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ENTREVISTA

Inés Arco, experta en Asia: “Las protestas en China no son una amenaza para Xi Jinping de momento”

Icíar Gutiérrez

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El descontento con las estrictas políticas contra la COVID-19 del Gobierno encendió el pasado fin de semana protestas en ciudades a miles de kilómetros de distancia en China. La chispa, un incendio en la ciudad occidental de Urumqi que mató a 10 personas. Desde entonces, el país ha visto manifestaciones con folios en blanco, vigilias con velas, protestas callejeras, censura y escrutinio policial.

Las protestas en China plantean el primer gran desafío a la autoridad de Xi

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Inés Arco Escriche, investigadora de Asia-Pacífico del think tank Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB), coincide con quienes creen que estas protestas no se parecen a nada de lo visto durante años, quizás décadas, en el país. ¿Y ahora, qué? En su opinión, es pronto para saber qué recorrido tendrán las movilizaciones y si las demandas serán atendidas en el corto plazo. En una entrevista con elDiario.es, destaca las muestras de disidencia de los estudiantes en los campus universitarios pero piensa que, por el momento, es difícil que se abra una grieta en la cúpula que sostiene a Xi Jinping en el poder.

¿Qué lectura hace de las protestas de estos días?

Han sido unas protestas que no tienen precedentes a nivel histórico. Nos tendríamos que ir, a lo mejor, a Tiananmén para tener una movilización de este calado. Aunque hasta ahora ha habido protestas específicas y muy vinculadas a ciertos agravios en ciertas ciudades, a problemas medioambientales, de corrupción o de derechos laborales, lo que es interesante esta vez es que un agravio local, el incendio [de un edificio aparentemente confinado] en Urumqi ha sido justamente la chispa del descontento existente en todo el país por la política de ‘cero COVID’. El hecho de que sea un elemento local el que ha llevado a una movilización tan extendida en tantas ciudades y campus universitarios es lo que hace que sea en parte una novedad y sin precedentes en décadas.

El incendio es una cuestión muy local, pero ha resonado en muchos sectores de la sociedad que tienen miedo a que la política esté dejando de salvar vidas –el argumento que ha empleado el Gobierno para las restricciones–. Aunque estas mismas medidas han impedido que, por ejemplo, haya mujeres o niños accedan a servicios médicos en hospitales, causándoles la muerte. Durante tres meses ha habido múltiples accidentes. Todo el mundo se pensaba que después del Congreso del Partido Comunista [celebrado en octubre] se iban a relajar, y no ha sido así, ha seguido habiendo incidentes y accidentes que al final han sido la gota que ha colmado el vaso.

Coincide entonces con quienes creen que es la mayor demostración de disidencia pública en China continental desde que Xi Jinping asumió el poder e incluso en décadas, con comparaciones con 1989.

Son protestas diferentes porque ocurrieron en momentos diferentes y con reivindicaciones diferentes. Pero después de Tiananmén, han sido las más sonadas y casi un cambio de paradigma porque antes eran protestas muy localizadas y pequeñas. Aquí vemos que son espontáneas, en muchos lugares, simultáneas, sin ningún tipo de organización, nacidas de unas redes sociales y unas noticias que han despertado la solidaridad con las víctimas de Urumqi.

Antes no había esta conexión: lo que pasaba en Urumqi se quedaba en Urumqi, lo que pasaba en Shanghái se quedaba en Shanghái, no había esta movilización colectiva. La parte de los estudiantes también es importante porque vemos una movilización disidente que es muy rara en China. Antes del Congreso, el llamado 'hombre del puente' colgó unos mensajes en un puente de Pekín que están siendo recuperados ahora. Pero la clave es la extensión, la espontaneidad y que tengan todas estas reivindicaciones de lo local a lo nacional.

¿Se puede decir entonces que son protestas contra Xi Jinping?

Hay diferentes elementos a tener en cuenta. Primero, hemos visto algunas muestras más disidentes, sobre todo por parte de estudiantes, que al final son los que suelen tener una posición más liberal dentro de China. En los campus es donde precisamente hemos visto los eslóganes que apuntan más directamente a la figura de Xi Jinping.

Por otro lado, el hecho de que el presidente haya vinculado tanto la política de 'cero COVID' a su figura hace que, al final, parezca que cualquier protesta contra esta política sea también contra el régimen.

Pero aún es prematuro saber qué tipo de recorrido tendrán porque lo que vemos es que, en general, la población china lo que está pidiendo es desde acabar con los confinamientos y poder tener la opción de ir al cine hasta la caída del Gobierno. Es muy interesante que un elemento tan concreto haya llegado atraer tantas desafecciones diferentes que hay actualmente en China.

Este lunes parece que hubo una fuerte presencia policial en varias ciudades como Pekín y Shanghái, y algunas protestas no se materializaron. También parece que hay personas que están siendo interrogadas. ¿Cuál puede ser el futuro inmediato de las protestas?

El Gobierno ha bajado el tono. Los medios de comunicación han seguido dando una visión positiva de la política de COVID cero, casi no ha habido mención a estas protestas. Solo un columnista de uno de los diarios del régimen, Hu Xijin, reconoció por primera vez, en Twitter y en inglés, que se han producido estas protestas. La respuesta ha sido por una parte decir que la política va bien y en algunas ciudades donde ha habido protestas está habiendo cierta flexibilidad en algunas peticiones, por ejemplo en Urumqi, como abrir más las oficinas de atención al público para intentar garantizar que ciertas personas se sientan más acompañadas, sobre todo en zonas de bajo riesgo de contagio. Son algunas migajas de pan para intentar contener o satisfacer con el hecho de que esas peticiones se están escuchando, pero obviamente necesitan un cambio mayor. 

Por otro lado, hay un despliegue policial muy presente en los sitios donde ha habido protestas. En Shanghái, en la calle Urumqi, han puesto vallas, por ejemplo. Están intentando lograr el equilibrio entre dar el brazo un poco a torcer pero muy mínimamente, para mostrar que están haciendo algo y blindar estos espacios para que no vuelva haber protestas, al menos allí.

Es muy prematuro porque estamos entre semana y, como pasó en Hong Kong, es posible que no se celebren protestas. Ya veremos de cara al fin de semana. Aquí hay otro elemento importante: estas manifestaciones han sido espontáneas, no hay ningún colectivo que esté llevando la organización de las protestas. Las que han tenido un poco más de continuidad han sido las de los campus, al fin y al cabo a nivel estudiantil se pueden organizar mejor. Para las más multitudinarias en Urumqi, Shanghái o Pekín tendremos que esperar al menos un par de días para ver si van a seguir movilizándose o si, en cambio, hay una dispersión total por la falta de organización interna. 

¿Se calmarán entonces en el corto plazo o van a ir a más?

No lo sabemos nosotros y ni siquiera lo saben los chinos. Este lunes circularon imágenes en Instagram de un joven de Shanghái con un cartel en el que ponía “¿podemos hacer más? Ya sabéis a lo que me refiero”. El fin de semana será el primer momento para saber si esto va a ir para largo, si son solo esporádicas y centradas en el incendio de Urumqi, o si bien vamos a empezar a ver una organización y una voluntad de que haya una movilización más grande. El punto será este fin de semana o, si no, por desgracia, el próximo incidente que pueda haber y cause descontento. 

Además de la política de 'cero COVID', ¿qué otros factores han podido encender la mecha?

Hay un elemento muy importante en cuanto al papel de los jóvenes chinos que se están manifestando, no solo los universitarios. Ahora mismo hay un gran paro juvenil, está alrededor del 20%. Cada año se gradúan unos 11 millones de jóvenes: al final hay que garantizar una gran cantidad de trabajo a estos nuevos graduados y no son empleos 'técnicos', tienen aspiraciones porque son generaciones que han nacido en los 2000, han tenido acceso a las redes sociales y han visto el 'milagro chino' y cómo la generación de sus padres ha tenido sus necesidades materiales satisfechas. El hecho de que ya no tengan estas perspectivas de mejora también causa un gran agravio y descontento a esos jóvenes que pueden sentirse dejados de lado, especialmente en un momento como la pandemia. 

Antes mencionaba lo vinculada que está la política cero COVID a la figura de Xi Jinping. ¿Qué implicaciones tiene?

El discurso chino ha sido intentar utilizar esta política, incluso como una posición moralista de superioridad hacia ciertos países occidentales. Ahora hay un aumento de casos, pero China ha tenido un [nivel de] contagio mínimo. Mostrar que habían salvado las vidas de los ciudadanos mientras el mundo estaba como estaba era [presentado] como un triunfo. Pero el contexto ha cambiado totalmente, estas políticas están haciendo un daño increíble a la economía y no son para nada sostenibles, por lo que estamos viendo. Las formas de control y seguimiento han dejado a la población completamente desprotegida del virus, las vacunas tienen menor protección que las occidentales y solo el 70% de la población mayor de 65 años tiene la tercera dosis. El sistema médico ya está en tensión y una ola de contagios podría llevar a su colapso. 

Si ahora Xi Jinping llega a cambiar una posición que ha utilizado como diferenciación e incluso como superioridad frente al resto del mundo, podría perder esa parte de legitimidad y esa credibilidad ante la población. Pero hay un giro entre el discurso que intentó construir especialmente en 2020 y 2021 y cómo ha sido el desarrollo de la pandemia. 

China se enfrenta por tanto a un cóctel de fatiga pandémica, baja cobertura vacunal, la falta de la llamada 'inmunidad híbrida' y el récord actual de casos. Un análisis reciente de Airfinity muestra que entre 1,3 y 2,1 millones de vidas podrían estar en riesgo si levanta su política de 'cero COVID'. ¿Estarán dispuestas las autoridades chinas a dar este paso?

Si lo hacen, lo veremos venir. Primero, empezarán a movilizar recursos. Para que haya realmente una liberalización, tenemos que ver primero pequeños pasos, como lanzar campañas de vacunación o redirigir recursos al sistema sanitario. Las protestas pueden llegar a ser un pequeño mecanismo que produzca algún tipo de flexibilización especialmente para casos asintomáticos. Pero aún vamos a tardar en ver un cambio radical en estas políticas y, en caso de que ocurra, va a ser muy lento y como una especie de montaña rusa –ahora funciona, ahora no–. 

Pero creo que, de momento, al menos hasta que hayan pasado las infecciones este invierno, no empezarán a relajar las medidas. Muchos analistas pensábamos que esto iba a ocurrir en octubre o noviembre, después del Congreso del Partido Comunista, y ahora estamos fijando el momento de cambio en marzo o abril –después de las dos sesiones parlamentarias donde se elige a los nuevos ministros–. Será primavera, en teoría los casos pueden ir a la baja y habrá estabilidad política, aunque las protestas podrían suponer un punto de aceleración, lo que aún está por ver. 

¿Cuál podría ser la salida ahora al hartazgo de la población?

Es difícil de prever. Los alumnos de la Universidad de Pekín han publicado una declaración con propuestas que creen necesarias para acabar con este descontento y cambiar esta política que a nivel de implementación ya no funciona. Hay un montón de propuestas: dejar de hacer rastreos y, en su lugar, dedicar recursos a construir más hospitales y contratar más personal, flexibilizar los test y las cuarentenas de contactos… Son peticiones para intentar convivir con el virus, aunque aún se haga seguimiento, pero en menor medida. Será difícil ver si alguien en la cúpula escucha estas voces y están dispuestos o no a darles espacio.

En algunas protestas se han escuchado demandas prodemocracia y consignas a favor de la dimisión de Xi. ¿Hasta qué punto son generalizadas o más circunscritas a sectores como los estudiantes?

Son sectores muy pequeños y sobre todo los estudiantes, de momento. El otro día vi un vídeo donde decían: “Queremos elegir”. Lo tradujeron como “queremos votar”. Sí que hay elementos de libertad y democracia –que al final es una palabra que se utiliza dentro de China–, pero la cuestión es qué tipo de libertad. Mi apuesta es que es más volver a 2019 que un cambio de régimen. Pero no sabemos qué quieren elegir: ¿quieren elegir poder ir al cine, que es una de las consignas? ¿Quieren elegir a sus representantes?

Los jóvenes, que no tienen la memoria de Tiananmén y represiones mucho más fuertes, están siendo más valientes a la hora de hacer este tipo de reclamaciones. Pero mi sensación es que las grandes movilizaciones de Shanghái o Pekín han sido por la política de COVID cero y la inacción del Gobierno a la hora de dar respuesta a las necesidades básicas de gran parte de la población. En Pekín hemos visto cánticos y homenajes a las víctimas del incendio. Estos elementos más disidentes son muy visibles en los campus, y entre personas jóvenes que están desilusionadas y tienen un espíritu un poco más liberal y crítico.

Ya se habla de que el símbolo de las protestas es el folio en blanco. “Representa todo lo que queremos decir pero no podemos”, dijo un manifestante a Reuters.

Me recuerda mucho a cómo los elementos de la vida diaria se pueden utilizar para la protesta y para la protección a la vez. Es un elemento de protesta pero no se puede hacer ningún tipo de interpretación de qué quieren decir con él. Me recuerda a la protesta de los paraguas de Hong Kong en 2014. En 2019 también se volvió a esa idea de los paraguas que paraban los gases lacrimógenos. Es una capacidad increíble de inventiva y creatividad, y también de protección en última instancia. No sé si de aquí a unos años se hablará de las 'protestas del folio en blanco' o las 'protestas del DIN A4', pero muestran cómo lo más cotidiano puede convertirse en un elemento de reivindicación.

¿Hasta qué punto suponen estas protestas una amenaza para el Gobierno y el partido? ¿Se abrirá una crisis o conseguirán contener la disidencia?

De momento, tal y como son, son mínimas. Lo que pueden llegar a hacer –que es una cosa que pasó en Tiananmén– es que haya una ruptura de la unión en la cúpula del partido. Pero, por lo que hemos visto en el Congreso, esto parece que va a ser muy difícil, porque la cúpula la forman personas bastante fieles a Xi. El segundo en el partido, Li Qiang, estuvo a cargo de todo el confinamiento de Shanghái de este año, con todo lo mal que se hizo, lo que me hace pensar que es muy difícil que haya una ruptura en la cúpula del Gobierno. Por tanto, estas protestas, tal y como son ahora, no son una amenaza.

¿Tienen la baza de usar como chivos expiatorios a las autoridades locales por la aplicación de la política de 'cero COVID'?

Me pregunto hasta qué punto las grandes cúpulas del partido pueden usar este argumento para decir que esto es algo local. El hecho de que esta política esté tan vinculada a Xi Jinping ha sido uno de los elementos que hacen que esto sea diferente a lo previo. Antes, las protestas tan locales de las que hablábamos tenían que ver con esta fragmentación a nivel local, mientras que ahora, por mucho que sean las medidas locales las que se implementan mal, la guía viene del Gobierno. La centralización de una política de forma tan fuerte y vinculada a una persona es justamente lo que ha alimentado este agravio, este descontento y este hartazgo colectivo.

El descontento con las estrictas políticas contra la COVID-19 del Gobierno encendió el pasado fin de semana protestas en ciudades a miles de kilómetros de distancia en China. La chispa, un incendio en la ciudad occidental de Urumqi que mató a 10 personas. Desde entonces, el país ha visto manifestaciones con folios en blanco, vigilias con velas, protestas callejeras, censura y escrutinio policial.

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Inés Arco Escriche, investigadora de Asia-Pacífico del think tank Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB), coincide con quienes creen que estas protestas no se parecen a nada de lo visto durante años, quizás décadas, en el país. ¿Y ahora, qué? En su opinión, es pronto para saber qué recorrido tendrán las movilizaciones y si las demandas serán atendidas en el corto plazo. En una entrevista con elDiario.es, destaca las muestras de disidencia de los estudiantes en los campus universitarios pero piensa que, por el momento, es difícil que se abra una grieta en la cúpula que sostiene a Xi Jinping en el poder.

¿Qué lectura hace de las protestas de estos días?

Han sido unas protestas que no tienen precedentes a nivel histórico. Nos tendríamos que ir, a lo mejor, a Tiananmén para tener una movilización de este calado. Aunque hasta ahora ha habido protestas específicas y muy vinculadas a ciertos agravios en ciertas ciudades, a problemas medioambientales, de corrupción o de derechos laborales, lo que es interesante esta vez es que un agravio local, el incendio [de un edificio aparentemente confinado] en Urumqi ha sido justamente la chispa del descontento existente en todo el país por la política de ‘cero COVID’. El hecho de que sea un elemento local el que ha llevado a una movilización tan extendida en tantas ciudades y campus universitarios es lo que hace que sea en parte una novedad y sin precedentes en décadas.

El incendio es una cuestión muy local, pero ha resonado en muchos sectores de la sociedad que tienen miedo a que la política esté dejando de salvar vidas –el argumento que ha empleado el Gobierno para las restricciones–. Aunque estas mismas medidas han impedido que, por ejemplo, haya mujeres o niños accedan a servicios médicos en hospitales, causándoles la muerte. Durante tres meses ha habido múltiples accidentes. Todo el mundo se pensaba que después del Congreso del Partido Comunista [celebrado en octubre] se iban a relajar, y no ha sido así, ha seguido habiendo incidentes y accidentes que al final han sido la gota que ha colmado el vaso.

Coincide entonces con quienes creen que es la mayor demostración de disidencia pública en China continental desde que Xi Jinping asumió el poder e incluso en décadas, con comparaciones con 1989.

Son protestas diferentes porque ocurrieron en momentos diferentes y con reivindicaciones diferentes. Pero después de Tiananmén, han sido las más sonadas y casi un cambio de paradigma porque antes eran protestas muy localizadas y pequeñas. Aquí vemos que son espontáneas, en muchos lugares, simultáneas, sin ningún tipo de organización, nacidas de unas redes sociales y unas noticias que han despertado la solidaridad con las víctimas de Urumqi.

Antes no había esta conexión: lo que pasaba en Urumqi se quedaba en Urumqi, lo que pasaba en Shanghái se quedaba en Shanghái, no había esta movilización colectiva. La parte de los estudiantes también es importante porque vemos una movilización disidente que es muy rara en China. Antes del Congreso, el llamado 'hombre del puente' colgó unos mensajes en un puente de Pekín que están siendo recuperados ahora. Pero la clave es la extensión, la espontaneidad y que tengan todas estas reivindicaciones de lo local a lo nacional.

¿Se puede decir entonces que son protestas contra Xi Jinping?

Hay diferentes elementos a tener en cuenta. Primero, hemos visto algunas muestras más disidentes, sobre todo por parte de estudiantes, que al final son los que suelen tener una posición más liberal dentro de China. En los campus es donde precisamente hemos visto los eslóganes que apuntan más directamente a la figura de Xi Jinping.

Por otro lado, el hecho de que el presidente haya vinculado tanto la política de 'cero COVID' a su figura hace que, al final, parezca que cualquier protesta contra esta política sea también contra el régimen.

Pero aún es prematuro saber qué tipo de recorrido tendrán porque lo que vemos es que, en general, la población china lo que está pidiendo es desde acabar con los confinamientos y poder tener la opción de ir al cine hasta la caída del Gobierno. Es muy interesante que un elemento tan concreto haya llegado atraer tantas desafecciones diferentes que hay actualmente en China.

Este lunes parece que hubo una fuerte presencia policial en varias ciudades como Pekín y Shanghái, y algunas protestas no se materializaron. También parece que hay personas que están siendo interrogadas. ¿Cuál puede ser el futuro inmediato de las protestas?

El Gobierno ha bajado el tono. Los medios de comunicación han seguido dando una visión positiva de la política de COVID cero, casi no ha habido mención a estas protestas. Solo un columnista de uno de los diarios del régimen, Hu Xijin, reconoció por primera vez, en Twitter y en inglés, que se han producido estas protestas. La respuesta ha sido por una parte decir que la política va bien y en algunas ciudades donde ha habido protestas está habiendo cierta flexibilidad en algunas peticiones, por ejemplo en Urumqi, como abrir más las oficinas de atención al público para intentar garantizar que ciertas personas se sientan más acompañadas, sobre todo en zonas de bajo riesgo de contagio. Son algunas migajas de pan para intentar contener o satisfacer con el hecho de que esas peticiones se están escuchando, pero obviamente necesitan un cambio mayor. 

Por otro lado, hay un despliegue policial muy presente en los sitios donde ha habido protestas. En Shanghái, en la calle Urumqi, han puesto vallas, por ejemplo. Están intentando lograr el equilibrio entre dar el brazo un poco a torcer pero muy mínimamente, para mostrar que están haciendo algo y blindar estos espacios para que no vuelva haber protestas, al menos allí.

Es muy prematuro porque estamos entre semana y, como pasó en Hong Kong, es posible que no se celebren protestas. Ya veremos de cara al fin de semana. Aquí hay otro elemento importante: estas manifestaciones han sido espontáneas, no hay ningún colectivo que esté llevando la organización de las protestas. Las que han tenido un poco más de continuidad han sido las de los campus, al fin y al cabo a nivel estudiantil se pueden organizar mejor. Para las más multitudinarias en Urumqi, Shanghái o Pekín tendremos que esperar al menos un par de días para ver si van a seguir movilizándose o si, en cambio, hay una dispersión total por la falta de organización interna. 

¿Se calmarán entonces en el corto plazo o van a ir a más?

No lo sabemos nosotros y ni siquiera lo saben los chinos. Este lunes circularon imágenes en Instagram de un joven de Shanghái con un cartel en el que ponía “¿podemos hacer más? Ya sabéis a lo que me refiero”. El fin de semana será el primer momento para saber si esto va a ir para largo, si son solo esporádicas y centradas en el incendio de Urumqi, o si bien vamos a empezar a ver una organización y una voluntad de que haya una movilización más grande. El punto será este fin de semana o, si no, por desgracia, el próximo incidente que pueda haber y cause descontento. 

Además de la política de 'cero COVID', ¿qué otros factores han podido encender la mecha?

Hay un elemento muy importante en cuanto al papel de los jóvenes chinos que se están manifestando, no solo los universitarios. Ahora mismo hay un gran paro juvenil, está alrededor del 20%. Cada año se gradúan unos 11 millones de jóvenes: al final hay que garantizar una gran cantidad de trabajo a estos nuevos graduados y no son empleos 'técnicos', tienen aspiraciones porque son generaciones que han nacido en los 2000, han tenido acceso a las redes sociales y han visto el 'milagro chino' y cómo la generación de sus padres ha tenido sus necesidades materiales satisfechas. El hecho de que ya no tengan estas perspectivas de mejora también causa un gran agravio y descontento a esos jóvenes que pueden sentirse dejados de lado, especialmente en un momento como la pandemia. 

Antes mencionaba lo vinculada que está la política cero COVID a la figura de Xi Jinping. ¿Qué implicaciones tiene?

El discurso chino ha sido intentar utilizar esta política, incluso como una posición moralista de superioridad hacia ciertos países occidentales. Ahora hay un aumento de casos, pero China ha tenido un [nivel de] contagio mínimo. Mostrar que habían salvado las vidas de los ciudadanos mientras el mundo estaba como estaba era [presentado] como un triunfo. Pero el contexto ha cambiado totalmente, estas políticas están haciendo un daño increíble a la economía y no son para nada sostenibles, por lo que estamos viendo. Las formas de control y seguimiento han dejado a la población completamente desprotegida del virus, las vacunas tienen menor protección que las occidentales y solo el 70% de la población mayor de 65 años tiene la tercera dosis. El sistema médico ya está en tensión y una ola de contagios podría llevar a su colapso. 

Si ahora Xi Jinping llega a cambiar una posición que ha utilizado como diferenciación e incluso como superioridad frente al resto del mundo, podría perder esa parte de legitimidad y esa credibilidad ante la población. Pero hay un giro entre el discurso que intentó construir especialmente en 2020 y 2021 y cómo ha sido el desarrollo de la pandemia. 

China se enfrenta por tanto a un cóctel de fatiga pandémica, baja cobertura vacunal, la falta de la llamada 'inmunidad híbrida' y el récord actual de casos. Un análisis reciente de Airfinity muestra que entre 1,3 y 2,1 millones de vidas podrían estar en riesgo si levanta su política de 'cero COVID'. ¿Estarán dispuestas las autoridades chinas a dar este paso?

Si lo hacen, lo veremos venir. Primero, empezarán a movilizar recursos. Para que haya realmente una liberalización, tenemos que ver primero pequeños pasos, como lanzar campañas de vacunación o redirigir recursos al sistema sanitario. Las protestas pueden llegar a ser un pequeño mecanismo que produzca algún tipo de flexibilización especialmente para casos asintomáticos. Pero aún vamos a tardar en ver un cambio radical en estas políticas y, en caso de que ocurra, va a ser muy lento y como una especie de montaña rusa –ahora funciona, ahora no–. 

Pero creo que, de momento, al menos hasta que hayan pasado las infecciones este invierno, no empezarán a relajar las medidas. Muchos analistas pensábamos que esto iba a ocurrir en octubre o noviembre, después del Congreso del Partido Comunista, y ahora estamos fijando el momento de cambio en marzo o abril –después de las dos sesiones parlamentarias donde se elige a los nuevos ministros–. Será primavera, en teoría los casos pueden ir a la baja y habrá estabilidad política, aunque las protestas podrían suponer un punto de aceleración, lo que aún está por ver. 

¿Cuál podría ser la salida ahora al hartazgo de la población?

Es difícil de prever. Los alumnos de la Universidad de Pekín han publicado una declaración con propuestas que creen necesarias para acabar con este descontento y cambiar esta política que a nivel de implementación ya no funciona. Hay un montón de propuestas: dejar de hacer rastreos y, en su lugar, dedicar recursos a construir más hospitales y contratar más personal, flexibilizar los test y las cuarentenas de contactos… Son peticiones para intentar convivir con el virus, aunque aún se haga seguimiento, pero en menor medida. Será difícil ver si alguien en la cúpula escucha estas voces y están dispuestos o no a darles espacio.

En algunas protestas se han escuchado demandas prodemocracia y consignas a favor de la dimisión de Xi. ¿Hasta qué punto son generalizadas o más circunscritas a sectores como los estudiantes?

Son sectores muy pequeños y sobre todo los estudiantes, de momento. El otro día vi un vídeo donde decían: “Queremos elegir”. Lo tradujeron como “queremos votar”. Sí que hay elementos de libertad y democracia –que al final es una palabra que se utiliza dentro de China–, pero la cuestión es qué tipo de libertad. Mi apuesta es que es más volver a 2019 que un cambio de régimen. Pero no sabemos qué quieren elegir: ¿quieren elegir poder ir al cine, que es una de las consignas? ¿Quieren elegir a sus representantes?

Los jóvenes, que no tienen la memoria de Tiananmén y represiones mucho más fuertes, están siendo más valientes a la hora de hacer este tipo de reclamaciones. Pero mi sensación es que las grandes movilizaciones de Shanghái o Pekín han sido por la política de COVID cero y la inacción del Gobierno a la hora de dar respuesta a las necesidades básicas de gran parte de la población. En Pekín hemos visto cánticos y homenajes a las víctimas del incendio. Estos elementos más disidentes son muy visibles en los campus, y entre personas jóvenes que están desilusionadas y tienen un espíritu un poco más liberal y crítico.

Ya se habla de que el símbolo de las protestas es el folio en blanco. “Representa todo lo que queremos decir pero no podemos”, dijo un manifestante a Reuters.

Me recuerda mucho a cómo los elementos de la vida diaria se pueden utilizar para la protesta y para la protección a la vez. Es un elemento de protesta pero no se puede hacer ningún tipo de interpretación de qué quieren decir con él. Me recuerda a la protesta de los paraguas de Hong Kong en 2014. En 2019 también se volvió a esa idea de los paraguas que paraban los gases lacrimógenos. Es una capacidad increíble de inventiva y creatividad, y también de protección en última instancia. No sé si de aquí a unos años se hablará de las 'protestas del folio en blanco' o las 'protestas del DIN A4', pero muestran cómo lo más cotidiano puede convertirse en un elemento de reivindicación.

¿Hasta qué punto suponen estas protestas una amenaza para el Gobierno y el partido? ¿Se abrirá una crisis o conseguirán contener la disidencia?

De momento, tal y como son, son mínimas. Lo que pueden llegar a hacer –que es una cosa que pasó en Tiananmén– es que haya una ruptura de la unión en la cúpula del partido. Pero, por lo que hemos visto en el Congreso, esto parece que va a ser muy difícil, porque la cúpula la forman personas bastante fieles a Xi. El segundo en el partido, Li Qiang, estuvo a cargo de todo el confinamiento de Shanghái de este año, con todo lo mal que se hizo, lo que me hace pensar que es muy difícil que haya una ruptura en la cúpula del Gobierno. Por tanto, estas protestas, tal y como son ahora, no son una amenaza.

¿Tienen la baza de usar como chivos expiatorios a las autoridades locales por la aplicación de la política de 'cero COVID'?

Me pregunto hasta qué punto las grandes cúpulas del partido pueden usar este argumento para decir que esto es algo local. El hecho de que esta política esté tan vinculada a Xi Jinping ha sido uno de los elementos que hacen que esto sea diferente a lo previo. Antes, las protestas tan locales de las que hablábamos tenían que ver con esta fragmentación a nivel local, mientras que ahora, por mucho que sean las medidas locales las que se implementan mal, la guía viene del Gobierno. La centralización de una política de forma tan fuerte y vinculada a una persona es justamente lo que ha alimentado este agravio, este descontento y este hartazgo colectivo.

El descontento con las estrictas políticas contra la COVID-19 del Gobierno encendió el pasado fin de semana protestas en ciudades a miles de kilómetros de distancia en China. La chispa, un incendio en la ciudad occidental de Urumqi que mató a 10 personas. Desde entonces, el país ha visto manifestaciones con folios en blanco, vigilias con velas, protestas callejeras, censura y escrutinio policial.

Las protestas en China plantean el primer gran desafío a la autoridad de Xi

Más

Inés Arco Escriche, investigadora de Asia-Pacífico del think tank Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB), coincide con quienes creen que estas protestas no se parecen a nada de lo visto durante años, quizás décadas, en el país. ¿Y ahora, qué? En su opinión, es pronto para saber qué recorrido tendrán las movilizaciones y si las demandas serán atendidas en el corto plazo. En una entrevista con elDiario.es, destaca las muestras de disidencia de los estudiantes en los campus universitarios pero piensa que, por el momento, es difícil que se abra una grieta en la cúpula que sostiene a Xi Jinping en el poder.