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Marcos Fernández Gutiérrez

Profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Cantabria. Economista cántabro, Master en Políticas Públicas por la Universidad Pompeu Fabra y Doctor en Economía por la Universidad de Cantabria. Interesado en escribir para contribuir al conocimiento y al debate sobre la situación y los problemas económicos de Cantabria y de quienes vivimos en esta tierra.

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¿Cuándo se fastidió Cantabria?

Hace tiempo escuché a un amigo argentino decir que, en el mundo, existen cuatro tipos de países: los países desarrollados, los subdesarrollados, los países en vías de desarrollo… y Argentina, que sería un país en vías hacia el subdesarrollo. Esta ocurrente frase (que, no obstante, no era original suya) hace referencia, con mucha sorna, al declive económico sufrido por Argentina. Un país que, tras una interminable sucesión de crisis económicas, políticas y sociales, pasó de contar con uno de los niveles de vida más altos del planeta, hace apenas cien años, a ser superado por decenas de naciones europeas, asiáticas y latinoamericanas. Ante ello, en aquel país, parafraseando el inicio de una novela de Mario Vargas Llosa, han sido numerosas las reflexiones que han planteado la pregunta: ¿Cuándo se jodió la Argentina?

En Cantabria, sin llegar, ni mucho menos, al grado de deterioro económico que ha sufrido Argentina, también tenemos una cierta sensación de declive. Un lamento, muy extendido, por un esplendor que perdimos un día, arrastrado por el viento de alguna borrasca. Lo que no nos ponemos de acuerdo es en precisar cuándo ocurrió ese declive, ni en a quién culpar. En esta historia, como casi siempre, parecen existir tantas versiones como visiones políticas. Ante ello, me parece oportuno realizar un análisis a largo plazo de la trayectoria económica de nuestra comunidad, con el objetivo de responder, con datos, a la pregunta de: ¿En qué momento se fastidió Cantabria?

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Cantabria es la quinta comunidad con menor número de hijos por mujer

Hace cinco meses, la vida me regaló la maravillosa experiencia de ser padre. Pronto, me di cuenta de que estoy, sin duda, ante el reto más importante y, a su vez, el más bonito de mi vida. En estos meses, las tareas que conlleva la paternidad me han requerido casi todo mi tiempo y mi esfuerzo. Me han faltado ideas, y también horas, para reflexionar sobre los temas de  “Economía Cercana” que abordo en mi artículo mensual en este medio. No es de extrañar, tampoco, que este artículo que ahora escribo, el primero tras esta pausa, aborde precisamente un problema relacionado con esta cuestión: el de la escasa natalidad.

En estos meses, he conocido de primera mano la enorme alegría que aporta un niño recién nacido. A sus padres y a su entorno más inmediato, por supuesto, pero también a otras personas sin esa vinculación tan cercana: vecinos, compañeros de trabajo o, incluso, desconocidos que, en la calle, en un comercio o en el autobús, responden a la presencia del niño contagiándose de su felicidad. Es tremenda la capacidad que tiene un niño para transmitir sensaciones positivas. Para sacar lo mejor de cada uno: su lado más amable y más humano. Y para romper, durante unos instantes mágicos, con dos de los grandes males que aquejan a nuestras sociedades, tan urbanas y tan modernas: el excesivo individualismo y la frialdad en las relaciones interpersonales.

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¿Y qué está pasando con la calidad del empleo en Cantabria?

En mi artículo del mes pasado analicé cómo ha evolucionado el empleo en Cantabria en la última década, en comparación con otras comunidades autónomas. Varios lectores me comentaron, con mucha razón, que dicho análisis estaba incompleto: faltaba analizar la calidad de ese empleo, el tejido productivo. Ocurre que, para no extenderme demasiado, he de acotar su contenido. Hay cuestiones, además, que tienen tanta entidad que requieren un análisis propio. Este es uno de esos casos.

En este artículo, como complemento al del mes pasado, analizo cómo ha evolucionado la calidad del tejido productivo de Cantabria. Lo hago, además, al hilo del buen dato que, para nuestra comunidad, ha reflejado la Contabilidad Regional del INE: en 2017, el crecimiento de Cantabria superó (en una décima) a la media nacional, algo que no ocurría desde 2001. Se trata, por tanto, de un buen dato dentro de una mala tendencia previa. Y es esto, precisamente, lo que pretendo analizar.

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¿Qué está pasando, realmente, con el empleo en Cantabria?

En los últimos tiempos nos estamos acostumbrando, en Cantabria, a que las noticias sobre la marcha de nuestra economía y nuestro mercado laboral nos trasladen emociones fuertes. Cada vez que sale el dato de paro o de afiliación a la Seguridad Social en el último mes, o la Encuesta de Población Activa del último trimestre, parece que nos hemos convertido en los campeones de España o, por el contrario, en un desastre sin paliativos que se encamina al naufragio. Llegamos incluso a pasar, en días, de una de esas sensaciones a la opuesta. Tampoco ayuda a aclarar la confusión el discurso político, propenso a marear las cifras hasta que dibujen la mejor o la peor de las realidades posibles, según la conveniencia de cada uno. Ni los medios de comunicación: obviamente, un titular como "un mes más, continuamos en la mediocridad" resultaría mucho menos atractivo que otro como "nos situamos a la cabeza en…" o "nos hundimos en los últimos puestos de…".

El objetivo de este artículo es contribuir a dar una respuesta lo más clara y realista posible a la pregunta inicial: ¿cómo le está yendo, más allá de los juegos dialécticos, al empleo en Cantabria? Para el análisis, parto de dos premisas que lo simplificarán mucho. Primero, hemos de ponernos las gafas de ver de lejos. Esto es, no obsesionarnos con el dato del último trimestre, mes, semana o minuto, sino tratar de entender cuáles son las tendencias existentes a más medio y largo plazo. Esto es especialmente importante en una comunidad con un modelo económico excesivamente basado en el turismo y la hostelería donde, como detallé en  otro artículo, se está creando mucho empleo en verano, el cual se destruye rápidamente después. Y segundo, voy a preferir analizar el número de ocupados al número de parados. Este último y, con ello, la tasa de paro, se puede reducir fundamentalmente por dos vías: una, positiva, porque los parados encuentren un empleo; la otra, negativa, porque se cansen de intentarlo y abandonen el mercado laboral, o se vayan a vivir a otro sitio. Como esta segunda circunstancia, lamentablemente, ha sido muy frecuente en España (y en Cantabria) en los últimos tiempos, prefiero utilizar el otro indicador: el número de ocupados; esto es, cuantas personas, realmente, tienen un empleo. El número de ocupados también tiene sus limitaciones, dado que no permite analizar la calidad del empleo: los salarios, el tipo de contrato, el número de horas trabajadas, la discontinuidad… Se trata de temas tan relevantes que les dedicaré, de manera específica, un próximo artículo.

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¿Y si no volvieran solo por Navidad?

Todos los años, por estas fechas, sucede. Te los encuentras por la calle, una y otra vez. Escriben a tu teléfono móvil. Algunos, incluso, quedan contigo para tomar una caña, o coincidís en una cena. Dan lugar a momentos alegres, pero con un fondo melancólico. Son arquitectos, ingenieros de todo tipo, economistas, científicos, creativos publicitarios…

Tienen en común, al menos, cuatro cosas. La primera es que nacieron y, en muchos casos, se formaron aquí. La segunda es que son excelentes profesionales, capaces de desarrollar tareas que pocos pueden hacer. La tercera es que son jóvenes, con ganas y con tiempo por delante para desarrollar una buena carrera profesional. Y la cuarta es que, para poderlo hacer, se han tenido que ir a otros lugares. Algunos, porque así lo han querido; pero los más, porque no han tenido otra opción.

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Los Presupuestos de Cantabria: ¿Cuánto se gasta realmente?

En estas semanas se debate en el Parlamento de Cantabria el proyecto de Presupuestos de la Comunidad Autónoma para el próximo año, que ha presentado el Gobierno autonómico. Son, por ello, fechas en las que proliferan las cifras y las valoraciones acerca de las políticas que presta nuestra autonomía, marcadas por las alabanzas de unos y las críticas de otros.

Los Presupuestos recogen los planes de un Gobierno acerca de los ingresos con los que contará en el próximo ejercicio y los gastos a los que destinará esos recursos. No obstante, es importante puntualizar que son ni más ni menos que eso: un compendio de previsiones, que pueden luego distar, en mayor o menor medida, de lo que se lleve a cabo realmente. Entonces, ¿cuánto ingresa y cuánto gasta realmente nuestro Gobierno? El objetivo de este artículo es responder a esta pregunta, describiendo, además, cómo han evolucionado los ingresos y los gastos de Cantabria en los últimos años.

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El tamaño (de las empresas) sí importa

En  mi artículo del mes pasado hice referencia a algunos resultados del estudio sobre la internacionalización de la economía de Cantabria que, por iniciativa de la Cámara de Comercio y en el marco de un proyecto europeo, hemos elaborado un grupo de profesores de la Universidad de Cantabria.  Este estudio analiza una serie de claves de la situación y las perspectivas económicas de nuestra comunidad. De ellas, en este artículo me centraré en describir dos cuestiones: en primer lugar, la capacidad de las empresas de Cantabria para vender en el exterior; y, en segundo lugar, la relación entre dicha capacidad y el tamaño de nuestras empresas.

El gráfico 1 muestra la evolución, desde 2001, de las ventas al exterior (las exportaciones) en Cantabria y en las CCAA más cercanas, como porcentaje del PIB respectivo. Del gráfico pueden extraersedos conclusiones. En primer lugar, se diferencian dos CCAA con una elevada capacidad para vender sus productos al exterior (Navarra, cuyas exportaciones suponen casi el 45% de su PIB, y el País Vasco, donde superan el 30%) y otras tres con resultados sustancialmente más modestos (Cantabria y Castilla y León, que rondan el 19%, y Asturias, que se queda en el 16%). En segundo lugar, en cuanto a la evolución del indicador, nuestra comunidad muestra, en lo que llevamos de siglo, el menor incremento de las exportaciones en relación al PIB: apenas 1,2 puntos (del 17,5% en 2001 al 18,7% en 2016), frente a 7,4 en Navarra, 5,4 en el País Vasco, 4,5 en Castilla y León y 5,9 en Asturias.

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Educación e innovación en Cantabria: ¿dónde estamos en España y Europa?

Parece difícil, estos días, escribir sobre alguna cuestión diferente a la del monotema de Cataluña. Sin embargo, me gusta siempre escribir desde la reflexión, y me resulta imposible no hacerlo desde la emoción al referirme a un lugar en el que he pasado dos grandes años de mi vida y al que sigo vinculado con tantos buenos momentos. Es, además, un tema sobre el que ya se están escribiendo bastantes cosas. Para reflejar cómo me siento, me basta con remitirme a lo que están diciendo autores como Jordi Évole, Iñaki Gabilondo, Ignacio Escolar, Roger Senserrich y Javier Gallego, por ejemplo. No he podido omitir una referencia al (mono)tema que más me preocupa, para pedir a los políticos de uno y de otro lado, y a las personas que los ponemos ahí, que no nos lleven al conflicto. Pienso, en todo caso, que no podemos dejar de hablar también de otros temas importantes, a lo cual dedicaré el resto de mi artículo.

Porque, a pesar de todo, la vida ha continuado. Esta semana, presentábamos el informe que he elaborado, junto con los profesores Daniel Díaz y Julio Revuelta, sobre la internacionalización de la economía de Cantabria. El estudio, desarrollado por iniciativa de la Cámara de Comercio, se enmarca dentro de un proyecto financiado por la Unión Europea, en el que participan otras seis regiones del continente. En un próximo artículo sintetizaré los principales resultados del informe, puesto que señala algunas de las claves para poder mejorar la economía de Cantabria. Hoy, pondré el acento en una cuestión previa, que surgió al iniciar el análisis. ¿Con qué factores contamos, en Cantabria, para tener éxito en la internacionalización?

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Cantabria, ¡qué hermosa eres!

A finales de los noventa, Televisión Española solía emitir una gala denominada “Murcia, ¡qué hermosa eres!”, que muchos recordamos haber visto durante escasos minutos, antes de optar por cambiar de canal. Se trataba de un programa de variedades, al más puro estilo de José Luis Moreno, que giraba en torno a las actuaciones de cantantes famosos y presentadores igualmente famosos, y que tenía como finalidad la promoción turística de la comunidad murciana. Pagado (y ahí radicaba la principal diferencia con los programas de José Luis Moreno) con dinero público murciano. Cuando observo determinadas actuaciones con las que, desde Cantabria, se está poniendo especial énfasis en la promoción turística de nuestra Comunidad (sirva como ejemplo el reciente concierto de Enrique Iglesias), me vienen a la cabeza aquellas galas murcianas. No dudo de las buenas o malas intenciones de estos esfuerzos, como tampoco de los que previamente hicieron desde Murcia. Lo que pretendo con este artículo es responder a dos preguntas más concretas: ¿qué tal le ha ido a Murcia con su modelo de desarrollo económico?; ¿es el modelo murciano una buena referencia para Cantabria?

El gráfico 1 muestra la evolución del PIB por habitante de Murcia desde el año 2000 a la actualidad, tomando como referencia la media española (igual a 100). El PIB por habitante es el indicador más habitual para medir el nivel de actividad económica en un territorio. Como se observa, Murcia tenía en el año 2000 un PIB por habitante alrededor de un 16% más bajo que la media estatal; desde entonces, la diferencia se ha profundizado, alcanzando el 19% en 2016. El gráfico muestra también el dato para Cantabria, donde la tendencia ha sido similar. Nuestra Comunidad partía en el año 2000 de un nivel económico inferior a la media española, aunque a mucha menor distancia que Murcia (menos de un 7%); en lo que llevamos de siglo, la brecha se ha incrementado hasta más de un 10%. En cambio, en el País Vasco, cuyo dato también muestra el gráfico, se observa justamente lo contrario: tenía inicialmente un PIB por habitante un 22% por encima de la media estatal y, desde entonces, la diferencia ha aumentado hasta acercarse al 33%.

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Los servicios bancarios como servicio de interés general

"Y ahora, ¿de vacaciones hasta septiembre?". Es la pregunta que, estos días, me hacen reiteradamente. Como respuesta, trato de explicar que el trabajo de un profesor universitario tiene dos componentes. Uno, el más conocido, es la docencia, que impartimos a lo largo del curso académico. El otro, no menos importante, y que no se limita al periodo lectivo, es la investigación: el desarrollo de trabajos en profundidad sobre temas muy específicos, que acaban plasmándose en publicaciones científicas, y que tienen como objetivo contribuir al avance del conocimiento en nuestra disciplina.

En mi caso, en los últimos años he participado en varios proyectos de investigación centrados en evaluar la provisión de servicios públicos desde la perspectiva de los ciudadanos. Los servicios públicos (o servicios de interés general, de acuerdo con la terminología europea) se definen como aquellos servicios que cumplen funciones destacadas de interés social. Estos servicios (entre los que se encuentran la electricidad, la telefonía, internet, el agua y el transporte) tienen en común que, con independencia de que su provisión sea pública o privada, el sector público ha de encargarse de garantizar los objetivos de interés general ligados a dichas funciones. Ejemplos de actualidad serían el acceso a internet en zonas rurales, o evitar los cortes de electricidad para las familias con menos recursos.

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