Las colas en los baños de mujeres, vistas desde el feminismo

A veces una tiene que ir al baño de forma urgente. Le pasó a Hillary Clinton en 2015, cuando intentó hacerlo durante la pausa publicitaria de un debate televisado en directo con otros candidatos de su partido. Clinton, la única mujer en escena, tuvo que caminar un poco más para llegar al aseo de mujeres que sus rivales masculinos, Bernie Sanders y Martin O'Malley.

Esto podría no haber tenido mayores consecuencias si Clinton no hubiera tenido un margen muy ajustado de tiempo y el baño en cuestión no hubiera estado ocupado cuando llegó. Sanders y O'Malley regresaron a tiempo de sus viajes al baño, relativamente cortos, lo que les dejó tiempo para resituarse antes de volver a ponerse ante las cámaras. Mientras, Clinton esperaba a que el baño quedara libre para usarlo. Los segundos fueron pasando y el debate se reanudó, como pasa siempre con los debates en directo. Unos instantes más tarde, Clinton regresó cuando las cámaras ya estaban grabando y se situó detrás de su atril mientras pronunciaba un escueto “perdón” ante 6,7 millones de espectadores.

Al día siguiente, el periódico Boston Globe informó de que la directora adjunta de la campaña de O'Malley, Lis Smith, había entrado en el baño antes que Clinton. Para aquellos que creen en las teorías de la conspiración, esta situación podría parecer un sabotaje. Sin embargo, asumamos la realidad: lo que es un sabotaje es que las mujeres tengan que hacer cola en un baño público y los hombres, no. Lo que es un sabotaje es que realizar la más simple de las funciones biológicas sea más complicado y que los espacios públicos sean lugares más hostiles por el mero hecho de ser mujer.

Cuando te sientas en la taza de un inodoro público crees que solo estás orinando. No es así porque los aseos se han convertido ineludiblemente en una cuestión feminista. Cada año que pasa hay menos baños públicos. En 2010, Reino Unido contaba con 5.159 inodoros gestionados por los ayuntamientos. En 2018, esta cifra había descendido a 4.486. Y cada año que pasa, hay menos aseos. De hecho, lo cierto es que incluso cuando hay inodoros, funcionan peor para las mujeres que para los hombres.

Las colas no se forman por el hecho de que estemos todas pintándonos los labios. Este es un tópico absurdo que insinúa que las colas se deben a que muchas mujeres pierden el tiempo maquillándose y acicalándose. La realidad es que somos más y necesitamos más tiempo. Las mujeres vacían sus vejigas con más frecuencia que los hombres y tardan más tiempo: un hombre necesita unos 60 segundos y una mujer, unos 90. Además, las mujeres necesitan ir al baño por otros motivos, como por ejemplo cambiarse el tampón, y solemos ayudar a niños o ancianos que no pueden ir solos al baño.

Son estos motivos, la anatomía de nuestras vejigas, la regla y los bebés a su cargo, los que hacen que las mujeres necesiten el doble o el triple de aseos que los hombres si queremos igualar el tiempo de espera de unos y otros. Sin embargo, en muchos aseos públicos la situación es perversa, ya que los hombres disponen de más inodoros que las mujeres. Mientras en un baño de hombres caben, por ejemplo, un cubículo y cinco urinarios, en el de mujeres solo caben tres cubículos.

La consecuencia es que las mujeres pierden a lo largo de su vida muchas horas haciendo cola para ir al baño y, además, no pueden utilizar el espacio público de la misma manera que los hombres. Y no se trata de un error sin importancia: es un fallo en la planificación y el diseño. Cuando son los hombres los que planifican y diseñan los espacios compartidos, sin esforzarse por entender cómo es la experiencia de las mujeres en esos espacios, todo termina hecho a su medida.

¿Lo hacen a propósito? ¡Qué va! Ningún estudiante de arquitectura o de diseño piensa: “Estoy deseando entrar en el mercado laboral para joder a las mujeres en los espacios compartidos”. El sabotaje radica en que la solución a los problemas de las mujeres en los baños públicos es de sobra conocida. Es la paridad en los aseos; una igualdad legislada o codificada con proporciones de 2:1 o 3:1 en favor de las mujeres. En Reino Unido, la paridad sigue siendo una mera declaración de intenciones de la British Standards Institution. En Canadá y en Estados Unidos, en aquellas partes de los países donde rige una ley al respecto, esta paridad solo se exige en edificios nuevos o cuando un edificio antiguo es objeto de una rehabilitación integral.

El problema no es solo que la situación esté cambiando a un ritmo lento. Cuando se trata de los baños de mujeres, muchas soluciones atentan contra el sentido común. Por ejemplo, este año el London Vic Theater de Londres reformó sus aseos y se gastó unas 100.000 libras esterlinas en las obras. La reforma quería solucionar dos problemas. El primero, que las mujeres, tras la pausa intermedia de la función, suelen regresar a sus asientos cuando la función ya se ha reanudado. El segundo, que las personas transgénero tuvieran otras opciones además de la opción binaria tradicional. ¿Su propuesta? eliminar los baños para hombres y mujeres y crear un único baño con cubículos y orinales. Si bien se trata de una solución valiente para una situación que requería una respuesta, el del público transgénero, no se ha contemplado un baño separado solo para mujeres.

En junio, un usuario del aeropuerto de Zurich tuiteó una fotografía de unas mujeres haciendo cola en un baño y preguntó, educadamente, cuando se solucionaría este problema. La autoridad aeroportuaria reaccionó con indignación, alegando que los arquitectos reservaron “el espacio suficiente a las mujeres”. Es obvio que no lo hicieron, solo es necesario observar las largas colas que se forman delante de los lavabos de las mujeres.

Algunas noticias son alentadoras. El borrador del Plan de Londres ha previsto que los aseos públicos sean parte de un “entorno inclusivo y sin barreras en el centro de la ciudad”. Un informe reciente de la Royal Society for Public Health, una entidad que vela por la salud pública, pide al Gobierno que inste a los ayuntamientos a construir y gestionar más baños públicos, y que les proporcione el dinero para hacerlo.

Así que por ahora, en el teatro, en los parques, en las tiendas, e incluso durante las pausas publicitarias en un evento emitido en directo, las mujeres seguirán haciendo cola para ir al baño. No solo seguirá siendo urgente ir al baño; también un cambio social.

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Lezlie Lowe es la autora del libro 'Sin lugar al que ir; cómo los baños públicos no satisfacen nuestras necesidades privadas'.

Traducido por Emma Reverter

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