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Economías de la violencia

Un elemento lógico en un debate —una mediación— desata una tormenta en la política institucional, cada vez más hundida en el marco violento de la ultraderecha. 

La llegada del ‘Open Arms’ a Algeciras / Foto: Olmo Calvo

La llegada del ‘Open Arms’ a Algeciras / Foto: Olmo Calvo

Al principio de todo está la relación entre diferentes, la diferencia. Por eso una cierta violencia es inevitable. Porque convivir entre distintos nos provoca, casi siempre, una “acción y efecto de violentar o violentarse” y nos fuerza, en diferentes medidas, a actuar “contra el natural modo de proceder”. La diferencia nos hace sentirnos, en mayor o menor medida, violentos, lo cual no significa, ni mucho menos, que hayamos de ser agresivos.

¿Se pude eliminar la violencia? Tal vez sólo en una especie de Arcadia de la homogeneidad —distopía totalitaria, en la práctica— donde no existe la disonancia y no hay rozamiento. No creo que podamos vivir en la no-violencia absoluta más que al precio de erradicar la diferencia, y ni siquiera. Porque siempre surgirán divergencias que generen incomodidad, que nos saquen, en buen parte por fortuna, de nuestro “natural modo de proceder”. Por ello, parece más apropiado reconocer que la violencia, estando al principio, a la base, de la mano de la diferencia, no se puede anular y que, a lo sumo, podemos hacer economías de la violencia que eviten violencias mayores.

Nuestra vida personal y nuestra vida colectiva debieran ser, así, economías de la violencia: tratar de gestionar los disensos, intentar habitar en las diferencias que, por definición, entrañan dificultad… esa maravillosa dificultad llamada “relación”. No nos engañemos, borrachos de socialdemocracia y tibieza —Las Víctimas civiles, dixit—: no es fácil, aunque merezca del todo la pena, convivir con personas que piensan y sienten de otras maneras, no digamos de otras culturas… incluida la cultura política. Pero no hay nada que merezca tanto la pena como hacer justicia a la verdad de nuestra existencia, que no es otra que la relación entre diferentes, violencia incluida.

Dicho esto, es fácil observar que asistimos a una realidad política protagonizada por una economía de la violencia que, lejos de buscar aminorarla, la intensifica sin tregua: se busca, en todo caso, y esto concediendo que se busque, la paz por aniquilación de la otredad. Proliferan las ideas y comportamientos totalitarios, de quienes aspiran a una paz de lo homogéneo parida a golpe de agresividad, construida sobre la masacre del otro. Así está ocurriendo, por ejemplo, en el conflicto nacionalista entre España y Catalunya.

Esta mala economía de la violencia se ha puesto de manifiesto, por ejemplo, en la novedad informativa de la semana: el relator gate. De un lado, parte del PSOE accede, aunque con la boca pequeña y no menos torpeza comunicativa,  a que haya una figura de facilitación o mediación, algo que es hoy en día habitual en todo esfuerzo por superar un conflicto entre partes; de otro, la derecha nacionalista española en bloque decide por ello tirarse a las calles —en una invasión partidista del que debería ser espacio de la sociedad civil— y convocar una manifestación contra la “felonía —Casado y su vocabulario medieval, usando términos de la época del vasallaje—. Pagan el viaje a quien lo desee, parte de él dinero de todas para su trabajo en el Parlamento, dopando los resultados de la protesta de antemano, práctica que antes les afearon a otros. Y los tertulianos, una vez más, alimentando el monstruo: hasta Iñaki Gabilondo, por lo regular un analista mesurado, ha hablado esta semana de “un gol de Torra por toda la escuadra”.

Un ejemplo, pues, de una economía de la violencia que la alimenta, la violencia de quien quiere escalar el conflicto mientras tapa, paquí pallá, sus miserias y corrupción: mala economía de la violencia. La derecha española, cada día más totalitaria “sin complejos”, no está dispuesta a negociar absolutamente nada con el independentismo catalán, optando por lo que podríamos llamar, irónicamente, una economía de la violencia capitalista —de crecimiento y acumulación— con el objetivo de acallar al otro y, por supuesto, tapar su corrupción. No van a renunciar a este nicho electoral y, en todo caso, su Arcadia sería un mundo sin diferentes, en el que sólo hubiera “españoles”, como diría Rivera.

Pero es que, en una especie de demencia esquizoide, Sánchez, al tiempo que defiende el diálogo en Catalunya, ha optado por obrar de modo bien distinto en la cuestión de Venezuela y, contra las tesis defendidas por una larga lista de políticos e intelectuales que abogan por una mediación respetuosa con la soberanía nacional venezolana, ha optado por reconocer a Guaidó alineándose, quiera o no, con el “imperialismo humanitario” —expresión de Jean Bricmont— norteamericano, extremando la posibilidad de violencia hasta el nivel de que se cierna sobre Venezuela, tras un golpe de estado, una amenaza de guerra cuyo objetivo —todo el mundo lo sabe— es el petróleo.

El colofón es que Sánchez opera con una mano en el imperialismo humanitario y con la otra en la inhumanidad más flagrante. Mientras dice preocuparse por el pueblo venezolano, el Open Arms y el Aita Mari permanecen en puerto por una injustificable imposición del gobierno y en el Mediterráneo Central campan a sus anchas la inhumanidad y la muerte. Mientras, España se suma a la formación de la brutal guardia costera libia.

La cobardía política y el uso partidista de la cuestión de las migraciones, muestra de que han comprado el marco de la ultraderecha, hacen que el Gobierno se comporte como si considerase a quienes están ahora mismo ahogándose en el Mediterráneo como seres no-humanos, sub-seres que no merecen el humanitarismo que proclaman para con el pueblo venezolano. ¿Cómo entender si no sus decisiones? Como dice Oscar Camps, fundador de Open Arms, el resumen de estas políticas es “que se mueran abandonados en el mar, que se mueran abandonados en un perverso campo de refugiados o que se mueran en el campo de concentración que financiamos en Libia, pero que se mueran”, no hay otra manera de leer su subtexto.

Violencia en progresión geométrica… mala economía. No se atisba en el bipartidismo y su recambio quien sepa hacer de la diferencia una negociación, que sepa trabajar por la violencia menor.

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