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“Pausa de hidratación”: los tiempos muertos que cambian la esencia del fútbol

El entrenador de Inglaterra, Thomas Tuchel, da instrucciones a su equipo durante una pausa de hidratación en su partido contra Croacia.
30 de junio de 2026 21:57 h

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Hasta este Mundial los minutos 22 y 67 de un partido eran como cualquier otro. Pero en este campeonato en los estadios de México, Estados Unidos y Canadá se han establecido como los minutos de la nueva “pausa de hidratación”, una novedad en todos los partidos que no había existido en el último siglo de mundiales.

Vayamos por partes. Entiendo perfectamente la necesidad de proteger a los jugadores cuando las temperaturas son extremas. No es fácil competir bajo un calor sofocante. En esos casos, detener el partido unos minutos para que los futbolistas nos podamos hidratar no solo tiene sentido, es una cuestión de salud. Sin embargo, viendo algunos encuentros de este torneo, todos nos preguntamos si todas las pausas responden realmente a esa necesidad. Y la respuesta evidente es no.

El fútbol siempre ha sido un deporte diferente porque no se detiene. Esa continuidad forma parte de su esencia. No hay tiempos muertos para reorganizarse cuando las cosas van mal ni pausas para enfriar al rival cuando está dominando. El juego fluye, con sus momentos de control, de sufrimiento y de caos. Y precisamente ahí reside buena parte de su riqueza. Por eso las pausas de hidratación tienen un impacto mucho mayor de lo que parece desde fuera. Cuando el árbitro detiene el encuentro, el partido cambia. El equipo que estaba imponiendo un ritmo alto pierde parte de su impulso. El que estaba sufriendo encuentra una oportunidad para respirar. Los entrenadores reúnen a sus futbolistas, corrigen movimientos, ajustan presiones y reorganizan estructuras. En apenas tres minutos, un encuentro puede transformarse. Y aquí aparece una contradicción interesante.

Llevamos años escuchando que el fútbol quiere aumentar el tiempo efectivo de juego. Se persiguen las pérdidas de tiempo, se añaden descuentos cada vez más largos y se introducen medidas para evitar interrupciones innecesarias. El mensaje es claro: el balón debe estar en juego el mayor tiempo posible. Entonces, ¿por qué aceptamos estas pausas reglamentarias que detienen el partido durante varios minutos? La cuestión no es si deben existir cuando el calor es extremo. La pregunta es si son necesarias en todos los escenarios en los que se están aplicando.

Porque en muchos encuentros disputados por la noche, en estadios cubiertos con aire acondicionado o en temperaturas lejos de ser extraordinarias, cuesta entender que la razón principal sea exclusivamente física. No lo es. La razón es económica. Las pausas son un producto televisivo. Permiten introducir publicidad, generar nuevos espacios comerciales y ofrecer una ventana adicional a patrocinadores y retransmisiones. No hay nada especialmente sorprendente en ello: el fútbol moderno convive con una dimensión económica enorme y no podemos ignorarlo cuando analizamos este tema.

El fútbol está incorporando poco a poco algo que durante décadas rechazó: el tiempo muerto. Una herramienta que modifica la gestión emocional de los partidos, altera la dinámica competitiva y ofrece a los entrenadores una capacidad de intervención que antes no existía. Es posible que esta evolución sea inevitable -el deporte cambia constantemente-, pero al menos debemos preguntarnos qué gana y qué pierde el juego con cada una de esas transformaciones. Porque algunas pausas sirven para beber agua. Otras sirven para cambiar partidos. Y otras, la esencia de un deporte.

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