Carmen Ruano, psicóloga: “Los límites a los niños sirven como barrera cuando funciones como el autocontrol están en proceso de maduración”

A diario solemos tener que lidiar con situaciones de “desobediencia” por parte de los niños. Es normal que esto ocurra cuando se encuentran en la etapa de consolidación de su individualidad. Las pequeñas luchas de poder son una parte inevitable de la crianza: se trata de querer quedarse despiertos hasta tarde, comer helado para desayunar, cruzar solos la calle aunque sean muy pequeños o querer más tiempo frente a la pantalla en el caso de los más mayores. 

Las dudas, dificultades y contradicciones a la hora de educar a los niños son una parte intrínseca a todo este complejo proceso de su desarrollo. Y es aquí donde entra en juego una parte importante de todo este camino: los niños necesitan límites y reglas que les ayuden a conocer sus posibilidades, hasta dónde pueden llegar y qué se espera de ellos. Se trata, sobre todo, de proporcionarles un marco de referencia, fronteras claras y consistentes, establecidas con respeto. 

Por qué son importantes los límites

Nos guste o no, establecer límites a nuestros hijos es parte de la vida cotidiana. De forma natural, queremos protegerlos, ayudarlos a construir relaciones respetuosas y que aprendan a cuidarse. “Los límites que ponen los adultos sirven como barreras que mantienen al niño encarrilado en el buen camino: aprendizaje de autocuidado, tareas de la casa, horarios saludables, hábitos de sueño y de alimentación, educación, respeto a la autoridad…”, explica Carmen Ruano, psicóloga infantojuvenil de Aliv Psicólogos.

Seguramente alguna vez hemos intentado que nuestro hijo pause su videojuego a la hora de cenar, o hemos pretendido que un niño pequeño nos dé la mano para cruzar la calle. Estas situaciones no siempre fomentan un clima tranquilo. Sin embargo, los límites y las normas apropiadas son los que brindan a los niños una sensación de seguridad, coherencia y confianza. 

Establecer límites significa definir reglas y expectativas claras y apropiadas para su desarrollo. Los límites pueden establecerse por motivos de seguridad o disciplina, pero su propósito es siempre guiar al niño, no controlarlo. Deben, por tanto, ser fáciles de seguir y comprender y, además, tienen que ser consistentes y coherentes.

Un límite es algo que imponemos, que indica lo que consideramos apropiado o no, y lo que toleraremos o no. Ayudan, además, a crear un espacio seguro tanto para los adultos como para los niños. Para Ruano, los límites son “su aprendizaje para su vida futura adulta, que les permitirá ser funcionales e independientes”. 

Un límite no es un castigo

Los niños necesitan apoyo y seguridad para crecer, espacio para cometer errores y, al mismo tiempo, necesitan ser guiados y apoyados para aprender la lección, no asustarlos ni castigarlos para que obedezcan. La gran diferencia entre un límite y un castigo radica en que “un límite es una norma definida, que ayuda a los adultos a guiar la conducta del niño”, matiza Ruano, mientras que un castigo es “una consecuencia por un mal comportamiento, normalmente limitado por normas que el niño conoce y se salta a conciencia”. 

El castigo y las recompensas no son la forma de establecer límites. Como explica Ruano, “el cerebro de una persona no llega a su completo desarrollo hasta la etapa del adulto joven, por lo que las funciones cognitivas de los más jóvenes, como el autocontrol, están en proceso de maduración. Y los límites sirven como barreras”. 

Los castigos pueden ser de dos tipos: “positivos, cuando se da algo que no gusta, como un grito o una tarea extra, y negativos, cuando se quita algo que gusta, como algún juego o tiempo para estar con los amigos. El problema es que los castigos en exceso generan una habituación en el niño, que termina por darle igual las consecuencias de su comportamiento y dejan de funcionar”, advierte Ruano. 

Entre la crianza permisiva y la autoritaria

No siempre es fácil establecer límites claros y consistentes. Es común preguntarse: ¿somos demasiado permisivos? ¿O demasiado estrictos? Encontrar el punto medio puede ser un verdadero desafío. La parte más importante es entender que estamos guiando, no castigando. Por tanto, el tono de voz y el lenguaje corporal son tan importantes como las palabras. “Comunicar con tranquilidad, cariño y respeto fomentará que el niño escuche y tenga en cuenta la norma”, afirma Ruano. 

En este sentido, explicar “el porqué del límite le ayuda a comprenderlo y la probabilidad de que lo respete será más elevada que si se impone directamente”, reconoce la especialista, que admite además que tampoco es “necesario explicarlo en exceso, aunque si este pregunta de forma tranquila el porqué, darle una explicación puede servir para afianzar tanto la norma como la relación de confianza y respeto con el adulto”.

Establecer límites no es fácil. Cuántas veces al día decimos “¿No!” o “¡Para!”. Es común caer en esta trampa cuando el trabajo y las tareas nos absorben en el día a día, pero a menudo no son las que enseñan a los niños lo que queremos que hagan. Adaptar nuestro lenguaje para enseñarles lo que pueden hacer en lugar de lo que no pueden hacer puede ayudar a poner fin a la lucha de poder, redirigiéndolos con calma. 

Aquí podemos caer en el mismo error que con los castigos: el exceso de límites puede “generar una ‘rebeldía’ ante la norma, dando lugar a problemas de conducta desafiante”, advierte Ruano. Aunque también es cierto que el otro extremo “también puede generar mucha rigidez, perfeccionismo y autoexigencia en el niño, que le podría llevar a tener niveles elevados de ansiedad y baja capacidad de adaptación a situaciones impredecibles o novedosas”, afirma Ruano. 

Qué pasa si no ponemos límites a los niños

La clave para establecer límites es el equilibrio: fijar demasiados también puede ser contraproducente, ya que es posible que el niño se sienta restringido y, por tanto, se rebelará. Imponer muchos límites puede impedir el desarrollo de la responsabilidad, la iniciativa y la capacidad de tomar decisiones. Los niños deben poder “experimentar ciertas situaciones no peligrosas y aprender de los errores, dentro de ciertas normas, que a veces pueden ser flexibles”, matiza Ruano. 

Que estos sean alcanzables, realistas, mostrarnos constantes, claros y concisos, dar ejemplos positivos y aplicar consecuencias puede ayudar a la hora de establecer límites, porque su aprendizaje “a veces requiere tiempo, por lo que la paciencia y la comprensión por parte de los adultos es importante”, afirma Ruano.

Cuando un límite no ha quedado claro, o más aún, cuando es inexistente, hay mucha discusión y negociación, se abre un gran agujero que el niño trata de llenar con intentos interminables de mantener a los padres involucrados o de lograr que hagan lo que él quiere. Para Ruano, un niño que se cría sin límites “tiende a tener problemas de conducta que le generará dificultades para adaptarse a situaciones y resolver problemas cotidianos cuando sean adultos”. Por tanto, “una falta de límites tiene un impacto en la funcionalidad de la persona en el futuro y en el seguimiento de normas, impactando a uno mismo y a los demás”, concluye Ruano.