Román Piña, escritor y editor: “A uno lo satisfacen más los libros en los que ha puesto el corazón”
Un beso en un portal / un abrazo ¡hasta mañana! / ¡qué hombre me sentía / cuando a ti te acompañaba! / Tú lo eras todo, / y yo no era nada. / Pisábamos los charcos / ¡tan lejos estabas! De esta canción de Golpes Bajos, 'Cena recalentada', ha extraído Román Pilla Vals (Palma de Mallorca, 1966) el título de su última novela, 'Pisábamos los charcos' (Ediciones del viento, 2024), galardonada con el XXVIII Premio de Novela Ciudad de Salamanca. 'Pisábamos los charcos' es una entrañable, hermosa, lírica, agridulce novela de memorias donde Román Piña narra o evoca, con un esfuerzo por llegar al tuétano de los hechos que se pone de manifiesto en las propias páginas, un par de años de su juventud, los del tránsito a los estudios superiores, que fueron también los de un tránsito desde su Palma de Mallorca natal a su Valencia universitaria.
En esta Valencia inquieta y artística de alrededor de 1985, 1986, el protagonista pasa por distintos alojamientos, amigos, amigas, amores y no amores, canciones de Golpes Bajos y películas de Hitchcock. Sobre todo, atraviesa una juventud a la vez pletórica y chamuscada de idealismos románticos, sueños literarios y cartas que no llegan. Aprovechamos el reciente paso del autor por Murcia y la presentación de su novela en Libros Traperos para saber más sobre esta época y su elocuente plasmación en libro.
Al que canta 'Cena recalentada' le recibe su madre y le disuelve de un plumazo la magia que le dejó la noche: ¿Dónde has estado? / ¡mira qué facha! / ¿qué horas son estas? / ¡vete a la cama! Ya que has usado esta canción para titular tu novela, me preguntaba qué relación estableces entre ambas. ¿Le espetarías eso mismo al protagonista de tu novela, Cristian, si lo vieras aparecer ahora, volviendo de un de sus derivas nocturnas por Valencia, con la cabeza llena de canciones y fantasías?
Los pocos discos de Golpes Bajos ya publicados, sonaban en el walkman de Cristian en sus paseos solitarios nocturnos por el centro desierto de Valencia, inicios del 86. En ese momento especial, en que abandona la calidez de un colegio mayor para asomarse a la soledad de una pensión (valga como metáfora de la soledad en el mundo), se abriga con la voz de Coppini, se hermana con el caminante “jocoso y contento” de la canción “Travesuras de Till”, de la que salen muchos títulos de capítulos de la novela. En la pensión, Mami, la patrona, no tiene que llamar al orden nunca a Cristian por llegar tarde. Lleva una vida bastante responsable. Tiene diecinueve años. La canción en realidad estaba pensada para alguien de catorce, creo yo.
'Pisábamos los charcos' puede inscribirse en el género memorialístico o de autoficción, ¿no es así? En cualquier caso, es una novela que rescata el pasado. Pienso que, para algunos escritores, la juventud es el tiempo de cosechar la literatura y la madurez el tiempo de recogerla. ¿Lo es en tu caso? ¿Qué necesidad o impulso mueve a un escritor a recuperar episodios concretos de la propia vida y qué valor crees que tiene para el lector recibir esta clase de legado?
Aposté por hacer una novela con un peso absoluto de la memoria, pero con voluntad de ser relato y no una acumulación de recuerdos. Hay escenificación e invención de los momentos que uno solo es capaz de recordar borrosamente. La literatura consigue hacerlos vivos y nítidos. Estos dos años de un joven que entra en la veintena, en mi caso fueron novelescos. Lo sabía entonces, pero hasta los 55 años no he me sentido capaz de rescatarlos como novela, incluso lo había descartado. Siempre hay un detonante inesperado que pone en marcha las cosas. Para el lector tendrá valor si consigo meterlo en el mundo de Cristian y se lo pasa bien acompañándolo.
La novela reconstruye, o revive, el día a día en un piso compartido de la calle Joaquín Costa, que se convierte en centro neurálgico de intensas relaciones y vivencias. Una época que ya desde dentro se sintió como excepcional e irrepetible. En el origen del proyecto, ¿qué te proponías contar exactamente? ¿Qué recursos tenías a tu alcance, aparte de la traicionera memoria, para ilustrar esta etapa de tu vida?
Me proponía, en especial, ahondar en cómo entiende Cristian el amor humano, el enamoramiento, y por qué lo entiende así. Es un joven virgen, que lee a Platón y literatura religiosa, de modo que tiene su propia teoría de cómo se debe amar. También quería hacer un canto a la amistad. Para levantar esta casa me vino muy bien la madera de un diario en el que fui anotando brevemente sucesos vividos en aquellos meses.
Hemos hablado de memorias, pero 'Pisábamos los charcos' es también una novela de formación, como todas las que narran la juventud. Pienso que es una novela sobre el aprendizaje de vivir que puede servir como parte del aprendizaje de morir: desprenderse del pasado, dejarse ir, despedirse de los amigos. De hecho, la novela tiene su origen en la enfermedad de un amigo, ¿verdad? ¿Cómo te has sentido respecto a ese pasado y a las personas que lo pueblan una vez escrita la novela?
Está dedicada a Pedro García Gómez, que lleva cinco años enfermo de ELA. Tuve que bajar a un pozo muy hondo para sacar el agua para estas páginas, quiero decir que ese Cristian y sus cuitas y esos amigos y esos amores existieron en un tiempo muy breve, de modo que fue un ejercicio casi de exhumación. Camino de la senectud, y con un hijo de veinte años, me temo que tuve un ramalazo de nostalgia. Fue un descenso a un Elíseo, el lado feliz del inframundo. Lo disfruté mucho. Cristian lo llevó algo peor, en su momento.
Háblanos del papel de Murcia en la novela, esa ciudad de donde nunca llega carta alguna.
Cristian se enamora de una murciana de diecisiete años. Le escribe una carta declarándose en términos casi patológicos, mendigando permiso para hacerla su musa. Pero no recibe respuesta. Luego viajará a Murcia tres veces en los meses siguientes.
Es la situación perfecta. Como es un amor imposible, no puede salir mal. Así explica el protagonista, con su habitual ironía, su experiencia del amor como culto a la amada, como un camino de perfeccionamiento espiritual. ¿Cómo valoras esta actitud desde la perspectiva adulta?
Al cabo de unos años, Cristian (esto no sale en la novela), se inspiró en aquella historia para escribir un poema que dice: “lamento no tener la foto que me diste para mirarla ahora con lujuria”. Humor y golfería aparte, por un lado hay que mirar con ternura al enamorado ingenuo e idealista, y por otro hay que lamentar que no recibiera una bofetada a tiempo para, al menos, haberle ahorrado a la musa murciana los sermones de confesor.
¿Cuánto tiene el amor cortés de sentimiento natural, espontáneo, y cuánto de mito literario y cultural que se va reciclando siglo tras siglo?
No sé si la implicación emocional de los jóvenes cuando se atreven a iniciar relaciones de amor está ahora más controlada, si se ponen más escudos… yo quiero creer que no. Que el amor es siempre igual en todo siglo y lugar. No depende de ideologías, no lo deforman discursos. Se vive de distintas formas según son las personas, no sus educadores o sus circunstancias. Acabo de leer la celebrada 'Comerás flores', y la enamorada y maltratada protagonista, una joven de hoy, ha crecido con las historias románticas de Jane Austen en el pecho. La vacuna feminista funciona solo a veces. No hay garantías.
También encontramos esta curiosa fórmula: creer en el amor, no en el enamoramiento. ¿Puedes explicarla?
Cristian es un joven “padawan”, lleva años aprendiendo a dominar la fuerza. Qué amar y cómo y cuánto es solo una cuestión de músculo, de entrenamiento, de costumbre. En cambio, enamorarse es un cataclismo, te arrasa, te deja en una pendiente a un palmo de un mar de lava, como le pasó a Anakin Skywalker. Y acabas sin piernas.
¿Realmente te hiciste pasar por el príncipe y coló? ¿Qué podrías contarnos de esa increíble escena?
No, ese episodio es pura ficción. Es verdad que ese personaje, el pianista Patricio Pizarro, visitaba a la vecina también pianista del edificio, y que fuimos a un concierto suyo. Pero no hicimos ninguna gamberrada.
Eres un escritor de extensa trayectoria, con 18 libros publicados. Narrativa de distintos géneros, poesía... ¿Estás más contento con unos libros que con otros? ¿Coincide tu nivel de satisfacción respecto a los libros con la fortuna que hayan tenido de ventas y crítica? ¿Qué tal te llevas, en ese sentido, con 'Pisábamos los charcos'?
De esos 18 (¿en serio? No los tengo contados), me satisfacen los que nacieron como libros, de modo que se caen de la satisfacción dos colecciones de artículos, y un opúsculo con chistes o aforismos llamado 'Museo del divorcio'. A uno lo satisfacen más los libros en los que ha puesto el corazón, incluso por encima de los libros que lo han curado, que ha escrito por necesidad o incluso por reto artístico. Hay una mezcla de eso en Gólgota, en Sacrificio, en Stradivarius Rex y en Una heroína intergaláctica. Las ventas y la crítica, si las hay, son satisfacciones de menor peso.