder ser financiado con fondos públicos –a través de concesiones del Servicio de Parques Nacionales y partidas de la conmemoración histórica–, y respaldado por el presidente Trump.
“Rededicate 250 es una jornada nacional de oración, alabanza y acción de gracias que se celebra en el National Mall con motivo del 250º aniversario de los Estados Unidos”, se dice en su web: “Se trata de un encuentro histórico para dar gracias por la providencia de Dios, reflexionar sobre la historia de nuestra nación y volver a consagrar a Estados Unidos como una nación bajo Dios”.
Es decir, se trataba de “rededicar la nación a Dios”.
El programa, de ocho horas de duración, incluyó canciones, oraciones y discursos de altos cargos del Gobierno, entre ellos el secretario de Estado, Marco Rubio; el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, y el secretario de Guerra, Pete Hegseth. El acto contó con la participación de líderes religiosos como el evangelista Franklin Graham y el cardenal Timothy Dolan.
“No había nada de cristiano en lo que vimos”, decía el obispo evangélico William J. Barber II en Democracy Now: “Esto es idolatría. Esto es herejía. Esto es una forma de nacionalismo religioso. Esto es adoración a Trump. Esto es intentar convertir a alguien en una figura mesiánica”. Barber, presidente de Repairers of the Breach y director fundador del Centro de Teología Pública y Política Pública de Yale, participó el domingo en un acto paralelo llamado Redirect 250.
Sarah Posner, autora de Unholy: How White Christian Nationalists Powered the Trump Presidency, and the Devastating Legacy They Left Behind, afirmaba: “Esto es realmente una batalla por el alma de Estados Unidos. Los evangélicos, durante décadas, se han empapado de la teología e ideología sionista cristiana, que sostiene que Estados Unidos tiene el deber bíblico de defender a Israel y, en particular, de defender a Israel de una agresión, ya sea nuclear o de otro tipo, de Irán”.
“Vivimos bajo una Constitución laica cuyas únicas referencias a la religión son excluyentes”, afirma Annie Laurie Gaylor, copresidenta de la Freedom From Religion Foundation (FFRF): “Estados Unidos se fundó sobre los principios de la Ilustración, no sobre la autoridad bíblica. Ni por muchas concentraciones de oración ni por mucha historia revisionista se podrá borrar eso”.
Y las frases pronunciadas por alguno de los insignes participantes dejan poco lugar a dudas.
“Dios Todopoderoso, te pedimos que escuches estas solemnes súplicas. Así como al principio consagramos esta tierra a tu santísimo nombre, hoy, aquí, Señor, en este 250 aniversario de la independencia estadounidense, reafirmamos nuestra consagración de los Estados Unidos de América como una sola nación bajo Dios”, dijo Mike Johnson.
El locutor de radio ultra Eric Metaxas, terció con un razonamiento que seguro llenó de regocijo a Trump: “Cuesta creer que el Señor tardara dos siglos en crear a un gran hombre que, por fin, consiguiera que ese salón de gala ocupara el lugar que le corresponde. Es extraordinario. Solo hemos tenido que esperar 200 años”.
Posner, en Democracy Now, explicaba sobre el acto del domingo: “Es otro ejemplo de la agenda nacionalista cristiana del gobierno. Sus seguidores nacionalistas cristianos sostienen, falsamente, que Estados Unidos se fundó como una nación cristiana, que Dios quiso que se fundara como tal, y que la nación cristiana se ha alejado de esa fundación divinamente prevista, y que es su deber, tanto espiritual como políticamente, restaurarla. ¿Qué significa eso? Para ellos, el progreso político, social y legal de los siglos XX y XXI es lo que, según creen, ha provocado el declive de Estados Unidos y su caída en el pecado. Así que, en realidad, se trata de una batalla por el alma de Estados Unidos. ¿Nos convertiremos en una nación plural y laica, gobernada por leyes seculares que protejan la igualdad de derechos para todos, o en un país nacionalista cristiano, donde la religión de Mike Johnson y Paula White se imponga al resto?”
“Durante mucho tiempo en nuestro país, esto se habría considerado una grave violación de la separación entre la Iglesia y el Estado”, prosigue Posner, “que los contribuyentes financiaran un evento específicamente religioso, dirigido a un público en particular y que, además, busca proyectar el favoritismo del gobierno hacia una determinada orientación religiosa. En las últimas décadas, la Corte Suprema, que, cabe destacar, también ha sido moldeada por Donald Trump, ha erosionado la separación entre Iglesia y Estado. E incluso más allá de lo que pueda ser legal o ilegal según la jurisprudencia actual de la Corte Suprema, Trump ha pisoteado prácticamente todas las normas y valores que tenemos, incluyendo el gasto de dinero de los contribuyentes en sus propios proyectos, incluyendo su proyecto de nacionalismo cristiano en este caso”.
En todo caso, Trump prefirió enviar un vídeo reciclado mientras jugaba al golf el domingo, en una muestra de que el acto no le importa lo suficiente como para mezclarse con la multitud, pero sí le importa lo bastante como para buscar el apoyo de esa multitud. Como cuando ha hecho inaugurar una estatua dorada de 6,7 metros de altura de un Trump levantando el puño, conocida como Don Colossus, instalada recientemente en el Trump National Doral Miami en una ceremonia religiosa en la que uno de los pastores, Mark Burns, señaló que “no es un becerro de oro”, para aplacar las críticas de los católicos.
Como decía el obispo William Barber II, el acto del domingo, pretendidamente cristiano, no fue nada piadoso: no mencionaron hablaron de la pobreza, la privación de la atención médica, la guerra injusta y el maltrato a los inmigrantes o el sufrimiento de los más desfavorecidos.
Por todo eso surge la brecha entre el papa León XIV y Donald Trump, que se hace más evidente cada día que pasa, por mucho que la Casa Blanca enviara al católico cubanoamericano Marco Rubio a Roma. Una misión que mostró con elocuencia los mundos paralelos en los que viven el Vaticano y la Administración Trump. Mientras el papa regaló a Rubio una planta de la paz, el jefe de la diplomacia estadounidense entregó un pequeño balón de cristal como símbolo del Mundial de fútbol.
Las provocaciones de Trump son incontables, como aquel post de hace un mes en sus redes sociales con una imagen suya en el cuerpo de Jesucristo, y que tanto enfadó a los católicos hasta el punto de borrarlo.
El inicio de la gran tensión entre Trump y el papa nace cuando el presidente de EEUU amenazó con “destruir” Irán y su “civilización”, el pasado 7 de abril. Aquel día, el papa declaró: “Hoy, como todos sabemos, se ha producido también esta amenaza contra todo el pueblo de Irán, y esto es realmente inaceptable”. A partir de ahí, León ha realizado alegatos contra las guerras injustas, y Trump ha respondido llamando “débil” al pontífice, quien ha llegado a decir: “No tengo miedo a la Administración Trump, la Iglesia tiene la obligación moral de ir contra la guerra. El mundo está siendo asolado por un puñado de tiranos”.
En plena Semana Santa, la extelepredicadora Paula White, asesora espiritual principal de Trump, quien dirige la Oficina de Asuntos Religiosos de la Casa Blanca, afirmó: “Señor presidente, nadie ha pagado un precio como el que tú has pagado. Casi te cuesta la vida. Fuiste traicionado y arrestado, y falsamente acusado. (...) El tercer día se levantó, derrotó al mal y venció a la muerte junto al sepulcro”.
Paula White es la mujer que aparece a menudo dirigiendo grupos de oración, colocando las manos sobre el presidente en señal de oración y asistiendo a ceremonias de firma de leyes en el Despacho Oval.
Así, Trump ha creado la Oficina de Fe de la Casa Blanca para la participación de líderes religiosos en el diseño de políticas públicas, dirigida por la pastora evangelista White-Cain; ha fundado la Comisión de Libertad Religiosa, dentro del Departamento de Justicia para combatir el supuesto “sesgo anticristiano” en las normas federales; está combatiendo el aborto por todas las vías posibles, así como los derechos de identidad transgénero, al tiempo que flexibiliza las restricciones políticas en los púlpitos para permitir que los pastores y líderes religiosos respalden o critiquen abiertamente a candidatos políticos desde sus iglesias sin perder su estatus de exención fiscal.
Además, las comisiones gubernamentales y los oficiales están dominados de forma casi exclusiva por representantes evangélicos blancos, marginando a iglesias afroamericanas históricas, al protestantismo tradicional y a las minorías no cristianas como musulmanes, budistas o judíos reformistas.
El trumpismo se está entregando cada vez más al nacionalismo cristiano. Pero el verdadero culto sigue siendo al líder, a Donald Trump.