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Análisis

Los hutíes de Yemen reactivan una guerra que puede forzar a EEUU y Arabia Saudí a hacer concesiones

Descifrando la Guerra —
20 de septiembre de 2026 22:25 h

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La inestabilidad en el Golfo Pérsico y el mar Rojo ha vuelto a agravarse tras el reciente anuncio de que los hutíes de Yemen han alcanzado varias localidades ribereñas del mar Rojo y han establecido su control sobre el estrecho de Bab el-Mandeb.

Hay mucho más que asoma en el horizonte con este conflicto, en muchas ocasiones opacado por la convulsa situación de la región, pero que acaba de cumplir 12 años en fase de guerra.

La guerra de Irán y la ruptura de la normalidad a ambas orillas del Golfo Pérsico han afectado de manera decisiva al precario alto el fuego en Yemen que desde 2022 mantenía al ralentí las hostilidades.

La hostilidad entre Irán y Arabia Saudí por Yemen

Los hutíes se hicieron con el poder en Saná en 2014. Poco después llegó la intervención saudí en una coalición con otros socios árabes que se ha ido descomponiendo por el camino. El conflicto, que tiene una vertiente de enfrentamiento civil, lleva aparejada a su vez una fuerte connotación regional. Arabia Saudí patrocina al bando del Estado yemení, que sigue siendo el reconocido por la comunidad internacional, mientras que Irán ha apoyado de manera destacable a los hutíes.

La coordinación de los actores enmarcados en el Eje de la Resistencia se ha visto comprometida, no obstante, por la falta de proactividad iraní tras los ataques del 7 de octubre de Hamás en Gaza. Fueron Hizbulá, desde Líbano, y los hutíes los que tomaron la iniciativa de responder a la invasión israelí de la Franja ante la pasividad de Irán.

Arabia Saudí, sin embargo, participó en el conflicto desde el primer momento, ya que buscaba evitar que el gobierno unificado de Yemen colapsara ante la Primavera Árabe y la etapa revolucionaria de 2011 y 2012. También se implicó de manera directa con una intervención armada en la coalición árabe que pretendió restituir en el poder al gobierno de Mansur Hadi tras la toma de la capital yemení por los hutíes.

El conflicto, que tiene una vertiente de enfrentamiento civil, lleva aparejado a su vez una fuerte connotación regional. Arabia Saudí patrocina al bando del Estado yemení, que sigue siendo el reconocido por la comunidad internacional, mientras que Irán ha apoyado de manera destacable a los hutíes

Entre 2015 y 2022, los saudíes tuvieron que hacer frente a numerosos contratiempos. Por ejemplo, el golpe crítico recibido en 2019 en las instalaciones petroleras de Abqaiq, que afectó seriamente a su capacidad procesadora y estuvo a punto de derivar en una guerra con Irán.

Los hutíes, por su parte, mostraron el valor de la guerra asimétrica, que después Irán aplicaría en el golfo Pérsico: una fuerza inferior militarmente podía lograr que sus rivales se plegasen a negociar si causaba un daño que requiriese un gran esfuerzo económico contrarrestar o que dañase infraestructuras críticas.

Por otro lado, la coalición del Golfo se resquebrajó según Arabia Saudí, Emiratos Árabes y Qatar rompían su unidad de acción y adoptaban agendas diferenciadas e incluso opuestas. Asumiendo que ninguno de los bandos iba a lograr una victoria total, los saudíes trataron de buscar una salida asumible a partir de 2022.

El final del alto el fuego en Yemen

Arabia Saudí dejó caer al propio presidente yemení, Mansur Hadi, que estaba exiliado en Adén —la principal ciudad del sur del país— y conformó en 2022 un Consejo de Liderazgo Presidencial (PLC) junto con sectores apoyados por Emiratos Árabes. El objetivo era lograr una cierta unidad y estabilidad para poder abandonar la primera línea de la guerra.

China patrocinó un importante acuerdo entre Irán y Arabia Saudí en 2023 que abrió también la puerta a un acercamiento entre los gobiernos de los hutíes y del PLC en Yemen. Pero, aunque se produjeron desescaladas importantes que redujeron la intensidad del conflicto, los problemas de fondo permanecieron.

Los hutíes exigían el fin del bloqueo al que Arabia Saudí somete al aeropuerto de la capital, Saná, y al puerto de Al Hudayda. Coincidiendo con el regreso en julio de la delegación hutí de Irán del funeral del ayatolá Ali Jamenei, se produjo un ataque contra el aeropuerto de Saná del que los hutíes culparon a Arabia Saudí.

Fueran los saudíes o fuerzas del PLC, la maniobra buscaba mantener el bloqueo del territorio hutí para evitar la conexión con Irán. La remilitarización de los frentes donde había quedado congelada la guerra en 2022 ya venía sucediéndose desde los últimos meses de 2025 y terminó por estallar tras el incidente.

Al mismo tiempo, a Irán le interesaba mucho la subida continuada de los precios del petróleo para que el coste económico de la guerra emprendida contra el país por Israel y EEUU se hiciese sentir en toda la región. De ahí que sus represalias a los ataques israelíes y estadounidenses recayesen también sobre las instalaciones energéticas y militares de los demás países Golfo. Los hutíes, por su parte, apuntaron contra la petrolera estatal saudí, Aramco.

Las campañas y objetivos que vienen

La gran ruptura del frente de 2026 en Yemen ha venido acompañada de ataques extensivos a Arabia Saudí. Ante el regreso a la guerra abierta, es previsible que el mar Rojo sea el siguiente objetivo, lo que agravaría el coste económico de los bloqueos del estrecho de Ormuz por parte de EEUU e Irán.

Los ataques en Jizán, Abha o Khamis Mushait, en la zona suroccidental de Arabia Saudí, han apuntado contra infraestructuras sensibles del país. También es el caso del puerto de Yanbu, más al norte. De nuevo, el objetivo técnico tanto de Irán como de los hutíes en la región son refinerías, bases y aeropuertos, mientras que el fin político es levantar el bloqueo de Yemen, evitar la normalización de relaciones bilaterales con Israel y expulsar a las fuerzas estadounidenses de la región.

Estos motivos podrían explicar la reticencia actual de EEUU a intervenir con una nueva campaña aérea sobre Yemen mientras el gobierno de Saná no imponga un bloqueo del mar Rojo y se centre solo en Arabia Saudí. EEUU ya fracasó en su intento de forzar el desbloqueo del mar Rojo en 2024 y 2025, ante las represalias que los hutíes dirigieron en aquel momento contra Israel por su invasión de Gaza.

Donald Trump busca fórmulas que alivien la actual crisis energética, que afecta especialmente al diésel. Ha probado a mediar para el alto el fuego energético entre Ucrania y Rusia, y ha repetido sus órdagos para desbloquear el estrecho de Ormuz. Pero sin soluciones políticas, todo son parches.

El objetivo técnico tanto de Irán como de los hutíes en la región son refinerías, bases y aeropuertos, mientras que el fin político es levantar el bloqueo de Yemen, evitar la normalización de relaciones bilaterales con Israel y expulsar a las fuerzas estadounidenses de la región

En Yemen ya estamos viendo campañas militares importantes. A la toma de toda la costa del mar Rojo y el puerto de Moca hay que sumar los archipiélagos costeros y el estrecho de Bab el-Mandeb. Los hutíes tendrían muy fácil ejercer el control sobre el tránsito en esta vía marítima si decidieran forzar un bloqueo.

Pero además está la voladura del oleoducto que conecta Yanbu con Abqaiq en Arabia Saudí y del que Riad culpa a las milicias chiíes de Irak. Hayan sido los yemeníes o los iraquíes, la estrategia sería la misma: forzar a Arabia Saudí a la desescalada. El oleoducto era la única vía que el reino tiene para evadir el bloqueo de Ormuz y llevar su carga al mar Rojo. Los envíos de petróleo a Europa en septiembre y octubre ya están en duda, en vista de las circunstancias.

Mientras tanto, las fuerzas del PLC se enfrentan a revueltas internas en su retirada hacia Adén, Dhale o Marib. Los hutíes han conseguido resistir las ofensivas del PLC apoyadas por Arabia Saudí mientras se reorganizan para asaltar las capitales regionales que más importancia tienen para ellos en los frentes de guerra: Marib y Taiz.

No se puede descartar que cualquiera de estas ciudades caiga ante los hutíes en esta nueva fase de la guerra. Ni tampoco que Arabia Saudí y EEUU se vean forzados a ofrecer concesiones a los gobiernos de Saná y Teherán, respectivamente. Todo dependerá del coste político, económico y energético que se esté dispuesto a asumir ante la escalada o ante la concesión.