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Empatía a la española

En la era de las redes sociales, estamos más que nunca subyugados por un 'lo nuestro' individual que huele de lejos a soledad.

Una persona sin hogar tumbada en la calle

Una persona sin hogar tumbada en la calle. | EFE

En los años 50, el psicólogo Lawrence Kohlberg planteó una serie de etapas en el desarrollo moral recogidas en tres fases. A grandes rasgos, distinguía una primera fase pre-convencional, en la que la persona juzga los acontecimientos según le afecten a ella, seguida de la convencional, en la que se guía por las convenciones sociales, y, por fin, la post-convencional, máximo desarrollo, caracterizada por la capacidad de distinguir la justicia y el derecho —y sus discordancias—, y el manejo de principios éticos universales basados en que las personas son fines en sí mismas, atendiendo a su dignidad y a la igualdad en Derechos Humanos. Por cierto, que la psicóloga Carol Gilligan le afeó la limitación a sujetos masculinos, repitió el experimento con mujeres, y elaboró con ello su teoría sobre el predominio de la ética de la justicia en varones y del cuidado en mujeres… pero esto ya es otro asunto.

Esta semana hemos tenido una nueva entrega de los resultados mensuales del Barómetro del CIS. Matiz arriba y abajo, el CIS es un buen instrumento para vernos en radiografía, para sopesar nuestras preocupaciones y establecer, por ejemplo, aplicando la clasificación de Kohlberg, qué tipo de sociedad componemos, de qué calidad moral.

En primer lugar, repasemos las principales preocupaciones —se trata de una pregunta de respuesta espontánea—: el paro inquieta a un 65% de conciudadanos, algo completamente lógico en un país de camareros/as con una tasa de paro de un 17% y un empleo cada vez más precario; sin embargo, este asunto se valora de forma bastante individual porque, por ejemplo, la reforma laboral, causante de esta situación, importa concretamente nada, un 0.0%. Detrás del paro, van la corrupción y el fraude (31.5%) y los políticos en general, los partidos y la política (27%) que suman un muy alarmante 58.5% de descontento con la calidad de nuestra democracia. En el cuarto puesto, Cataluña que, tras el 155, en vez de preocupar más, preocupa menos. En quinto lugar, se encuentran los problemas de tipo económico, y en el sexto y séptimo, ya a cierta distancia, rondando el 7% la educación y la sanidad. 

Ahora, lo que yo quisiera destacar es lo que queda en cola, las preocupaciones arrinconadas en este ranking de angustia existencial a la española. Veamos, ¿qué temas son los grandes perdedores según el CIS? Allá van: refugiados, un 0.1%, es decir, que solo dos personas de las en torno a 2.489 entrevistadas señalaron que la insoportable crisis humana y de valores que estamos viviendo es un problema de primera importancia; desahucios, 0.2%, y eso que en España se desahucian del orden de 190 familias por día con el consecuente drama vital desencadenado; "problemas relacionados con la mujer" —yo ahí entiendo "machismo"— 0.3%, aunque, eso sí, la "violencia de género" preocupe al 1.5%, lo cual me hace pensar que no se acaba de entender que el terrorismo machista es la cúspide de la pirámide de la violencia, a no ser que ese curioso ítem, "problemas relacionados con la mujeres", se refiera a… No sé, no me alcanza la imaginación.

La indiferencia de la ciudadanía española ante cuestiones tan relevantes, y ante otras como la pobreza severa de gentes muy jóvenes o de avanzada edad inundando las aceras de nuestras ciudades, que ni siquiera aparece, cuestiones que tienen tanto que ver con la vida vivible, con los valores, con la humanidad, me hace pensar que España, así, en trazo grueso, no alcanza ni de lejos el máximo desarrollo moral, el nivel post convencional. Parece que somos un país un tanto egoísta, individualista, en el que ha triunfado el 'Sálvese quien pueda'. Que una cosa es que en tiempos difíciles hay que sobrevivir y otra, muy diferente, que seamos más bien pasotas con el extremo dolor ajeno.

Pero es que, además, estas problemáticas perdedoras vienen aderezadas en el Barómetro de noviembre con preguntas relativas a la implicación social en colectivos, asociaciones, causas… A nuestra calidad como sociedad civil. Y ahí el panorama se ensombrece más, ya lo creo, y los españoles nos acercamos peligrosamente al estadio pre-convencional, propio de los infantes de entre 4 y 6 años y de adultos éticamente poco desarrollados. Un 90% de las personas encuestadas no pertenece a nada de nada, es decir, sobrevive al estilo individual y el que no pueda que arree… o lo siente por el resto en la intimidad y que las cosas se arreglen ya-si-tal. La principal razón que se esgrime para no participar es la falta de tiempo, un argumento comprensible, pero la segunda, la que considero ligeramente escandalosa, es que "tienen cosas más importantes que hacer", a saber, las suyas. Moral pre-convencional premium, individualismo medalla de oro.

Curiosamente, este perfil cambia cuando se pregunta a la gente sobre internet: un 24.4% lo usa para contactar con organizaciones y un 29.2% para firmar o adherirse a campañas. Somos post-convencionales virtuales, solidarios de Facebook, revolucionarios de Twitter, ciudadanía activa en modo "Asistiré".

La filósofa Marina Garcés, entre otras muchas y muchos pensadores en este convulso comienzo de siglo, señala que el tema de nuestro tiempo es la defensa una vida vivible, algo que incluye lo humano y lo medioambiental —por cierto, la preocupación por el planeta, nuestra casa, se lleva un triste 1.1%... y eso que nos asamos en otoño—, aunque también reconoce que somos ciudadanos idiotas en un mundo smart. Era planetaria: todos conectados, pero no hemos sido capaces de empatizar, de desarrollar una preocupación ética por el otro, una actitud de tendencia universalista, recíproca y acogedora. En la era de las redes sociales, estamos más que nunca subyugados por un 'lo nuestro' individual que huele de lejos a soledad.

A ver el Barómetro de diciembre. Fun fun fun.

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