eldiario.es

9

Coriolano

El ambiente de decadencia y la creciente desigualdad social nos emparentan con la Roma de los primeros años de la República

Plano general del Congreso de los Diputados en la primera sesión. / Marta Jara

Plano general del Congreso de los Diputados en la primera sesión. | Marta Jara

TS Eliot aseguraba que Coriolano era la mejor obra de Shakespeare. Esto a TS se lo perdonamos porque TS era un genio, o creía que era un genio, y los genios, ya se sabe, no pueden ir por ahí diciendo que su obra favorita de Shakespeare es Macbeth, o Hamlet, o Julio César o R&J, porque esas se las ha leído todo el mundo y los genios no están para compartir gustos con la niñera o con el fontanero que les arregla las cañerías cuando las atoran con tanto talento fluyente. A TS, que competía, o creía competir, con Shak por la cima de la gloria de la lengua anglosajona, le venía bien destacar una obra arrinconada a la sombra de las grandes creaciones del tío William. En realidad nadie en su sano juicio puede considerar siquiera la posibilidad de que Coriolano sea la mejor obra de un hombre que escribió El rey Lear.

Coriolano, escrita alrededor de 1607, es una obra difícil de clasificar. Los críticos suelen incluirla entre las tragedias, aunque tiene un poco de sátira, política a espuertas, un rato de mala leche y muy pocos muertos. Lo que tenemos aquí es la historia de Cayo Marcio, un legendario general romano de los primeros tiempos de la República. A diferencia de otros personajes de Shakespeare, carece de dobleces aparentes, aunque terminará por doblarse. Se trata de un hombre orgulloso y valiente, que posee la arrogancia que dan las victorias y un concepto del honor peculiar.

Cayo Marcio tiene muy claros sus principios: es un aristócrata en guerra contínua contra la plebe, a la que sueña con matar de hambre. Tras derrotar a los volscos, una tribu vecina, y conquistar su capital, Coriolis, regresa triunfante a Roma convencido de que la victoria le dará acceso al consulado. Sin embargo, los tribunos sublevan al pueblo, que tiene motivos de sobra para oponerse a Cayo Marcio, y le impiden acceder al cargo. El general, que después de conquistar Coriolis ha adoptado el nombre de Coriolano, se dirige de nuevo al territorio de los volscos, esta vez para aliarse con ellos y marchar contra Roma al frente de un ejército extranjero. Derrota a su patria, la asedia y se muestra inflexible ante las súplicas de sus antiguos conciudadanos. Solo detiene su ataque cuando su madre y su esposa le ruegan que dé media vuelta. Coriolano se rinde y regresa a tierras de los volscos con la capitulación de Roma en la mano y la certeza de que sus viejos enemigos lo van a condenar a muerte por haber mostrado clemencia.

Los tiempos duros requieren serenidad, inteligencia, objetivos definidos y coherentes, gente capaz de ver más allá de allí donde terminan sus manos para captar las necesidades de la época y actuar en consecuencia. No future.

Lo interesante de Coriolano es el ambiente de desencanto y derrota que impregna toda la obra. Shakespeare dibuja a un protagonista inflexible, valeroso en la guerra pero ciego ante el sufrimiento de sus semejantes, a un pueblo ignorante, manejado por unos tribunos sin principios, puteado por una nobleza clasista que solo piensa en sus privilegios y unos militares que utilizan la guerra como instrumento de poder. La Roma de Coriolano es una Roma que se desmorona y mira con impotencia como sus enemigos aprovechan sus debilidades internas sin que nadie sea capaz de actuar más allá de su interés personal y de su egoísmo. En resumen: no future.

Hablamos de la única obra de Shakey que ha sido prohibida en una democracia: Francia, años 30, por el uso perverso que los fascistas hicieron del protagonista y de sus discursos contra el pueblo. Hay quien ha visto en Coriolano una defensa de la mano dura de los generales, que saben que para mantener al pueblo a raya no hay nada como la marcha y el látigo. También se puede pensar todo lo contrario: que Coriolano es un ataque a quienes aspiran al poder absoluto, una obra escrita hace cuatrocientos años que aprovecha un contexto histórico muy concreto para denunciar los peligros de un poder ejercido de manera ruin y soberbia.

Coriolano es ambigua, porque se mueve en el terreno que pisan los genios. Uno no se convierte en el mejor escritor de la historia porque sí. En Shakespeare todo tiene otra vuelta de más. Siempre hay un más difícil todavía. La obra funciona como una nube negra que cubre a una sociedad polarizada, llaga viva donde Shak pone el dedo: todo está podrido. Y tiene para todos. Como si nos dijera, mirad, tiempos duros y complejos requieren hombres y mujeres capaces de actuar con serenidad, inteligencia, objetivos definidos y coherentes, gente capaz de ver más allá de allí donde terminan sus manos para captar las necesidades de la época y actuar en consecuencia. Ahora mirad esto, ¿que veis?: no future.

Ese ambiente oscuro de Coriolano permite ciertas analogías inquietantes. El olor a decadencia que se cuela por las rendijas de las ventanas y la creciente desigualdad social nos emparentan con la Roma de Cayo Marcio. O puede que sea por la falta de miradas realistas, proyectos a largo plazo y por esa sensación de que todo se va improvisando sobre la marcha, pegándole patadas a los problemas, siempre hacia delante, hacia el futuro, que nos atrapará en algún momento. Puede que para entonces, cuando comprendamos qué ocurre, los volscos estén ya a las puertas de la ciudad. Roma suplicó clemencia. Y después fue capaz de reconstruirse aprobando leyes que redujeron la desigualdad que amenazaba con hacer saltar su sociedad por los aires. Nosotros, ¿qué haremos?

- Publicidad -

Comentar

Enviar comentario

Comentar

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha