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La defensa de los animales es distinta de la conservación de las especies

El objetivo de atesorar especies no parece tener en cuenta el valor inherente de los individuos que las conforman

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El 24 abril se publicaba “Face Recognition: Primates in the Wild”, sobre un nuevo software de reconocimiento facial de ciertos primates en “peligro de extinción” (PrimNet), entre los que se incluye lémures, monos dorados y chimpancés. Su objetivo es el de asistir a investigadores y conservacionistas en su reconocimiento, de una forma menos invasiva, para facilitar su monitorización. Lo que se pretende con ello es intervenir en el entorno de estos animales revirtiendo el descenso de sus poblaciones, las cuales son víctimas de la pérdida de sus hábitats.

El vídeo que muestra la lucha desesperada de un orangután por salvar su hogar contra la máquina que lo está devastando, es una buena prueba de la fragilidad de los demás animales a manos de los intereses de miembros de nuestra especie. A ello que habría que añadir causas, tales como  la caza (contra la que son de destacar ejemplos como el de las guerreras veganas Akashinga) y el tráfico con sus vidas, o la introducción de enfermedades entre otras.

Medidas como la mencionada al inicio del texto benefician a dichos animales en tanto que individuos. Ahora bien, las mismas no son llevadas a cabo por este motivo, sino por un interés en conservar las especies a las que pertenecen. Esta es una preocupación que hoy en día es muy común. En el siglo XIX empezó adquirir relevancia la importancia de atesorar especies distintas. Como consecuencia de dicha idea se desarrolló una inquietud destacable en la lucha por la conservación de “algunas” de las que pertenecen a la clasificación referida.

El conflicto entre la ética animal y la ética ambiental, objeto de la tesis doctoral del abogado especializado en derecho animal Daniel Dorado, es manifiesto. En este sentido, hay que distinguir entre la conservación de las especies, propia del ecologismo y la defensa de los animales que las componen. Esta última ve a los animales como individuos concretos, que sienten y sufren. Puede haber ciertos casos puntuales en los que la conservación de las especies ayude a algunos animales, como en el que hemos visto arriba.

Pero hay muchos otros en los que no es así, o incluso en los que se daña a los animales para conservar las especies, como ocurre en el caso de las matanzas por motivos ecologistas de animales que se considera que tienen poblaciones altas, o cuando se llevan a cabo programas de reproducción de animales de los que quedan pocos individuos en zoos. El artículo publicado por Catia Faria, “Muerte entre las flores: El conflicto entre el ecologismo y la defensa de los animales no humanos”, no deja dudas al respecto.

En este sentido habría que destacar dos cuestiones: por una parte, el hecho de que una especie, como categoría taxonómica ideada por los humanos, no puede verse afectada en sentido literal. Por otra, el objetivo de atesorar especies no parece tener en cuenta el valor inherente de los individuos que las conforman, quienes sí son capaces de sentir y por lo tanto de poseer intereses, tal y como establece la Fundación Ética Animal.

Como consecuencia de lo anterior cabe plantearse: si no es la protección de los intereses de los miembros de las especies que han resultado seleccionadas los que motivan su elección y seguimiento, ¿a quienes pertenecen los intereses que se pretende satisfacer? Y, lo más relevante, puesto que quienes sentimos lo hacemos por igual, ¿qué prejuicio justifica que sean más importantes que los de aquellos que sí pueden verse afectados, con independencia de la especie a la cual pertenezcan?

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