Gustavo Petro asume la presidencia de Colombia en un giro político inédito hacia la izquierda

Camilo Sánchez

Bogotá (Colombia) —

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“Le ordeno a la Casa Militar traer la espada de Bolívar”. Sobre las 15.15 de la tarde de ayer, hora local, Gustavo Francisco Petro, de 62 años, juró su cargo como primer presidente de izquierda en la historia de la nación. No habían pasado cinco minutos desde su investidura, cuando, en un giro inesperado y rompiendo con el protocolo, el nuevo mandatario anuló la orden del presidente saliente, el conservador Iván Duque, de no ceder para la ceremonia celebrada en pleno centro de Bogotá la simbólica arma de mando del Libertador venezolano.

El entorno de Duque, a cargo de la organización, adujó supuestos riesgos de seguridad para un tesoro patrimonial del siglo XIX. Pero en el aire quedó el sabor de una última desavenencia política entre dos grandes contradictores. El caso es que la ceremonia entró en un receso inesperado de diez minutos, mientras cuatro soldados de la guardia presidencial trasladaban la espada desde la cercana sede de Gobierno hasta la Plaza de Bolívar dentro de una urna acristalada. Un momento en el que el rey Felipe VI, a diferencia del resto de invitados al acto que se pusieron en pie para recibir la espada, permaneció sentado.

Entre tanto, los casi seis mil espectadores de a pie congregados en el corazón político y económico del país coreaban arengas de apoyo al líder progresista. El nuevo presidente del Congreso, Roy Barreras, pronunció un discurso nítidamente alineado con las tesis del nuevo Gobierno y subrayó que se trata de “un quiebre histórico encarnado en un hombre y una mujer”, en referencia a la carismática vicepresidenta Francia Márquez, ambientalista de 40 años.

Barreras, un polémico y veterano profesional de la política, también exhortó a los grupos narcotraficantes a “dejar de matar”, y apremió a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN) aprovechar el momento para sellar la paz. Petro (Ciénaga de Oro, 1960) de camisa blanca y traje y corbata oscura, dirigió finalmente sobre las 16.20 de la tarde un extenso saludo que incluyó en el mismo nivel a un caficultor, a una barrendera, o a un pescador artesanal, con los jefes de estado presentes, entre los que se encontraban el rey Felipe VI de España, el presidente Alberto Fernández, de Argentina, o su homólogo Gabriel Boric, de Chile, entre otros.

El ritual del traspaso de poder en un sistema marcadamente presidencialista como el colombiano está rodeado de tradiciones y protocolos que hoy pasaron por momentos a un segundo renglón. La banda presidencial, que ha sido entregada siempre por el presidente del Congreso, esta vez fue impuesta por la senadora María José Pizarro, la hija de Carlos Pizarro, comandante histórico de la guerrilla del M-19 asesinado en 1990. Pizarro y Petro militaron durante años en una formación insurgente que se caracterizó por dar golpes mediáticos como el secuestro a la embajada dominicana en Bogotá, o el robo de la supuesta espada de Bolívar, precisamente, que estuvo escondida durante años en Cuba.

Ya en el discurso inaugural, que duró algo más de una hora,  Petro fustigó el “fracaso” global de la “guerra contra las drogas”, que recordó “ha dejado un millón de latinoamericanos asesinados” durante los últimos 40 años, así como también 70 mil norteamericanos fallecidos “por sobredosis cada año”. Por eso reclamó con vehemencia la necesidad de reemplazar el enfoque guerrerista de la lucha antinarcóticos por “una política de prevención fuerte en las sociedades desarrolladas”.

También volvió sobre su intención de lograr una transición energética a energías renovables. Uno de los sellos visibles que más agitaron la campaña presidencial de Petro, y uno de los vectores que han guiado su vida política desde que se desmovilizara de la guerrilla urbana del M-19 en 1990. “Nosotros estamos dispuestos a transitar a una economía sin carbón y sin petróleo, pero poco ayudamos a la humanidad con ello. No somos nosotros los que emitimos los gases invernadero. Son los ricos del mundo quienes lo hacen (…)”.

Fue un discurso de investidura extenso, general, en el que por momentos afloró la retórica populista que ha caracterizado algunos pasajes políticos del también exalcalde de Bogotá. En otros, se impuso la figura conciliadora y con énfasis en el diálogo de los últimos tiempos: “Se acabaron los no se puede. Los siempre fue así”. Desde la tarima instalada frente al imponente Capitolio, una edificación de estilo republicano, lo observaban con atención sus seis hijos y su esposa Verónica Alcocer, abogada y antropóloga de 46 años.

Dos expresidentes ausentes: Uribe y Pastrana

Entre las butacas de invitados especiales, en cambio, fue notoria la ausencia de los dos expresidentes conservadores vivos: Álvaro Uribe Vélez (2002-2010) y Andrés Pastrana (1998-2002). El primero se excusó con Petro en una carta donde esgrimía que desde que la justicia lo investiga por presunto soborno de testigos tiene “complejo de preso” y por tanto declinaba la invitación. El segundo manifestó su rechazó debido a las “insalvables diferencias éticas y políticas” que lo separan del economista.

Y es que bastaba con dar un vistazo a la escenografía de la plaza para percatarse de que había una ruptura con la estética de otros años. Entre los invitados sobresalían los bastones de mando indígenas, los trajes típicos de regiones costeras o músicos típicos de regiones diversas. Todo, dentro de la idea de pluralidad e inclusión que ha puesto en marcha la plataforma de la coalición progresista Pacto Histórico. Muy en la línea también del poema del poeta uruguayo Eduardo Galeano titulado Los nadies, empuñado como eslogan por la vicepresidenta, Francia Márquez, para englobar y darle identidad a millones de colombianos excluidos históricamente.

Márquez, aguerrida lideresa social amenazada de muerte en más de una ocasión, juró frente al presidente Petro juró como la primera vicepresidenta negra en la historia del país, prometiendo fidelidad a sus “ancestros y ancestras” y cerrando con unas palabras que ya forman parte de su sello personal: “Hasta que la dignidad se haga costumbre”.

Así pues el mandatario saliente Iván Duque traspasa como herencia una crisis social agudizada por la pandemia, y con la sombra de una recesión global inminente. Si en 2018 había 13 millones de colombianos pobres, para 2019 el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) contabilizaba 19 millones. Una concatenación de factores que se ha traducido en una profunda desafección ciudadana, con movilizaciones masivas y paros nacionales en los últimos años. También en una ruptura política insospechada en dos siglos de vida republicana. El pasado 19 de junio Colombia eligió al primer presidente que nunca ha militado en ninguno de los dos partidos políticos tradicionales, el Liberal y el Conservador.

Fue, además, con la mayor votación de la historia: 11, 2 millones de sufragios que añaden una losa de responsabilidad añadida a un político consciente de que su margen de error, en un país ansioso y expectante por el cambio, es limitado.

“Le ordeno a la Casa Militar traer la espada de Bolívar”. Sobre las 15.15 de la tarde de ayer, hora local, Gustavo Francisco Petro, de 62 años, juró su cargo como primer presidente de izquierda en la historia de la nación. No habían pasado cinco minutos desde su investidura, cuando, en un giro inesperado y rompiendo con el protocolo, el nuevo mandatario anuló la orden del presidente saliente, el conservador Iván Duque, de no ceder para la ceremonia celebrada en pleno centro de Bogotá la simbólica arma de mando del Libertador venezolano.

El entorno de Duque, a cargo de la organización, adujó supuestos riesgos de seguridad para un tesoro patrimonial del siglo XIX. Pero en el aire quedó el sabor de una última desavenencia política entre dos grandes contradictores. El caso es que la ceremonia entró en un receso inesperado de diez minutos, mientras cuatro soldados de la guardia presidencial trasladaban la espada desde la cercana sede de Gobierno hasta la Plaza de Bolívar dentro de una urna acristalada. Un momento en el que el rey Felipe VI, a diferencia del resto de invitados al acto que se pusieron en pie para recibir la espada, permaneció sentado.

Entre tanto, los casi seis mil espectadores de a pie congregados en el corazón político y económico del país coreaban arengas de apoyo al líder progresista. El nuevo presidente del Congreso, Roy Barreras, pronunció un discurso nítidamente alineado con las tesis del nuevo Gobierno y subrayó que se trata de “un quiebre histórico encarnado en un hombre y una mujer”, en referencia a la carismática vicepresidenta Francia Márquez, ambientalista de 40 años.

Barreras, un polémico y veterano profesional de la política, también exhortó a los grupos narcotraficantes a “dejar de matar”, y apremió a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN) aprovechar el momento para sellar la paz. Petro (Ciénaga de Oro, 1960) de camisa blanca y traje y corbata oscura, dirigió finalmente sobre las 16.20 de la tarde un extenso saludo que incluyó en el mismo nivel a un caficultor, a una barrendera, o a un pescador artesanal, con los jefes de estado presentes, entre los que se encontraban el rey Felipe VI de España, el presidente Alberto Fernández, de Argentina, o su homólogo Gabriel Boric, de Chile, entre otros.

El ritual del traspaso de poder en un sistema marcadamente presidencialista como el colombiano está rodeado de tradiciones y protocolos que hoy pasaron por momentos a un segundo renglón. La banda presidencial, que ha sido entregada siempre por el presidente del Congreso, esta vez fue impuesta por la senadora María José Pizarro, la hija de Carlos Pizarro, comandante histórico de la guerrilla del M-19 asesinado en 1990. Pizarro y Petro militaron durante años en una formación insurgente que se caracterizó por dar golpes mediáticos como el secuestro a la embajada dominicana en Bogotá, o el robo de la supuesta espada de Bolívar, precisamente, que estuvo escondida durante años en Cuba.

Ya en el discurso inaugural, que duró algo más de una hora,  Petro fustigó el “fracaso” global de la “guerra contra las drogas”, que recordó “ha dejado un millón de latinoamericanos asesinados” durante los últimos 40 años, así como también 70 mil norteamericanos fallecidos “por sobredosis cada año”. Por eso reclamó con vehemencia la necesidad de reemplazar el enfoque guerrerista de la lucha antinarcóticos por “una política de prevención fuerte en las sociedades desarrolladas”.

También volvió sobre su intención de lograr una transición energética a energías renovables. Uno de los sellos visibles que más agitaron la campaña presidencial de Petro, y uno de los vectores que han guiado su vida política desde que se desmovilizara de la guerrilla urbana del M-19 en 1990. “Nosotros estamos dispuestos a transitar a una economía sin carbón y sin petróleo, pero poco ayudamos a la humanidad con ello. No somos nosotros los que emitimos los gases invernadero. Son los ricos del mundo quienes lo hacen (…)”.

Fue un discurso de investidura extenso, general, en el que por momentos afloró la retórica populista que ha caracterizado algunos pasajes políticos del también exalcalde de Bogotá. En otros, se impuso la figura conciliadora y con énfasis en el diálogo de los últimos tiempos: “Se acabaron los no se puede. Los siempre fue así”. Desde la tarima instalada frente al imponente Capitolio, una edificación de estilo republicano, lo observaban con atención sus seis hijos y su esposa Verónica Alcocer, abogada y antropóloga de 46 años.

Dos expresidentes ausentes: Uribe y Pastrana

Entre las butacas de invitados especiales, en cambio, fue notoria la ausencia de los dos expresidentes conservadores vivos: Álvaro Uribe Vélez (2002-2010) y Andrés Pastrana (1998-2002). El primero se excusó con Petro en una carta donde esgrimía que desde que la justicia lo investiga por presunto soborno de testigos tiene “complejo de preso” y por tanto declinaba la invitación. El segundo manifestó su rechazó debido a las “insalvables diferencias éticas y políticas” que lo separan del economista.

Y es que bastaba con dar un vistazo a la escenografía de la plaza para percatarse de que había una ruptura con la estética de otros años. Entre los invitados sobresalían los bastones de mando indígenas, los trajes típicos de regiones costeras o músicos típicos de regiones diversas. Todo, dentro de la idea de pluralidad e inclusión que ha puesto en marcha la plataforma de la coalición progresista Pacto Histórico. Muy en la línea también del poema del poeta uruguayo Eduardo Galeano titulado Los nadies, empuñado como eslogan por la vicepresidenta, Francia Márquez, para englobar y darle identidad a millones de colombianos excluidos históricamente.

Márquez, aguerrida lideresa social amenazada de muerte en más de una ocasión, juró frente al presidente Petro juró como la primera vicepresidenta negra en la historia del país, prometiendo fidelidad a sus “ancestros y ancestras” y cerrando con unas palabras que ya forman parte de su sello personal: “Hasta que la dignidad se haga costumbre”.

Así pues el mandatario saliente Iván Duque traspasa como herencia una crisis social agudizada por la pandemia, y con la sombra de una recesión global inminente. Si en 2018 había 13 millones de colombianos pobres, para 2019 el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) contabilizaba 19 millones. Una concatenación de factores que se ha traducido en una profunda desafección ciudadana, con movilizaciones masivas y paros nacionales en los últimos años. También en una ruptura política insospechada en dos siglos de vida republicana. El pasado 19 de junio Colombia eligió al primer presidente que nunca ha militado en ninguno de los dos partidos políticos tradicionales, el Liberal y el Conservador.

Fue, además, con la mayor votación de la historia: 11, 2 millones de sufragios que añaden una losa de responsabilidad añadida a un político consciente de que su margen de error, en un país ansioso y expectante por el cambio, es limitado.

“Le ordeno a la Casa Militar traer la espada de Bolívar”. Sobre las 15.15 de la tarde de ayer, hora local, Gustavo Francisco Petro, de 62 años, juró su cargo como primer presidente de izquierda en la historia de la nación. No habían pasado cinco minutos desde su investidura, cuando, en un giro inesperado y rompiendo con el protocolo, el nuevo mandatario anuló la orden del presidente saliente, el conservador Iván Duque, de no ceder para la ceremonia celebrada en pleno centro de Bogotá la simbólica arma de mando del Libertador venezolano.

El entorno de Duque, a cargo de la organización, adujó supuestos riesgos de seguridad para un tesoro patrimonial del siglo XIX. Pero en el aire quedó el sabor de una última desavenencia política entre dos grandes contradictores. El caso es que la ceremonia entró en un receso inesperado de diez minutos, mientras cuatro soldados de la guardia presidencial trasladaban la espada desde la cercana sede de Gobierno hasta la Plaza de Bolívar dentro de una urna acristalada. Un momento en el que el rey Felipe VI, a diferencia del resto de invitados al acto que se pusieron en pie para recibir la espada, permaneció sentado.