Un 'Rebelde sin causa' que agitó Madrid: el club donde el cineasta Nicholas Ray descubrió a Mari Trini o Los Brincos

Como si de un mesías se tratase, el cineasta Nicholas Ray abrió un club convertido en hervidero de la noche madrileña después de llegar a España a rodar Rey de reyes. La mastodóntica biografía de Jesús de Nazaret estrenada en 1961 fue uno de sus proyectos más ambiciosos, con medios (y exigencias) muy por encima de los que el director de Johhny Guitar (1954) o Rebelde sin causa (1955) acostumbraba. La película, encargada por el productor Samuel Bronston después de que John Ford lo rechazara, tuvo una suerte desigual. En España recaudó más de diez millones de pesetas, ayudada por la presencia en el reparto de figuras como Carmen Sevilla, pero en Estados Unidos el resultado estuvo lejos de igualar la pretensión de dar con una nueva Ben-Hur (1959).

A Ray, al menos, le sirvió para descubrir su pasión por España y en particular por Madrid. Aventurero por naturaleza, llegó a la capital en 1959 y a sus 48 años se instaló junto a su esposa, la bailarina Betty Utey, en un chalé en La Moraleja. Tenían de vecina a Ava Gardener, que se convirtió en una de sus amigas más cercanas y compañera de correrías. Cuando el rodaje de la epopeya bíblica acabó se marcharon, pero regresarían solo dos años después. Ray no tardó en proclamarse como uno de los grandes agitadores de la noche sesentera madrileña, dentro de los límites de efervescencia marcados por el tardofranquismo. Lo hizo en gran medida gracias a un negocio tan efímero como influyente: el Nickas, abierto en 1962. El nombre era ya toda una declaración de intenciones, ya que también podía leerse como Nick Ass. Es decir, “el culo de Nick”, el trasero del propio Ray...

Pudo dedicarse en cuerpo, alma y espíritu al club gracias al delicado momento profesional que atravesaba. El motivo de su vuelta a Madrid fue el rodaje de otra producción de Bronston, 55 días en Pekín. De nuevo fue el segundo plato, ya que esta vez David Lean había descartado comandar el proyecto. Si el rodaje de Rey de reyes fue errático, el de este drama de aventuras protagonizado por Gardner y Charlton Heston acabó con su carrera, al menos tal como la venía desarrollando hasta el momento.

Las imposiciones de la productora y los desprecios de Heston tumbaron a Ray, siempre empeñado en conservar su visión artística y de por sí propenso a las adicciones y la inestabilidad emocional. Como recuerda Marcos Ordóñez en un artículo publicado en El País, el cineasta acabó ingresado por una crisis coronaria en el Hospital Angloamericano, que atendía a los militares de Torrejón. Nunca culminó la película, que se terminó con otros directores, aunque la firmó. La experiencia le hizo dar un volantazo a su vida y entregarse a esas noches ociosas que siempre le apasionaron.

Cinéfilos, estrellas y grandes promesas

Se hizo con un local en el número 31 de la avenida de América, en el cruce con la calle de Cartagena, y no tardó en convertir este espacio del distrito de Salamanca en punto de encuentro para aficionados al cine y la música. Así lo recuerda Fernando Ramos en su libro Enfermos de cine. Una historia cultural de la cinefilia en España, 1947-1967 (Prensa Universidad de Zaragoza, 2024): “Pasaban el tiempo grupos de cinéfilos, escuchando jazz e intentando acercarse a su ídolo”. La figura de Ray, que tardaría en ser reivindicada en Estados Unidos, ya gozaba de una extraordinaria valoración en Europa y revistas como la francesa Cahiers du Cinéma le destacaban como un gran autor gracias a la mencionada Johnny Guitar o la también aplaudida En un lugar solitario (1950). Además, la muerte de James Dean apenas un mes antes del estreno de Rebelde sin causa convirtió en mito su película y le granjeó una enorme popularidad.

Pero el Nickas era mucho más que un lugar de discusión cultural. De hecho, no fue esta una de sus principales facetas durante los dos apenas años que se mantuvo abierto hasta un cierre precipitado por su caótica administración. Tampoco se restringía a ser “el club de los americanos”, como lo define Ordóñez, por mucho que recibiera visitas tan ilustres como las del actor John Wayne o el legendario trompetista Dizzy Gillespie. Nicholas Ray quiso utilizarlo sobre todo como un lugar para descubir y lanzar nuevos talentos. Apostó fuerte por el incipiente rock madrileño y fue de los primeros en girar los focos hacia bandas como Los Brincos o Los Pekenikes. Además de darles un escenario en el que actuar, proporcionaba audiciones a quienes veía con capacidad para entrar en el mundo del espectáculo.

Así lo destaca el escritor Miguel Fernández en su biografía de Mari Trini, Yo no soy esa que tú te imaginas (Penguin Libros, 2024). Claro que el autor, en su detallado repaso a la vida de la cantautora, centra las miradas en la relación entre Ray y la artista murciana: “En una de las fiestas de la alta sociedad madrileña a las que acude, Nicholas Ray conoce a una adolescente que quiere ser cantante. Sin pensárselo dos veces, le brinda la oportunidad de debutar en su local. Con la misma rapidez, la muchacha acepta el ofrecimiento; puede cantar en inglés o en francés e, incluso, acompañarse con su guitarra, pero deja claro que no quiere cambiarse de nombre. Se presentará con el suyo, Mari Trini”.

El responsable de Más poderoso que la vida (1956) quedó fuertemente impresionado por la presencia y determinación de María Trinidad Pérez de Miravete Mille, a la que convirtió en su protegida. La cantante llegó a contar que estuvo a punto de protagonizar una versión femenina y española del título más conocido del director: “Ray quería hacer una película del estilo de la que había rodado con James Dean, pero el rebelde sin causa tenía que ser una chica y mi imagen parece que le interesó”.

Sin embargo, la consumación del fracaso de 55 días en Pekín apartó a Ray de las cámaras. Se alejó para siempre de Hollywood, aunque filmó dos películas más que le permitieron experimentar. En Nunca volveremos a casa (1973, aunque con alteraciones hasta su muerte en 1979) combina todo tipo de formatos para convertirse a sí mismo y su figura en un personaje, a través de grabaciones propias y de los estudiantes de la Universidad Binghamton de Nueva York, a los que impartía clase. Por su parte, Relmámpago sobre el agua (1980) es una especie de testamento en el que el cineasta Wim Wenders sigue sus últimos días de vida, con un Nicholas Ray alejado de los hospitales y rodeado de sus mejores amigos.

El gran éxito de Mari Trini que acabó en decepción

Pero volvamos al Nickas. Es 1964, y aunque el negocio ya empieza a dar síntomas de agotamiento, Ray se entrega a potenciar la carrera de Mari Trini. La madre de la artista suscribe con el cinesta un contrato “de representación exclusiva de su hija para todo el mundo, en relación con sus actuaciones como cantante en radio, televisión y para la grabación de discos”. El documento, con una “duración indefinida”, recoge que “corresponderá al Sr. Ray dirigir las actividades profesionales de la Srta. Pérez-Miravete, con carácter exclusivo, determinando los métodos de explotación de su capacidad artística, así como la clase de trabajo a realizar en cada momento”. Tiempo después la intérprete de Una estrella en mi jardín describió las condiciones del acuerdo, que en la práctica convertía a Ray en su representante, como “leoninas”: “Me tenía que mantener, comprar el vestuario y, a cambio, él cobraría unos derechos de todo lo que pudiera ganar”, recoge la biografía de Miguel Fernández.

El director le consiguió actuaciones en Londres o París, pero poco a poco empezó a seguir su exitosa carrera en la distancia y la relación se deterioró. Mari Trini acabó relatando los aspectos más oscuros de este vínculo, como recapitula la biografía de Fernández: “Hubo un momento muy decepcionante porque me di cuenta, y esto lo puedo decir con toda sinceridad, que al final lo que había pasado es que este hombre se había enamorado de mí. Es lo clásico, lo que sucede siempre, aunque yo no me había dado cuenta, porque él tenía cincuenta y pico años y yo solo diecisiete. Lo comprendí el día en que no solo se insinuaba, sino que pretendió acostarse conmigo. A partir de ahí le dije que aquello no era así y desapareció nuestra relación y nuestro contrato”

Inestable y volátil por naturaleza, Ray dejó Madrid y el Nickas a finales de ese mismo 1964. Las buenas migas con grandes referentes de la crítica europea, sobre todo la francesa, la aleman y la italiana, le abrieron nuevas puertas que no duda en explorar. Las fuentes discrepan sobre cuál fue su siguiente destino. Según Marcos Ordóñez marchó a la isla de Sylt, al norte de Alemania. Miguel Fernández cuenta que marchó a París para colaborar en Cenizas (1965), drama bélico del cineasta polaco Andrzej Wajda.

En cuanto al Nickas, vivió una especie de epílogo, aunque renombrado como Sum-Sum y convertido en restaurante. Ray lo dejó en manos de su sobrino, el actor Sumner Williams, que cumplió con el famoso dicho “de tal palo, tal astilla”. Marcos Ordóñez lo define como “otro ser tan maravilloso como derrochador, idéntico a su tío”. El Sum-Sum tuvo “corta vida”. Según algunos registros, duró un tiempo similar al club que le precedió.

La del culo de Nick fue una historia breve pero intensa, como todo lo que hizo Nicholas Ray. En la cima de su carrera con 40 años recién cumplidos, luego conoció el otracismo para finalmente volver a ser reivindicado y valorado por la cinefilia. Aunque quizá la verdadera protagonista de esta historia es la mujer que tuvo que soportar sus vaivenes para labrarse una carrera. La cantautora que se alejó de su sombra para construir una carrera personal y poderosa en la que mandara ella misma. Como decía Mari Trini, “yo no soy esa que tú te creías / la paloma blanca que te baila el agua”.