El teatro como salvavidas de las mujeres sin hogar en Logroño: “Es un chute de vida y nos da voz a las que estamos en la calle”
Es miércoles a las 9.00 horas y algunas de las mujeres que duermen en los recursos municipales de Logroño para personas sin hogar se han despertado con otra energía. Sus rostros reflejan una nueva ilusión aunque tampoco ocultan las dificultades de sus vidas. Ni sus rostros ni ellas mismas, que no tardan en compartir sus realidades: “A los 25 años, enferma de anorexia y bulimia, mi madre cambio la cerradura de casa”; “No puedo respirar por las palizas que me meten”; “Piensan que estamos todo el día con la botella en la mano y dando gritos y eso es mentira”.
Son unas seis mujeres esta mañana y desde hace unas semanas toman un café o un refresco cada miércoles en una cafetería en Avenida de Navarra, mientras empieza a fraguarse un nuevo proyecto a través de El Llavero, una asociación formada por profesionales del trabajo social que reivindican “otra manera de acompañar” a estas personas en situación de calle. Después de visitar otros recursos o escuchar a profesionales, decidieron dar un paso más: “Vamos a hacer algo con ellas. Algo con lo que sí se les visibilice, que se les vea de otra manera”, explica Rosa López sobre la primera idea.
Conocieron el grupo Mujereando a través de una presentación en la Universidad de La Rioja. “Sí se hace en Sevilla y funciona, ¿cómo no se va a poder hacer aquí?”, pensaron. Esa era la primera semilla de Escena Libre, el grupo de teatro de mujeres en situación de sinhogarismo de Logroño que acaba de ponerse en marcha. Le propusieron dar las clases a Arantza Moreno, actriz y fundadora de la compañía Kordelia Teatro, que también imparte cursos de teatro en la cárcel, y rápidamente se sumó al proyecto. Como no había presupuesto, lanzaron un crowdfunding, que todavía sigue abierto y ha superado los 2.600 euros, a lo que se suman una donación de la UR y de una taquilla del grupo de teatro de Albelda.
Pero faltaban ellas, las mujeres que iban a formar Escena Libre. “Fui a buscarlas una mañana, me imaginaba dónde podían estar, se lo comenté y les pareció bien, estaban contentas”, apunta esta trabajadora social, que asegura que estaba convencida de que iban a querer. “Así hacemos algo y las horas que deberíamos estar en la calle, las pasamos recogidas haciendo algo útil. Es una buena idea”, dice contenta una de ellas. Aunque estas mujeres duermen en el Proyecto Alasca, muchas de ellas sufren expulsiones de varios días cuando no cumplen la normativa, “que es probable que a veces no se cumpla, porque pueden tener un problema de adicción o un mal día y lo pagas con el de al lado como no pasa a todos”, apunta Rosa.
Verte en una cafetería como una persona normal ya es una liberación
A Carmen le ha pasado. Llega tarde a la quedada del miércoles en la cafetería con un ataque de ansiedad y sin parar de llorar. Se sienta y explota: “¿Por qué estoy otra vez en situación de calle? ¿Dónde duermo yo esta noche?”. Le han expulsado del alojamiento y después de los tres días habituales, volvió y le dijeron que era para un mes. Le ofrecieron dormir en el polideportivo habilitado para temporeros por la vendimia en la otra punta de la ciudad. “Pero no me puedo ni mover, me han dado una paliza y no puedo respirar, creo que tengo alguna costilla rota”. Carmen es víctima de violencia de género, ha tenido intentos autolíticos y acaba de relatarles a sus compañeras que ha sufrido una agresión sexual por parte de uno de los usuarios del centro en el que duermen, pues el Proyecto Alasca es mixto. “Estaba tan paralizada que no reaccioné y encima me da vergüenza a mí”.
Para esta mujer el grupo de teatro es una salvación, al menos durante un rato cada semana. “Una liberación, un apoyo, una salida, un acompañamiento...”, lo define esta mujer que dice “no saber cómo explicarlo”, pero que no puede hacerlo mejor. ¿Es importante tener esta red de apoyo?, le preguntan. “Madre mía... Es un chute de vida”. Y añade con claridad: “Me encanta, lo primero, que nos den voz a las que estamos en la calle, que no somos escoria de la sociedad como me dijeron el otro día”. Sus compañeras le escuchan atentas y le tienden la mano, todas han pasado por situaciones similares. “Verte en una cafetería como una persona normal, sin miedo a que venga la policía o a tenerte que esconder porque aparezca uno que te ha pegado, ya es una liberación”.
Para todas lo va a ser Escena Libre. Las historias de vida que llevan estas mujeres a sus espaldas necesitan un momento para ellas mismas, para disfrutar y para que la sociedad les mire. Historias de todo tipo pero con muchas cosas en común. Por eso Cristina no puede contenerse al escuchar a sus compañeras: “Las entiendo, las escucho y me siento reflejada”. Cristina sufrió anorexia y bulimia a los 22 años y, a los 25, un día al llegar a casa vio que su madre había cambiado la cerradura. “Si hasta nuestras familias nos hacen de menos, qué vamos a esperar de gente que no conocemos de nada”, lamenta Cristina. Sus compañeras le responden que es una mujer “muy válida” y Laura le recuerdan que “la familia no se elige”. Ella también está en la calle, enferma de cáncer desde hace 12 años. Las dificultades económicas le dejaron sin vivienda y tuvo que dejar en un centro de menores a su hija, de cuyos logros y principios habla con orgullo. En frente tiene a Ana, a la que en el pasado ha alojado en su casa, y quien está en situación de sinhogarismo desde hace cuatro años, cuando su casero ingresó en una residencia. “Es muy difícil encontrar una vivienda, piden un montón de requisitos”.
Asistir al teatro por primera vez en la vida: “Pensaba que eso no era para mí”
Este espacio es su lugar seguro. “Si me quiero desahogar, me desahogo. Estoy encantada de venir aquí. Para mí es una experiencia muy bonita”, agradece Ana. Escena Libre será un grupo abierto: “Si un día una está mal, no tiene por qué venir y si conocen a otra que se quiere sumar, le pueden invitar”. Sí tienen claro que es un grupo exclusivamente para mujeres en situación de calle, algo que desde El Llavero tuvieron claro desde el primer momento: “Como muchas veces reivindicamos, en Logroño no hay de momento albergues exclusivos para mujeres, no hay intimidad, para ir al baño tienen que pasar por delante de los hombres o incluso pueden coincidir con sus agresores. Por eso, queríamos que este ratito sea para ellas”.
Todavía no saben en qué consistirán las clases, pero la emoción es total y ya tienen muchas ideas. Juana, por ejemplo, ha propuesto hacer cuatro temporadas y que cada una esté ambientada en una época. Lo que sí saben es la principal máxima que ha puesto la profesora: respeto, al espacio que usarán, a las compañeras y a ellas mismas. Después de unas semanas de conocerse y compartir estos cafés de los miércoles, ya van a comenzar las clases. Pero antes, acudirán como público al teatro, una experiencia que ninguna de ellas ha vivido antes. “Siempre había pensado que eso no era para mí”, añade una de ellas. El café de este miércoles termina en las instalaciones de la compañía teatral Sapo Producción, que les han invitado para que las mujeres pudieran probarse todo el vestuario y complementos que quisieran. Y así, entre pelucas y vestidos de colores y brillos, a estas mujeres les sale por primera vez una amplia sonrisa.
*Los nombres propios de las mujeres participantes son falsos para proteger su intimidad.
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