Niños que estallan al llegar a casa: qué hay tras este cambio brusco y cómo proceder según los expertos
Desde el colegio confirman que el día ha ido bien. Sin embargo, por la tarde, el niño llora con facilidad, está irritable o reacciona con intensidad ante una pequeña contrariedad. La familia recibe dos versiones que parecen difíciles de encajar: la de los profesores, que no han observado dificultades, y la que vive en casa. ¿A qué puede deberse esa diferencia?
Andrea Simal González, psicóloga responsable del área infantil y familiar de la clínica ÍTACO, en Madrid, recuerda que el bienestar que percibimos durante la jornada escolar es lo que observamos desde fuera. Para comprender su comportamiento, hay que conocer lo que sucede tanto en el colegio como en casa.
El esfuerzo de la jornada escolar
Prestar atención, seguir instrucciones, adaptarse a las normas, relacionarse con los compañeros y resolver conflictos supone afrontar demandas académicas, sociales y emocionales. Según Simal, ese esfuerzo puede generar cansancio, malestar o frustración. Con esa carga, al volver al hogar puede resultar más difícil regular las emociones, tolerar contratiempos o responder con flexibilidad.
La psicóloga lo compara con lo que puede ocurrir a los adultos después de un día cargado de conflictos o situaciones complejas que requieren un esfuerzo para afrontarlas. Según indica, tras una jornada así puede resultar más complicado gestionar una problemática menor al llegar a casa, incluso aunque el entorno sea más tranquilo, relajado y tenga menos demandas de las que se han afrontado durante el día.
Misma dificultad, dos entornos distintos
Simal plantea otra posibilidad: un mismo niño puede responder de manera diferente ante situaciones similares según dónde se encuentre. Frente a una tarea complicada, por ejemplo, tanto su reacción emocional como su comportamiento pueden variar entre el colegio y el hogar.
Para explorar esa diferencia, propone averiguar qué ocurre en las interacciones de cada espacio y si ha aprendido estrategias diferentes en cada entorno. Esta explicación no excluye la influencia de las experiencias escolares: “Son hipótesis que no tienen por qué ser incompatibles la una con la otra”.
Un mismo niño puede responder de manera diferente ante situaciones similares según dónde se encuentre
También cuentan la edad y los recursos de cada niño. Entre los seis y los doce años se producen numerosos cambios y avances en el desarrollo, destaca la experta. En esas edades, las habilidades para afrontar las exigencias del día pueden ser muy diferentes. Al valorar estas reacciones, Simal pide atender a las diferencias individuales y a la etapa en la que se encuentra cada uno.
En ocasiones, añade, necesitan más tiempo para procesar una experiencia desagradable, responder a ella o comunicar lo sucedido. Por eso, el malestar puede manifestarse después de la situación que lo provocó, incluso si ocurrió en días anteriores.
Para comprender estas reacciones, Simal propone fijarse en qué ocurre antes del llanto o la irritabilidad, cómo interactúa el niño con el entorno en ese momento y qué sucede después. Recomienda, además, recabar información del profesorado y de otros adultos de referencia que lo vean afrontar situaciones similares a las que generan dificultades en casa.
Esta profesional presenta estas posibilidades como orientaciones para saber dónde mirar, no como una interpretación que pueda darse por válida de antemano. Comprender cada caso requiere valorar conjuntamente lo que sucede en la familia y en el colegio.
Cuándo la descarga merece más atención
Marta López Alfayate, doctora en Psicología y psicóloga general sanitaria especializada en infancia y adolescencia en ALFA (Salamanca), apunta que durante las horas de colegio el niño puede contener el malestar. Esperar su turno, aguantar un conflicto en el patio o frustrarse con una tarea son algunas de las situaciones que menciona.
El niño puede seguir con la jornada sin mostrar lo que le ocurre porque, como expresa la especialista, “en clase hay que seguir”. Al volver a casa, donde se siente seguro y está con alguien de confianza, puede expresar lo que ha contenido durante las horas anteriores. “Que llore por una tostada mal cortada a las cinco de la tarde no habla de la tostada. Habla de que en casa puede”, resume.
Que llore por una tostada mal cortada a las cinco de la tarde no habla de la tostada. Habla de que en casa puede
Para López, la descarga en sí no es un problema. Al valorar estas reacciones, la psicóloga se fija en el patrón de las tardes a lo largo del tiempo, en lugar de centrarse en la intensidad de un día concreto. Contempla cuatro aspectos: si el niño consigue recuperarse, con qué frecuencia sucede, si el malestar se extiende a otros momentos y cómo están viviendo los adultos la situación.
Para detallar la recuperación, plantea el caso de un niño que, después de una rabieta de veinte minutos, retoma la tarde: merienda, juega o habla del colegio. López lo considera una muestra de regulación. Distinto es que el malestar se prolongue durante toda la tarde y no consiga recuperarse. “La descarga ya no cumple su función”, advierte.
Respecto a la frecuencia, sitúa dentro de lo esperable un mal día a la semana o una racha de dos semanas al comenzar el curso. En cambio, aconseja prestar más atención si las reacciones aparecen casi a diario durante más de un mes, sin un cambio reciente que ayude a entenderlas. Entre esas circunstancias menciona una mudanza, la llegada de un hermano o una separación.
También propone observar si ese estado aparece en otros momentos del día. Dormir peor, tener dolor de barriga por las mañanas, dejar de querer quedar con amigos o resistirse a ir al colegio son señales que llevan a la especialista a considerar que lo que sucede por la tarde ya no se explica solo por cansancio.
La doctora en Psicología recuerda además el caso de un niño de siete años al que atendió por “rabietas al salir del cole”. Según relata, detrás de esas rabietas había un problema con dos compañeros que había pasado inadvertido en el aula, donde el niño no daba problemas.
La vivencia de los padres también forma parte de esa valoración. Que sientan que ya no consiguen calmar a su hijo o que sus intervenciones empeoran lo que ocurre es otro elemento que valora. “Ese dato pesa tanto como los otros tres”, señala.
Si después de una rabieta de veinte minutos, el niño retoma la tarde: merienda, juega o habla del colegio, puede considerarse una muestra de regulación. Distinto es que el malestar se prolongue durante toda la tarde y no consiga recuperarse
Cómo acompañar la vuelta a casa
En la llegada al hogar, López propone empezar por bajar el ritmo. Su consejo es reservar la primera media hora sin deberes ni preguntas sobre cómo ha ido el día. “Merienda, cuerpo, presencia”, sintetiza.
Si las tardes mejoran en un par de semanas con ese cambio, la psicóloga lo interpreta como una descarga. Si no mejoran o aparecen los indicios anteriores, aconseja hablar con la tutora y, si hace falta, con un profesional. Para ella, dar ese paso “no es exagerar: es llegar a tiempo”.