ANÁLISIS

Un mes de guerra sin salida clara

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Cuando se cumple un mes desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania la situación sobre el terreno apunta a un empantanamiento sin salida clara a la vista. Por un lado, las tropas rusas están llegando a su punto culminante, a partir del cual, y sin unidades de refresco inmediato, está fuera de su alcance lograr una victoria definitiva a corto plazo. Por otro, las fuerzas armadas ucranianas no solo están demostrando una alta capacidad de defensa, sino que incluso están en disposición de lanzar contraataques exitosos en algunas localidades, sin que eso signifique que pueden expulsar de su territorio a las fuerzas invasoras. Lo previsible, en consecuencia, es la prolongación indefinida de un conflicto que ya ha provocado una generalizada crisis humanitaria, ejemplificada sobre todo en los diez millones de personas desplazadas y refugiadas que han abandonado sus hogares (de un total de 44 millones de habitantes). Un conflicto que a Rusia también le está costando serias pérdidas militares, un doloroso castigo económico y un considerable deterioro de las condiciones de vida para su población.

Qué hará Putin

Eso significa que, contando con que Putin no va a salir de Ucrania con las manos vacías, cabe calcular que aumentará aún más su apuesta militar, insistiendo en una táctica inhumana que incluye sistemáticos ataques indiscriminados contra los civiles y la destrucción de viviendas e infraestructuras de todo tipo. De ese modo cuenta con que terminará por doblegar la resistencia local, obligando a su gobierno a aceptar las condiciones que ya ha expresado en estos últimos días- desmilitarización del país y aceptación de que la península de Crimea y el Donbás son territorios rusos-, o, como mínimo, asegurándose un corredor terrestre que una a dicha península con el territorio de la Federación de Rusia.

El margen de maniobra que le queda a Moscú para lograrlo es muy limitado, dado que el escaso rendimiento de las tropas ya desplegadas en combate no permite imaginar que vayan a obtener logros sustanciales a partir de la situación actual. Puede, en todo caso, llevar a cabo un redespliegue, abandonando algunos frentes para concentrarse en otros; enviar más tropas a Ucrania, asumiendo el riesgo de dejar desguarnecidas sus fronteras con otros países europeos y asiáticos; forzar la intervención de las tropas bielorrusas, sobre todo para completar el cerco de Kiev y terminar por capturar la capital; o, como último recurso, escalar aún más con el uso de armas de destrucción masiva, con el riesgo de alimentar una escalada suicida que, como ha declarado Joe Biden, nos llevaría a una Tercera Guerra Mundial.

Poco avance diplomático

Mientras tanto, en el terreno diplomático tampoco ha habido ningún avance sustancial. Hasta ahora Moscú no ha mostrado ninguna voluntad de implicarse en una verdadera negociación. Sus exigencias solo cabe interpretarlas como un mensaje prepotente que sueña con la claudicación total de su oponente. Una rendición impensable, sobre todo, porque a pesar de su evidente superioridad de fuerzas no ha logrado una posición de suficiente ventaja como para imponer su dictado a Kiev. En términos más realistas cabe imaginar que la negociación no empezará seriamente hasta que, al menos, Moscú consiga el control total de Mariúpol, punto clave para controlar el ya mencionado corredor terrestre.

Las opciones de Volodímir Zelenski son aún más limitadas que las de Putin. Tanto sus fuerzas como su economía y su capacidad para alimentar el esfuerzo bélico son inferiores a las de su enemigo. Tiene movilizadas ya a la totalidad de sus fuerzas armadas y, aún contando con el añadido de los civiles que se han incorporado a los batallones de defensa territorial y los ciudadanos de diversas nacionalidades que se han sumado a la Legión Internacional, sigue estando en inferioridad de condiciones. Dicho de otro modo, mientras Putin sigue pensando (equivocadamente) que la victoria militar aún es posible, Zelenski es consciente de que esa opción es irreal. La única forma que tiene para resistir hasta el momento en el que ambos tengan que sentarse cara a cara es lograr un aumento en el apoyo que está recibiendo por parte de los países occidentales.

El problema es que ese mismo Occidente (EEUU-OTAN-UE) ha llegado ya prácticamente al límite de lo que su voluntad política y sus intereses determinan. En el terreno económico es difícil imaginar que se puedan imponer más sanciones a Rusia, dado que lo que resta es prohibir las importaciones de gas y petróleo, algo que resulta difícilmente aceptable para los países europeos que más dependen de Moscú en materia energética. En el militar, descartando radicalmente que la OTAN o cualquier ejército occidental vaya a enviar a sus soldados a luchar por Ucrania, tan solo queda suministrar a Kiev sistemas de armas más complejos, como podrían ser los Mig-29 que Polonia parecía dispuesto a transferir o incluso los S-400 que Turquía adquirió en su día precisamente a Moscú. Los miembros de la OTAN y de la Unión Europea, que se reúnen este jueves en Bruselas, con presencia del presidente estadounidense, tienen la palabra.

Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)

Cuando se cumple un mes desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania la situación sobre el terreno apunta a un empantanamiento sin salida clara a la vista. Por un lado, las tropas rusas están llegando a su punto culminante, a partir del cual, y sin unidades de refresco inmediato, está fuera de su alcance lograr una victoria definitiva a corto plazo. Por otro, las fuerzas armadas ucranianas no solo están demostrando una alta capacidad de defensa, sino que incluso están en disposición de lanzar contraataques exitosos en algunas localidades, sin que eso signifique que pueden expulsar de su territorio a las fuerzas invasoras. Lo previsible, en consecuencia, es la prolongación indefinida de un conflicto que ya ha provocado una generalizada crisis humanitaria, ejemplificada sobre todo en los diez millones de personas desplazadas y refugiadas que han abandonado sus hogares (de un total de 44 millones de habitantes). Un conflicto que a Rusia también le está costando serias pérdidas militares, un doloroso castigo económico y un considerable deterioro de las condiciones de vida para su población.

Qué hará Putin

Eso significa que, contando con que Putin no va a salir de Ucrania con las manos vacías, cabe calcular que aumentará aún más su apuesta militar, insistiendo en una táctica inhumana que incluye sistemáticos ataques indiscriminados contra los civiles y la destrucción de viviendas e infraestructuras de todo tipo. De ese modo cuenta con que terminará por doblegar la resistencia local, obligando a su gobierno a aceptar las condiciones que ya ha expresado en estos últimos días- desmilitarización del país y aceptación de que la península de Crimea y el Donbás son territorios rusos-, o, como mínimo, asegurándose un corredor terrestre que una a dicha península con el territorio de la Federación de Rusia.

El margen de maniobra que le queda a Moscú para lograrlo es muy limitado, dado que el escaso rendimiento de las tropas ya desplegadas en combate no permite imaginar que vayan a obtener logros sustanciales a partir de la situación actual. Puede, en todo caso, llevar a cabo un redespliegue, abandonando algunos frentes para concentrarse en otros; enviar más tropas a Ucrania, asumiendo el riesgo de dejar desguarnecidas sus fronteras con otros países europeos y asiáticos; forzar la intervención de las tropas bielorrusas, sobre todo para completar el cerco de Kiev y terminar por capturar la capital; o, como último recurso, escalar aún más con el uso de armas de destrucción masiva, con el riesgo de alimentar una escalada suicida que, como ha declarado Joe Biden, nos llevaría a una Tercera Guerra Mundial.

Poco avance diplomático

Mientras tanto, en el terreno diplomático tampoco ha habido ningún avance sustancial. Hasta ahora Moscú no ha mostrado ninguna voluntad de implicarse en una verdadera negociación. Sus exigencias solo cabe interpretarlas como un mensaje prepotente que sueña con la claudicación total de su oponente. Una rendición impensable, sobre todo, porque a pesar de su evidente superioridad de fuerzas no ha logrado una posición de suficiente ventaja como para imponer su dictado a Kiev. En términos más realistas cabe imaginar que la negociación no empezará seriamente hasta que, al menos, Moscú consiga el control total de Mariúpol, punto clave para controlar el ya mencionado corredor terrestre.

Las opciones de Volodímir Zelenski son aún más limitadas que las de Putin. Tanto sus fuerzas como su economía y su capacidad para alimentar el esfuerzo bélico son inferiores a las de su enemigo. Tiene movilizadas ya a la totalidad de sus fuerzas armadas y, aún contando con el añadido de los civiles que se han incorporado a los batallones de defensa territorial y los ciudadanos de diversas nacionalidades que se han sumado a la Legión Internacional, sigue estando en inferioridad de condiciones. Dicho de otro modo, mientras Putin sigue pensando (equivocadamente) que la victoria militar aún es posible, Zelenski es consciente de que esa opción es irreal. La única forma que tiene para resistir hasta el momento en el que ambos tengan que sentarse cara a cara es lograr un aumento en el apoyo que está recibiendo por parte de los países occidentales.

El problema es que ese mismo Occidente (EEUU-OTAN-UE) ha llegado ya prácticamente al límite de lo que su voluntad política y sus intereses determinan. En el terreno económico es difícil imaginar que se puedan imponer más sanciones a Rusia, dado que lo que resta es prohibir las importaciones de gas y petróleo, algo que resulta difícilmente aceptable para los países europeos que más dependen de Moscú en materia energética. En el militar, descartando radicalmente que la OTAN o cualquier ejército occidental vaya a enviar a sus soldados a luchar por Ucrania, tan solo queda suministrar a Kiev sistemas de armas más complejos, como podrían ser los Mig-29 que Polonia parecía dispuesto a transferir o incluso los S-400 que Turquía adquirió en su día precisamente a Moscú. Los miembros de la OTAN y de la Unión Europea, que se reúnen este jueves en Bruselas, con presencia del presidente estadounidense, tienen la palabra.

Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)

Cuando se cumple un mes desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania la situación sobre el terreno apunta a un empantanamiento sin salida clara a la vista. Por un lado, las tropas rusas están llegando a su punto culminante, a partir del cual, y sin unidades de refresco inmediato, está fuera de su alcance lograr una victoria definitiva a corto plazo. Por otro, las fuerzas armadas ucranianas no solo están demostrando una alta capacidad de defensa, sino que incluso están en disposición de lanzar contraataques exitosos en algunas localidades, sin que eso signifique que pueden expulsar de su territorio a las fuerzas invasoras. Lo previsible, en consecuencia, es la prolongación indefinida de un conflicto que ya ha provocado una generalizada crisis humanitaria, ejemplificada sobre todo en los diez millones de personas desplazadas y refugiadas que han abandonado sus hogares (de un total de 44 millones de habitantes). Un conflicto que a Rusia también le está costando serias pérdidas militares, un doloroso castigo económico y un considerable deterioro de las condiciones de vida para su población.

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