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Dime algo, chica: ¿eres feliz en este mundo moderno?

En estos tiempos en los que la realidad parece tan inaprensible, quizás la ficción sea una de las pocas amarras que nos queden para acercarnos a lo que es verdad

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Fotograma de la película 'Green Book'.

En estos tiempos líquidos en los que la realidad parece tan inaprensible y la ideología para explicar lo que nos pasa ha sido desplazada por la no ideología –esa ideología del sistema que es la peor de las ideologías–, quizás la ficción sea una de las pocas amarras que nos queden para acercarnos a lo que es verdad. Lo explicaba, creo, Rodrigo Cortés: ¿por qué JFK de Oliver Stone es una obra maestra? La conspiración que relata es más rocambolesca y disparatada de lo que en realidad fue. Y, sin embargo, es incuestionable que el magnicidio de Kennedy no fue la idea de un lobo solitario. La película no pasa la prueba del fact-checking y sin embargo hay en ella mucha verdad. Por eso funciona tan bien JFK.

En la reciente Green Book hay una historia real, pero ¿cuánto hay de verdad sobre el segregacionismo que se vivió en Estados Unidos en los años sesenta? La película habla del viaje al sur de un músico negro de clase alta que contrata a un italoamericano para que haga de conductor durante una gira de conciertos para blancos ricachones. La película es conciliadora, dicen los críticos: la amistad vence a los prejuicios raciales. Yo me aventuraría a decir que es complaciente. En Green Book el racismo es un problema personal más que un conflicto político, y los buenos sentimientos –y no la conciencia colectiva y la lucha fraternal– parecen ser la solución. El resultado es una película edulcorada e inofensiva que gusta a todo el mundo –también a mí– porque reconforta en vez de incomodar.

A Roma de Cuarón le pasa algo parecido. Cuarón homenajea a Cleo, la criada que tuvo su familia cuando era niño en el México de los años setenta. Abnegada y sumisa, Cleo está entregada a la familia: sin vida propia, durmiendo dentro de la casa, y chantajeada emocionalmente por el cariño de sus empleadores. "Inmediatamente después de profesar su amor por ella y hablar con ella como 'iguales', le piden abruptamente hacer trabajo doméstico o que les sirva algo", escribe Zizek. Como argumenta Anthony Lane en The New Yorker, Cuarón evita explicar las motivaciones que llevan a esa actitud subordinada y leal de Cleo, y prefiere soslayar la ira popular de la época que aparece sólo como parte del paisaje. Aunque en la película se vislumbran las contradicciones de clase, Cuarón es, en cierta medida, buenista y complaciente. Roma es una carta de amor a la criada de su familia pero escrita más desde la culpa –y de cómo redimirla– que desde la justicia.   

Mucho más inquietante es La Favorita de ese pirado llamado Lanthimos. Una película en la que las mujeres son las protagonistas del poder en la Corte y los hombres ejercen de jarrones chinos, aunque –como apostilla Muñoz-Rojas en El País– "la inversión del patriarcado, el sueño de muchas mujeres de verse ellas en el lugar privilegiado de los hombres, termina tornándose en pesadilla". Inevitable no acordarse de Margaret Thatcher y de cómo las masculinidades tóxicas han dominado las esferas de poder hasta el punto de que durante mucho tiempo se haya considerado inevitable la idea de que sólo se puede gobernar con el discurso y las actitudes rebosando testosterona. Afortunadamente, eso está cambiando.

En Infiltrado en el KKklan y Vice, el vicio de poder también se esconde verdad: las similitudes del racismo de Trump con los zumbados del capirote y lo injustificable de la guerra de Irak. Aunque no existe una fórmula matemática para esto. La verdad puede aparecer en el recodo más inesperado. Estás viendo, por ejemplo, una historia tan trillada en tópicos como Ha nacido una estrella, y cuando Jack invita a Ally al escenario y cantan juntos, sabes que en esa canción también hay verdad:

"Dime algo, chica

¿Eres feliz en este mundo moderno?

(...)

Dime algo, chico

¿No estás cansado de llenar ese vacío?".

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