Aluvión de afiliaciones en el Sindicato de Inquilinas por la crisis de vivienda: “No tengáis miedo, os vais a quedar en vuestros pisos”
Viernes por la tarde en Arganzuela, cerca de la glorieta de Embajadores. Decenas de personas se arremolinan en la entrada de La Maliciosa, un espacio cultural y asociativo que varios colectivos pusieron en marcha hace un lustro para que crecieran cosas en él. Algunas están pensativas, otras tienen notificaciones judiciales en la mano, un par de asistentes charlan entre sí sobre el motivo que les ha llevado hasta ahí: “Este Gobierno no está haciendo nada, por lo menos aquí se mueven”, comentan.
A las 18.30 se abren las puertas de la sala más grande del lugar, el ateneo, para acoger a todos los que han llegado. Son más de un centenar de personas jóvenes y mayores, algunos inmigrantes, otros de origen español. Viéndolos juntos es difícil adivinar qué es lo que ha reunido a un grupo tan heterogéneo. “Lo que nos une es que hemos sufrido en nuestras carnes el problema de la vivienda, y específicamente el de los alquileres”, les revela Fernando, uno de los seis miembros del Sindicato de Inquilinas que dirige la asamblea de bienvenida. Esta reunión semanal es la forma que tiene la organización de acoger a los recién llegados y orientarles sobre lo que hacen y de qué forma les pueden ayudar.
Las asambleas del sindicato se han vuelto multitudinarias desde hace semanas y especialmente después del desahucio de Maricarmen, que puso en pie a una generación de jóvenes golpeada por la vivienda. Fuentes de la organización explican a este periódico que el número de participantes se ha ido incrementando progresivamente y que coincidiendo con las protestas en las calles el aumento ha sido exponencial. Entre los que acuden este viernes hay jóvenes que quieren ser voluntarios en la organización, pero la mayoría han llegado con problemas en sus alquileres.
“Todas las formas que tiene el casero de mejorar su negocio, su rentabilidad, siempre van a ser a nuestra costa. Es algo que no es casual”, sigue explicándoles uno de los miembros del sindicato sobre las causas estructurales de cada una de las situaciones personales que se reúnen allí. Y apunta al “poder político”, porque “está regulando la cuestión, pero no de la forma en la que nos puede proteger”. Los que están sentados asienten con la cabeza, algunos con ganas de tomar la palabra y contar su caso, de buscar una solución. Fernando intenta calmarlos: “Puede que hayáis venido aquí con urgencia o miedo por vuestros conflictos, pero ya veréis que cuando los trabajemos no tenéis que tener miedo, os vais a quedar en vuestras casas”, añade con confianza. “Casi nada es en realidad urgente: no pasa nada si nos dicen que nos vayamos y no nos vamos al día siguiente. Tenemos las llaves y esa es nuestra fuerza”.
Una asamblea a la que acudió Maricarmen
Durante la reunión arrojan algunas cifras sobre la importancia que ha ido ganando la organización en los últimos meses. “Ya somos más de 5.400 afiliadas”, celebra otra de las que conduce la sesión, una cifra alcanzada después del último arreón coincidiendo con su enorme su exposición mediática de las últimas semanas. La mayoría de ellos pagan 100 euros al año o 10 euros al mes por formar parte del Sindicato, aunque aceptan pagos de entre 20 y 50 euros al año para situaciones económicas más precarias.
La existencia del sindicato se remonta a una década atrás, y muchos de los que hablan llegaron hace años a la organización. Además de Fernando, la asamblea la conducen Beatriz, Óscar, Jorge, Julia... todos explican que ellos también tuvieron un primer día en la reunión. Recuerdan que Maricarmen estuvo un día sentada en el mismo lugar. Y empiezan a lanzar herramientas y deberes a los recién llegados. “Tenéis que investigar a vuestros caseros, averiguar si tienen más viviendas, sobre todo si están pidiendo la que vivís para residir ellos... ¿Sabéis lo que es una nota simple?”, van detallando mientras preguntan sobre cada uno de los casos allí presentes.
El Sindicato de Inquilinas anima a los asistentes a entrar en su página web para comprobar cómo se organiza de forma geográfica. Después de esta asamblea de bienvenida, los posibles afiliados podrán acudir a su nodo territorial de referencia. En Madrid hay siete, aunque la llegada de muchas personas podría aumentar su número dentro de poco. Una vez allí, los afectados expondrán más ampliamente su caso y podrán obtener ayuda y consejos específicos.
“Tenéis todo el apoyo desde ya de toda la gente que está aquí, de la que está en la acampada y de las miles de personas que formamos ya el sindicato”, tranquilizan a los recién llegados. A la vez, les cuentan que cada persona ha de desarrollar su conflicto con su casero, aunque esté arropada por la organización, y reparten folletos donde explican los primeros pasos para hacerlo y las palancas en las que llevan trabajando durante años. La principal es el Nos quedamos.
El Nos quedamos es una herramienta de desobediencia por la que el inquilino apuesta por continuar en la casa más allá de lo que refleja su contrato ante una situación que considera injusta. “Es cuando decís: no tengo alternativa, es mi casa, me quiero quedar, negociemos”, apuntan los responsables del Sindicato. En este proceso es fundamental —advierten— seguir pagando cada mensualidad de la renta, a la vez que se desarrollan las conversaciones para intentar conseguir una extensión del contrato a precios razonables. Las negociaciones se pueden extender hasta dos años.
La experiencia y notoriedad alcanzadas por el Sindicato de Inquilinas de Madrid tienen influencia en estas negociaciones: “Imaginad si a vuestro casero le llega una carta firmada por nosotros”, explican en la asamblea para hacer notar la capacidad de presión con la que cuentan a día de hoy. “No es lo mismo luchar una persona sola y quedarte en tu casa que ser un bloque de 10 o 100 casas haciendo la misma estrategia, porque al final eso nos da el poder”, añaden. “Urbagestión no cambió de opinión por arte de magia ni porque empatizase... cambió de opinión gracias a la presión mediática y gracias a las masas”, recuerdan sobre el conflicto de Maricarmen. La mayoría de casos que abordan no trascienden a la opinión pública y solo son los más extremos como los de Maricarmen o los bloques en lucha (Valverde 42 o Mesón de Paredes 88, entre otros) los que llegan a los medios. Otros casos se han resuelto con su intermediación sin aparecer en las noticias, como ocurrió recientemente con los arrendados por la Casa de Alba.
Antes de finalizar la asamblea general y que los asistentes se dividan entre posibles afiliados con conflictos y voluntarios del activismo, el sindicato recuerda lo que está en marcha y por qué lo hacen: “Estamos llamando a una huelga general y de alquileres, porque necesitamos medidas estructurales, una nueva política de vivienda y seguir presionando desde las casas y desde la calle”, anuncian sobre la convocatoria del 11 de noviembre. “Las reformas institucionales que consigamos no van a venir de simple voluntarismo de los políticos”, advierten.
0