OPINIÓN
El vendedor de aguacates de la esquina y eso que llaman 'immobility turn' mirado desde el barrionalismo
Los paradigmas intelectuales –modas de época, en el fondo– se construyen con los mimbres de la observación y yo hoy me he quedado un rato mirando disimuladamente al vendedor de aguacates de la esquina. Cuando me mudé a este barrio, va camino de las dos décadas ya, eran miembros de la misma familia quienes ocupaban el lugar a diario. Algunos de los personajes originales siguen asistiendo cada día a su puesto de trabajo informal. Permanecen parados, conversando con la gente de paso detrás del cajón donde exponen el género. Siempre con el rabillo del ojo alerta de la policía municipal.
Stop. No pretendo estar construyendo paradigma alguno, ni si quiera estar elaborando un análisis sesudo. Pero sí me viene a la cabeza una de esas perspectivas propias de las ciencias sociales que se está utilizando últimamente a la hora de estudiar nuestras sociedades y el devenir de las ciudades. Lo llaman immobility turn y, obviamente, es una reacción a algo que antes se nombró mobility turn.
Definir la ciudad a partir de sus flujos, de lo que se mueve, es algo que se ha hecho muchas veces a lo largo de la historia y que resultaba muy adecuado para un mundo globalizado, descrito machaconamente por el movimiento contante de personas, capitales, bienes e información.
Andábamos ya poniéndole pegas al asunto con las protestas por los impactos negativos del turismo masivo y un planeta que se nos cae a cachos cuando, de repente, llegó la pandemia y mandó parar.
Es en esta época post confinamiento cuando hemos empezado a mirar con mayor atención a lo que permanece. Las infraestructuras, las políticas sanitarias o la calidad de vida de los lugares son puntos de amarre sin los cuales no podría darse la famosa movilidad. Nadie viaja en el vacío fuera de las novelas de ciencia ficción, ni los erasmus ni quienes llegan impelidos por catástrofes y guerras.
Trasladando el enfoque al barrio, que es un territorio intrínsicamente local, uno se percata de que esos amarres son también lo que permanece quieto en su sitio. El comercio de proximidad –mucho más que el vendedor de aguacates–, instituciones locales como la biblioteca pública o el mismo vecindario. Lo que permanece quieto en un contexto que nos apremia a movernos todo el rato, cuanto más rápido mejor.
Paradójicamente, esos amarres que permiten que el barrio sea un espacio de sociabilidad basado en la vecindad, son con frecuencia alpiste para para las rapaces devoradoras de barrialidad. Las identidades nacidas de la interacción cotidiana pueblan las webs de los nómadas digitales y los portfolios de los ojeadores inmobiliarios.
Ellos –sean quienes sean, cada vez son más seres sin rostro – son vendedores de nuestras vidas. Empaquetan los contextos que creamos sin pretenderlo como experiencias y los ponen en el mercado. Que se lo digan al viejo rockero de Malasaña que empezó a salir en postales sin saber cómo o al senegalés que, un buen día, escuchó la música de su comunidad como banda sonora en un reclamo publicitario de Lavapiés. Perdonen los topicazos.
Aunque la desposesión continua pueda resultar descorazonadora, ¿qué otra cosa nos queda que seguir mimando el entorno y cultivando nuestras relaciones en él? Habrá que seguir haciendo barrio, aunque sintamos la sombra de los buitres volando sobre nuestras cabezas.
Habrá que juntarse para estar quietos –muy distinto es a que no sucedan cosas– y constituirnos en amarres, boyas y puertos de arribada en el barrio. A nuestra perspectiva de cerca, sin presbicia, podríamos decirle una mirada barrionalista del immobility turn. Pero también podríamos pensarnos como comandos cuya acción consiste en hacer corrillos en la calle, conspirando frente al cajón de los aguacates.