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¿Cuándo se fastidió Cantabria?

Las causas del declive de Cantabria son profundas, se remontan a hace más de medio siglo y se encuentran en las carencias de nuestra estructura productiva.

La comunidad autónoma ha perdido, en los últimos 50 años, alrededor de una cuarta parte de su peso en la economía española.

Hace tiempo escuché a un amigo argentino decir que, en el mundo, existen cuatro tipos de países: los países desarrollados, los subdesarrollados, los países en vías de desarrollo… y Argentina, que sería un país en vías hacia el subdesarrollo. Esta ocurrente frase (que, no obstante, no era original suya) hace referencia, con mucha sorna, al declive económico sufrido por Argentina. Un país que, tras una interminable sucesión de crisis económicas, políticas y sociales, pasó de contar con uno de los niveles de vida más altos del planeta, hace apenas cien años, a ser superado por decenas de naciones europeas, asiáticas y latinoamericanas. Ante ello, en aquel país, parafraseando el inicio de una novela de Mario Vargas Llosa, han sido numerosas las reflexiones que han planteado la pregunta: ¿Cuándo se jodió la Argentina?

En Cantabria, sin llegar, ni mucho menos, al grado de deterioro económico que ha sufrido Argentina, también tenemos una cierta sensación de declive. Un lamento, muy extendido, por un esplendor que perdimos un día, arrastrado por el viento de alguna borrasca. Lo que no nos ponemos de acuerdo es en precisar cuándo ocurrió ese declive, ni en a quién culpar. En esta historia, como casi siempre, parecen existir tantas versiones como visiones políticas. Ante ello, me parece oportuno realizar un análisis a largo plazo de la trayectoria económica de nuestra comunidad, con el objetivo de responder, con datos, a la pregunta de: ¿En qué momento se fastidió Cantabria?

El gráfico 1 muestra la evolución, desde 1950, del PIB por habitante de Cantabria, en comparación con dos comunidades autónomas de nuestro entorno (Asturias y Navarra) y con la media española (que, para mayor simplicidad, se hace equivaler a 100 durante todo el periodo). El PIB por habitante mide el volumen de actividad económica en relación al tamaño de la población de un territorio; refleja, de esta forma, cuál es el nivel de vida medio en dicho territorio.

A mediados del siglo XX, Cantabria, Asturias y Navarra tenían un PIB por habitante muy similar: aproximadamente, un 15% por encima de la media estatal. Desde entonces, sin embargo, Cantabria y Asturias han experimentado un prolongado declive en relación a la media española. En 1990, el PIB por habitante de Cantabria había pasado a ser un 6% inferior al promedio estatal; el de Asturias, por su parte, había caído hasta 12 puntos por debajo de dicho promedio. Navarra, en cambio, había mejorado su posición y se encontraba un 23% por encima de la media española. Desde 1990, estas cifras no han experimentado grandes cambios. La distancia entre Cantabria y la media española ha aumentado algo, hasta alcanzar el 10% en 2017. Asturias y Navarra se sitúan, respectivamente, un 12% por debajo y un 24% por encima del promedio estatal.

Fuente: 1950-1990, 'Estadísticas históricas de España' (Fundación BBVA); 1995-2017, Contabilidad Regional del INE.

Fuente: 1950-1990, 'Estadísticas históricas de España' (Fundación BBVA); 1995-2017, Contabilidad Regional del INE.

 

El gráfico 2 muestra cómo ha evolucionado en estas décadas el peso de Cantabria, Asturias y Navarra en el PIB de España. Esto es, cómo ha ido variando, en este tiempo, lo que representa cada una de estas autonomías en relación al total de actividad económica existente en el país.

Asturias suponía, a mediados del siglo XX, el 3,2% del PIB estatal. Desde entonces, su peso ha sufrido una enorme disminución, cayendo hasta el 1,95% en 2017. La trayectoria seguida por Cantabria ha sido similar, aunque con un declive no tan pronunciado. A mediados del siglo XX, nuestra comunidad representaba el 1,4% del PIB estatal. Tras una sustancial caída en las últimas décadas, dicha cifra es actualmente del 1,07%. Cantabria ha perdido, en los últimos 50 años, alrededor de una cuarta parte de su peso en la economía española. Si la economía cántabra hubiera evolucionado al mismo ritmo que la estatal, contaría actualmente con unos 4.000 millones de euros más de actividad al año; esto es, con nuestra actual cifra de productividad, lo necesario para generar cerca de 70.000 puestos de trabajo. Esta enorme pérdida es lo que representa, para Cantabria, habernos quedado descolgados durante tanto tiempo. Navarra, por el contrario, ha ganado peso: de suponer el 1,41% del PIB español en 1960 al 1,76% en 2017. De haber seguido el ritmo de Navarra, Cantabria contaría actualmente con 8.500 millones de euros más de actividad económica al año.

Fuente: 1950-1995, 'Estadísticas históricas de España' (Fundación BBVA); 2000-2017, cálculo propio a partir de Contabilidad Regional del INE.

Fuente: 1950-1995, 'Estadísticas históricas de España' (Fundación BBVA); 2000-2017, cálculo propio a partir de Contabilidad Regional del INE.

¿Cuáles son las claves que explican esta evolución? Cantabria tenía, a mediados del siglo XX, un modelo productivo que, para aquella época, era relativamente exitoso. Pivotaba en torno a la industria, con una clara especialización en dos sectores: el metal y la industria química. Cantabria era, tras el País Vasco y Cataluña, y al nivel de Asturias, el territorio donde un mayor porcentaje del PIB se obtenía de la industria. La nuestra era, también, una industria muy concentrada en un puñado de grandes empresas, y orientada a un mercado nacional entonces muy protegido de la competencia exterior.

A partir de los años 60, España experimentó un intenso desarrollo económico, acompañado de la apertura al exterior. Surgieron nuevos sectores industriales, o se potenciaron algunos ya existentes (por ejemplo, la industria del automóvil), sobre los que pasaría a pivotar la economía. Se desarrollaron también los servicios y, dentro de ellos, actividades intensivas en conocimiento, que en décadas posteriores han liderado la creación de empleo en las comunidades autónomas más avanzadas. El País Vasco, Cataluña, Madrid y Navarra han sido, desde entonces, capaces de adaptar sus estructuras productivas a los nuevos tiempos, profundizando su liderazgo económico. Cantabria, en cambio, al igual que Asturias, perdió paulatinamente su posición ventajosa. Se fue quedando descolgada ya durante las últimas décadas de la dictadura: no estuvo, ni de lejos, a la vanguardia en el desarrollo de las actividades más prometedoras, y tampoco recibió el apoyo de las políticas de la época, que trataron de ayudar a regiones rezagadas (y Cantabria, en aquel entonces, aún no lo era). A ello se sumó el gran abandono de la inversión estatal en nuestras infraestructuras, que se prolongaría durante todo el siglo XX, y que aún perdura.

Aislada del resto del mundo y carente de las actividades más dinámicas, Cantabria se enfrentaría, durante los años 70 y 80, a graves problemas. La Crisis del Petróleo primero, y la incorporación al Mercado Único europeo después, afectaron de lleno precisamente al tipo tejido productivo (por sectores, tamaño de las empresas y orientación al mercado nacional) en el que estaba especializada nuestra comunidad. Entre mediados de los 70 y mediados de los 90, Cantabria perdió en torno a 20.000 empleos industriales, aproximadamente un tercio de los que tenía. Pasó de tener una docena de empresas industriales con más de 1.000 trabajadores a apenas tres. Lo peor fue, no obstante, que el modelo previamente existente se desmoronó sin que hubiera un relevo que estuviera a su altura. Y sigue, de hecho, sin haberlo. El peso de la industria en el empleo de nuestra comunidad ha caído hasta el 13,7%, frente al 25,3% en Navarra; la mayor diferencia, además, radica en las actividades industriales más dinámicas, las de intensidad tecnológica media-alta. El valor que generaba la industria navarra era, hace 60 años, la mitad que el de Cantabria; actualmente, es más del doble. Nuestro modelo productivo ha girado hacia el sector servicios pero, dentro del mismo, predominan las actividades de baja productividad; en cambio, los servicios intensivos en conocimiento suponen menos del 36% del empleo, 4 puntos menos que en la media de la UE. Ya hace décadas, muchos quisieron vender que nuestro nuevo maná lo encontraríamos en la construcción y en el turismo. Los resultados ya se han visto: poco valor añadido y empleo de mala calidad.

La causa del declive económico de Cantabria, por tanto, no es el actual Gobierno autonómico, ni el anterior, ni tampoco los gobiernos previos. Se les puede achacar a todos ellos, eso sí, que no hayan servido como revulsivo. Tampoco puede echarse la culpa a la creación de la autonomía: su estreno, a principios de los 80, coincidió con el momento de mayor deterioro de la economía cántabra, pero ello no implica que existiera una relación causa-efecto. Las causas del declive eran, y siguen siendo, más profundas, y se encuentran en las carencias de nuestra estructura productiva. Se remontan a hace más de medio siglo. A ese momento clave en el que comenzamos a quedarnos descolgados. A ese momento en el que nuestro último modelo productivo relativamente exitoso comenzó a agrietarse, para después desmoronarse. Han pasado varias décadas, pero en nuestra comunidad siguen escaseando las empresas con capacidad de vender en el exterior, siguen escaseando las actividades industriales y de servicios de alta productividad y siguen escaseando los empleos con salarios decentes. Sin ese motor, el conjunto de la actividad languidece, y los jóvenes continúan marchándose a centenares, en busca de mejores oportunidades. Cantabria necesita un modelo productivo mejor. Una estructura productiva que haga posible que muchas más personas puedan vivir bien sin tener que salir huyendo de aquí. Llevamos más de medio siglo necesitándolo. Pero los cambios no llegarán solos. Necesitan una estrategia adecuada y actuaciones que tengan en mente el futuro de nuestra tierra, sin mirar exclusivamente al corto plazo. ¿Tendremos que esperar otro medio siglo, o más, para verlo?

Marcos Fernández Gutiérrez es profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Cantabria, máster en Políticas Públicas por la Universidad Pompeu Fabra y doctor en Economía por la Universidad de Cantabria. 

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