Cuando el Mundial se celebra en el país del soccer y hasta las artes marciales movilizan más que un partido de fútbol
Ya lo dijo Donald Trump el lunes ante los periodistas con el presidente francés, Emmanuel Macron: “Llamé anoche, muy tarde, para felicitarle [a Macron] porque un luchador francés ganó en la categoría de peso pesado. No sé, ¿quizás eso sea más importante que el Mundial de fútbol? Para algunos podría serlo; para algunos podría serlo. Tienen un equipo muy bueno, pero también tienen buenos luchadores”.
En efecto, para el propio presidente de EEUU, amigo de Gianni Infantino, máximo dirigente de la FIFA, quien creó un premio de la paz para hacer feliz a Trump e instaló sus oficinas en la Torre Trump de Nueva York, una velada sangrienta en la Casa Blanca de artes marciales mixtas es equivalente o superior a un Mundial de fútbol que se está celebrando en su propio país.
Estados Unidos es así: es un país en el que al fútbol, bautizado como tal por sus creadores británicos en 1863, se le llama soccer, porque para cuando el fútbol europeo llegó a EEUU ya existía aquí una variante del rugby llamada fútbol. Y ellos se quedaron con la abreviatura de la Association Football, que en Inglaterra se le llamaba assoc-er, término que acabó en “soccer” –frente al Rugby Football, que coloquialmente se le llamaba “rugger”–.
Y esa disfunción, entre una Copa del Mundo de fútbol en un país en el que esa palabra se usa para describir otro deporte, se traduce en muy poco interés en un país en el que ya se celebró un Mundial en 1994.
Por ejemplo, la asistencia media a los campos de la principal Liga estadounidense, la Major League Soccer (MLS) es de 22.109 espectadores por partido, mientras en España, por ejemplo, la asistencia media es de un 50% más, 31.018 espectadores, y la Bundesliga registra prácticamente el doble, 42.305 espectadores.
Y ese desinterés se siente en las calles de la capital, donde solo muestran su afición los seguidores de equipos extranjeros, que se arremolinan en los bares tradicionales para ver los partidos en Washington DC. O, incluso, en algunos espacios comunitarios, como la plaza de Mount Pleasent, el barrio tradicionalmente latino en DC, que con el tiempo se ha ido viendo gentrificado, pero en el que los vecinos que organizan las actividades de la plaza colocan una pantalla gigante conectada a un ordenador para ver el partido mientras sobrellevan las altas temperaturas en la calle.
El interés de los vecinos en esta pequeña plaza de barrio contrasta con la desangelada Fan Zone de la FIFA instalada en el National Mall de la capital, cerca del Capitolio. Allí, hay bares, pero con cervezas a 14 dólares, y perritos calientes, a 8, y colas para entrar porque, claro, en este país para traspasar cualquier puerta hay controles de armas y registros de las bolsas y mochilas.
Algunos de los asistentes a los partidos explicaban que era recomendable acudir con bastante margen, para que la cola de entrada no te impida ver el inicio de los partidos. La Fan Zone, además, se ha instalado como parte de las actividades para celebrar el 250º aniversario de la independencia de EEUU, como también lo fue la sangrienta velada de artes marciales mixtas de la UFC en la Casa Blanca el pasado domingo.
“Si observamos lo que ha sucedido con el fútbol en Estados Unidos, el soccer, que nunca lo llamamos así”, reconocía hace unos días el propio Trump, “ya que entra en conflicto con otro deporte que recibe ese mismo nombre. Pero, si lo pensamos bien, ¿no debería llamarse así realmente? Esto es fútbol; no cabe duda. Tenemos que buscar otro nombre para lo de la NFL”.
Pero ese comentario de Trump no parece que vaya a tener mucho recorrido: el fútbol en EEUU es la NFL, con 69.050 espectadores por partido, más del triple que la MLS, por más que ahora tenga estrellas como Messi o Luis Suárez. Y la Super Bowl LX registró una audiencia media de 124.9 millones de espectadores en EEUU, con picos de más de 137 millones. Frente a eso, el soccer es un deporte menor, por detrás del fútbol, el béisbol, el hockey, la NBA... en incluso la UFC, según Trump.