Sigue impune: a 46 años del asesinato de Jorge Caballero por la extrema derecha con un machete a la salida del cine

Ir al cine con tu pareja un viernes por la tarde y resultar asesinado por tus ideas políticas. Esto es lo que le sucedió a Jorge Caballero Sánchez, una de las víctimas de la extrema derecha durante la Transición cuya historia es menos conocida que la de otras de aquellos años.

Jorge y su novia fueron el 28 de marzo de 1980 a ver La naranja mecánica en el cine Azul de la Gran Vía. A la salida de la proyección, intentaron coger un taxi para volver a casa, pero una decena de jóvenes, según crónicas de la época, los pararon. Se fijaron en la chapa con la A circulada de Jorge, que era militante de CNT, y empezaron a increparle.

“Mira, un rojo cabrón”, le espetaron, según recoge un relato de los hechos publicado por Diario 16. Otras crónicas incluyen el apelativo “anarquista”. Le rodearon y uno de los fascistas le abofeteó, desatando una espiral de violencia sobre el joven propio de la película de Stanley Kubrick. Le apuñalaron con un cuchillo de grandes dimensiones. Hay quien habla de un machete, o de un cuchillo de pesca dentado, utilizado a veces por los grupos fascistas durante aquellos años. Ya en el suelo, se ensañaron con él a base de patadas. Luego, se dieron a la fuga en dirección a la Plaza de España.

La pareja de Jorge había conseguido escapar y pedir ayuda a los conserjes del cine, que metieron al herido en el vestíbulo del Azul y llamaron a Emergencias. Jorge Caballero fue trasladado al Hospital Clínico, donde se debatió entre la vida y la muerte durante quince días.

La convalecencia en el hospital fue dura y se llegó a reponer de un infarto de miocardio producido durante su ingreso hospitalario. Finalmente, su cuerpo no pudo más y murió el 14 de abril víctima de una septicemia. Según declararon sus familiares, el joven mantenía la esperanza de salir de allí y poder identificar a sus agresores, cuyas caras recordaba.

El entierro de Jorge Caballero se produjo el 16 de abril al mediodía. Aunque el acto fue íntimo por petición de la familia, posteriormente se produjo una concentración, convocada por CNT, a la que acudieron unas 2000 personas, según publicaba la prensa confederal de la época.

Las investigaciones apuntaron rápidamente a los cachorros de Fuerza Joven (rama juvenil de Fuerza Nueva), formada en su mayoría por adolescentes de familias acomodadas del centro de Madrid. Muchos provenían de un núcleo inicial que se había llamado Sección C, que emulaba a los escuadristas fascistas de los años treinta. Dos de los detenidos eran de familias militares conocidas. Queipo y Saliquet, que fueron sacados del proceso judicial. Entre los abogados, encontramos al yerno de Blas Piñar, que también defendió a los asesinos de Yolanda González.

José Juan Llobregat, alias Loco, fue identificado como el autor de la cuchillada que alcanzó el hígado y un pulmón de Jorge. Huiría del país (presuntamente auxiliado por Ricardo Alba, subjefe de Fuerza Nueva) hacia Santo Domingo, como otros asesinos de la extrema derecha del momento.

Tras más de siete años de espera, los únicos dos encausados entre la decena de personas detenidas iniacialmente fueron juzgados, pero se enfrentaron a cargos de desórdenes públicos y fueron condenados a pagar multas de 50.000 pesetas. Aunque la acusación pedía 17 años de cárcel para ellos, el juez estimó que no había pruebas de su participación en el asesinato y, en cambio, castigó las “pintadas y la agitación callejera” que los chicos habían hecho ese mismo día por la cercanía del 1 de abril (Día de la Victoria para los franquistas). Ni CNT ni otras organizaciones sindicales pudieron personarse como acusación popular porque se les pedía 3.400.000 pesetas de fianza para ello.

La sentencia, donde no se mencionaban organizaciones ni ideologías políticas, es un buen ejemplo de cómo se trataron de despolitizar muchos de los crímenes cometidos por la extrema derecha durante los años de la Transición. Solo en los últimos años, historiadores como Sophie Baby o Gonzalo Wilhelmi han elaborado censos de asesinatos en los que participaron la extrema derecha y elementos de los cuerpos de seguridad del Estado, contándolos por centenares y desmintiendo el mito de la Transición pacífica.

En 2015, el periódico El País localizaba en Santo Domingo a Llobregat. “Es un deportista nato. Su pasión es el golf. Ha ganado competiciones en el campo Isabel Villas  de Santo Domingo, donde reside con su esposa y dos hijos. Tiene 51 años y trabajó hasta hace dos en un holding familiar de construcción. En la capital del país caribeño, donde pasa por ser el hijo de un adinerado clan, nadie conoce su secreto. De lo que pasó no se habla en mi familia, confiesa uno de sus seis hermanos”, comenzaba el artículo de Joaquín Gil.

La crónica de Diario 16 a la que hemos hecho referencia mencionaba que una semana después se produjo una agresión similar en el mismo lugar. En aquella ocasión, la víctima fue un joven argelino, que prefirió no denunciar los hechos después de ser atendido en una casa de socorro, probablemente por su condición migrante.

Los jóvenes fascistas, que aquel día iban pertrechados con nunchakos y otras armas blancas, eran habituales en el centro de Madrid, que reclamaban como zona nacional, y tenían uno de sus puntos de encuentro en la sede que Fuerza Nueva tenía en la calle Mejía Lequerica.

Un mes antes que Caballero, habían asesinado a Yolanda González y a Vicente Cuervo (cuya memoria ha tardado muchos años en ser reivindicada también). Aquel Primero de Mayo, las víctimas tuvieron una presencia importante, y, precisamente después de una manifestación del 1M, fue asesinado por el Batallón Vasco Español Arturo Pajuelo, de la Asociación de Vecinos de Orcasitas.

En el momento de escribir este artículo, Jorge Caballero Sánchez carece de página propia en Wikipedia. Ha pasado ya más de un cuarto de siglo de su asesinato a la salida del cine y el crimen, impune, aparece de vez en cuando en artículos de prensa sin que se haya llegado a convertir nunca en uno de los atentados más conocidos del periodo. Es, sin embargo, uno más de los que conviene recordar para entender.