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Y, sin embargo, la ciudad

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Quizá este artículo ya lo había escrito. O, al menos, había escrito algunas de sus partes sin saber que pertenecían al mismo artículo, lo cual es una forma bastante habitual de pensar: comprender solo después de llevar tiempo pensando en ello.

He hablado de la vivienda. De esa pretensión que parecía modesta y un derecho —tener un lugar propio—, que empieza a convertirse en un privilegio. También he escrito sobre el deambular. Sobre caminar sin rumbo por una ciudad, una extraña forma de posesión: hacer nuestro un lugar sin quitárselo a nadie.

Lo pienso desde hace tiempo. Seguramente desde mucho antes de saber que lo pensaba. Jumilla fue mi patria chica. La infancia. Mi primera medida del mundo. Allí me crié tomando la fresca.

Murcia ha sido la casa de la que siempre me fui y a la que siempre volví. Madrid me enseñó el anonimato, pero también la libertad de ser uno más entre la multitud. Londres fue la inmensidad y la convivencia con lo diferente; también esa extraña intimidad de saberse solo entre millones de personas. Las Palmas de Gran Canaria llegó después. Fue vitalidad, y allí comprendí también la gravedad que estaba adquiriendo el problema de la vivienda. Los precios. La dificultad de permanecer.

Porque la precariedad residencial no consiste solo en no tener casa. Consiste también en vivir bajo la sospecha de que mañana quizá no puedas seguir viviendo donde hoy has hecho tu vida.

Y vuelvo a Jumilla.

Tomar la fresca era muy poca cosa. Se sacaban las sillas a la puerta cuando caía la tarde. Los mayores hablaban. Los jóvenes estábamos allí. Alguien pasaba y se detenía. Nadie había quedado con nadie y, sin embargo, todos acabábamos encontrándonos.

Durante mucho tiempo pensé en aquello como se piensa en las cosas de la infancia, con esa indulgencia que concedemos a lo perdido. Ahora creo que había algo más. Aquella silla ocupaba unos metros de calle con absoluta naturalidad. Nadie compraba el derecho a sentarse. Nadie tenía que justificar su presencia. La calle servía para pasar, desde luego, pero también para quedarse.

Y acaso una ciudad empiece a dejar de ser nuestra cuando quedarse en ella exige siempre alguna contraprestación. No se trata de idealizar aquel tiempo. También había desigualdades, exclusiones y controles sociales que la memoria suele olvidar. Pero existía un uso cotidiano, improductivo, incluso ocioso, del espacio común.

Se podía sencillamente estar.

Ahí empieza, me parece, el verdadero problema de la vivienda. Hablamos de alquileres, hipotecas, metros cuadrados, precios. Es inevitable. Pero una casa no termina en sus paredes. Habitar significa poder permanecer en un entorno. Llegar al trabajo. Encontrar una escuela. Disponer de una plaza. Caminar. Encontrarse con alguien.

Una vivienda digna exige algo más que un techo. Se puede tener casa y haber perdido la ciudad. Porque la ciudad tiene valor y ese valor puede convertirse en precio. El barrio se convierte en una inversión. La vivienda, en activo. El centro histórico, en marca. Hasta la autenticidad puede acabar vendiéndose.

Y entonces sucede algo paradójico: aquello que hace atractivo un lugar termina expulsando a quienes contribuyeron a que así fuera. No siempre mediante un desahucio. A veces basta con transformar lentamente los usos, los precios, las costumbres, hasta que alguien descubre que sigue viviendo en el mismo sitio, pero ya no vive del todo en el mismo lugar.

La terraza sustituye a la silla. El visitante al vecino. La experiencia a la vida cotidiana. Una calle puede seguir siendo jurídicamente pública y resultar cada vez menos común.

La cuestión no es impedir que las ciudades cambien, sino preguntarse para quién cambian. Una plaza rehabilitada, un barrio más limpio, una calle peatonal pueden ser magníficas noticias. Pero hay algo profundamente contradictorio cuando quienes deberían disfrutar de esas mejoras ya no pueden permitirse vivir junto a ellas.

La ciudad es, además, conflicto. Encuentro y encontronazo. Personas que llegan. Personas que se marchan. Personas que quisieran quedarse. Quizá por eso desconfío de la ciudad excesivamente ordenada, donde cada espacio prescribe lo que debemos hacer, cada presencia necesita una finalidad y, para permanecer, casi siempre hay que consumir. Una ciudad así empieza a parecerse demasiado a un producto.

Y entonces, cuando este artículo estaba prácticamente escrito, ocurrió una de esas casualidades que pertenecen a la materia misma de las ciudades.

Antes de entrar al Teatro Circo de Murcia, hablé con Inma Miralles cuya mirada artística mira de verdad y no solo ve. Íbamos a ver El caso del amor fantasma, escrita y dirigida por Pablo López Pellicer, una obra sobre la fragilidad de ciertos vínculos y la responsabilidad que implica admitir que el otro está ahí. Mirarlo, no solo verlo; sostenerlo, no solo con palabras, sino también con acciones.

Después, al llegar a casa, observé los cuadros de Inma y leí sus poemas. Ella había mirado la ciudad antes de que yo escribiera estas páginas. Yo conocí su mirada cuando ya estaban casi escritas. Y, sin embargo, acabaron encontrándose.

También eso es una ciudad: vidas que se cruzan sin haberse citado.

En Fulgor nocturno los edificios se amontonan bajo un azul intenso. No aparecen personas, aunque parecen estar todas dentro. En Ciudad cuerpo la arquitectura se vuelve materia: rugosa, herida, casi orgánica.

El título contiene una intuición poderosa: la ciudad es cuerpo porque se vive con el cuerpo. Se camina. Se roza. Se ocupa. Se padece.

Y está el poema. Un hombre frente a una columna. Un cuerpo que parece descomponerse. La materia reclama una semántica. Y de pronto quedan esas palabras: «y, sin embargo, la ciudad».

Fue inevitable recordar aquel «y sin embargo» de Sabina sobre el amor. Algo parecido ocurre con las ciudades. Nos cansan. Nos enamoran. Nos encarecen la vida. A veces nos expulsan. Otras nos sostienen.

Y, sin embargo, la ciudad.

Tal vez porque la ciudad sea precisamente eso: esos cruces. Inma y yo hablando antes del teatro. Londres entre desconocidos. Madrid y el anonimato. Murcia como regreso. Las Palmas como vigor. Jumilla y unas sillas en la calle.

El Derecho sabe proteger la propiedad. Sabe ordenar el suelo. Sabe regular los arrendamientos. Pero no solo sirve para ordenar lo que existe. El Derecho también es una forma de imaginar.

Puede imaginar cómo queremos vivir juntos. Qué queremos proteger. A quién estamos dispuestos a ver. Qué cosas no estamos dispuestos a convertir en mercancía. Puede imaginar, incluso, que habitar una ciudad implica algo más que disponer de los recursos necesarios para pagarla.

Si no siempre lo hace, quizá no sea porque no pueda. Quizá sea porque sobre esa mirada prevalece otra: una mirada que mide antes de comprender, que calcula antes de cuidar, que pregunta cuánto vale un lugar antes de preguntarse quién puede vivir en él.

Y cuando esa mirada se impone, la ciudad deja poco a poco de ser el lugar donde vivimos para convertirse en el lugar del que alguien obtiene rentabilidad.

Por eso el problema no es solo jurídico. Ni solo económico. Es también una cuestión de imaginación: decidir qué ciudad consideramos posible y, sobre todo, digna de protección.

Quizá tomar la fresca no vuelva. Tampoco importa demasiado. Las costumbres desaparecen y otras ocupan su lugar. Sería absurdo pretender que una ciudad siguiera siendo aquella en la que fuimos niños solo porque aún recordamos cómo era.

Porque lo importante nunca fue la fresca: era aquella silla. O, mejor: la naturalidad con la que podíamos ponerla en la calle y quedarnos allí. Sin comprar nada. Sin justificar nada. Sin demostrar que aquel pedazo de ciudad nos perteneciera.

Por eso, la pregunta decisiva no es cuánto vale una ciudad, sino quién todavía puede sentarse en ella.